CONFINAMIENTO: Día 144
“La
fiebre de un sábado azul y un domingo sin tristezas…”
Serú
Girán
La cena estaba servida en la mesa. La
carne término medio humeaba en el plato acompañada por una porción de puré de
papas y ensalada que hallaba a su mano derecha una copa de cabernet sauvignon y
a su izquierda el revólver servido para la ocasión mientras en el horno el
postre se preparaba.
En el equipo de sonido sonaba la
canción apropiada para su momento, “Viernes 3 AM” de Serú Girán, que coronaba
esa noche de traje, cena solitaria y vino que Augusto Luna quería celebrar como
lo habrían hecho sus ídolos poetas malditos Baudelaire, Rimbaud y Ramos Sucre.
En la ventana del apartamento se
escuchaba la lluvia en la ciudad que era acompañante de ese momento determinado
por el profundo y silente dolor que Augusto deseaba terminar. Disfrutaría esa
cena que se preparó, degustaría el postre, el vino y se despediría de un mundo
para el que no se sentía preparado.
El encierro de meses, el trabajo
cotidiano y la rutina insufrible se habían visto alteradas desde hacía dos
semanas por la súbita aparición de una profunda tristeza; un miedo que no
hallaba explicación en el pensamiento racional de Augusto, quien, acostumbrado
a resolver todo por la vía racional, apenas había logrado explicar el pánico que
sentía a no poder ser más de lo que era: un hombre que se sentía, estancado,
fracasado a pesar de su trabajo, de su novia y sus amigos.
Se encontraba a veces con la mirada
perdida, tardaba en cumplir sus oficios del teletrabajo porque no hallaba
motivación para seguir y, de repente, atacaba la opresión en el pecho, el frío
en el cuello, el ahogo y el miedo con una pesadez que lo llevaba a tenderse en
cama en las tardes con la televisión prendida aunque su mirada se perdía ante
una pared vacía. En su pensamiento sólo percibía vacío y la certidumbre de un
abismo al que tenía días contemplando y que ahora sentía le devolvía la mirada
con una sentencia fatal.
El hombre levantó su tenedor y cuchillo
y apenas hizo el primer corte en la carne sonó el timbre, desvió su mirada y
vio que eran las 9 de la noche, bajó el volumen de la música y fue hasta la
puerta.
-¿Quién es?- Para sus adentros pensaba
que era imposible que alguien llegara hasta su apartamento sin anunciarse y en
plena cuarentena.
-Señor Luna, feliz noche. Por favor
abra la puerta para poder conversar-
Augusto se asomó y miró a un hombre con
lentes, maletín en mano, rostro largo,
cabello perfectamente cortado,
traje gris y ningún indicio de peligro. -¿Cómo entró al edificio?, no
espero ninguna visita-
-Permítame asegurarle, señor Luna, que
todas sus preguntas serán contestadas si me deja entrar. Es sumamente
importante que conversemos para poner sus asuntos en orden.
-¿Asuntos en orden?- Augusto recordó
nadie sabía de su plan.
-Si, yo sé lo planea ejecutar en los
próximos minutos y es necesario que hablemos.
Augusto abrió la puerta y dejó entrar
al hombre del traje gris.
-Buenas noches Señor Luna-
-Buenas noches. Mire, no tengo mucho
tiempo-
-Yo creo que si- Y el hombre de traje
gris sacó un calendario de su bolsillo. –Según esta fecha y mi agenda, hoy
teníamos pautada una reunión sobre sus futuros planes-
-A ver mi amigo, yo no lo conozco- Y mientras
decía esto una extraña familiaridad se despertó con aquel sujeto recién
llegado.
-Soy un “abogado” por así decirlo, voy
a ayudarlo-
-Ayudarme a qué-
-Deje que lleguen los demás y nos
pondremos en labores-
-¿Los demás?- Replicó Augusto mientras
sonaba el timbre del apartamento y se acercó a ver quién era.
A través del ojo mágico pudo ver a una
chica alta, rubia de vestido rojo, envuelta en un abrigo de piel blanca que
esperaba.
-Abre Augusto- Dijo la joven
-¿Quién es?-
-Tú sabes quién soy, abre la puerta-
En su memoria Augusto buscó recuerdos y
apenas una brisa de familiaridad le conectaba con la rubia de la puerta.
Decidió dejarla entrar.
-Pasa adelante-
-Gracias cariño, te habías tardado-
-¿Quién eres?-
-¿En serio no me recuerdas?, me siento
ofendida- Dijo la chica con voz juguetona. –Voy a dejarte con la intriga un
rato más- Tocó la boca del joven con su dedo, se dio media vuelta y caminó
hasta la mesa dejando una estela de perfume que la rodeaba envuelta en un
vestido de noche rojo, coronado con un collar y un fino reloj en su muñeca.
-Parece que llegamos en buen momento-
-Sin duda señorita, un tiempo perfecto-
Respondió el abogado mientras tomaba un asiento en la mesa del comedor junto a
la rubia.
-Bueno, bueno déjense de tonterías.
¿Qué vaina es esta?-
-Ninguna “vaina” señor Luna. Le aseguro
que nuestro interés por usted es genuino y con las más nobles intenciones.-
Augusto desvió su mirada a la pistola y la chica lo notó
-No te preocupes por eso nene, no nos
molesta-
-¿Qué?-
-Ciertamente, señor Luna, la presencia
de esta arma resulta perturbadora, pero no atemorizante. Puede usted dejarla
allí sin ningún problema. No es un artefacto que entre en nuestro plan para
esta noche. Aunque- Se quedó pensativo- podría ser un punto de alteración para
nuestro siguiente invitado, ¿no cree señorita?-
-Oh si, pobrecito-
-¿Siguiente invitado?- La curiosidad
superaba la incomodidad de Augusto que, nuevamente, volvió a escuchar el
timbre.
-Alguien está en la puerta señor Luna-
Dijo el abogado
-¡SI!, ya lo sé- Se acercó pero sólo
vio una cabecita de cabellos castaños a través de la puerta.
-¿Me dejas entrar por favor?- escuchó
en una vocecita y de inmediato abrió la puerta para toparse con un niño de unos
8 años, cabello un poco largo, ropa limpia y una cicatriz fresca en su
barbilla.
-Pasa adelante ¿Cómo te hiciste eso? -
-No lo sé, estaba jugando y me desperté
en casa. Papá me regañó porque dijo que no hice caso-
-Yo tengo una igual, pero no recuerdo
mucho. Entra por favor- Miró a los tres personajes en la mesa y no pudo evitar
sentir afinidad con ellos.
-¿Quiénes son?-
-La pregunta es simple- Respondió el
abogado- Somos tres personas. Creo que la cuestión fundamental es ¿qué nos
motiva a estar acá en esta noche tan particular para usted?-
-Exacto- dijo la rubia
-Sipi- agregó el niño- Aunque, tengo
hambre-
Augusto sonrió con impaciencia, respiró
profundo y volvió a preguntar -¿Para qué están aquí?-
-Estimado señor Luna, estamos acá por
una simple cuestión, usted. Necesitamos organizar sus asuntos ante el presente
predicamento-
-¿Cuál predicamento?-
-Su muerte por supuesto-
-¿De qué habla?- replicó Augusto
intentando fingir.
- Es inútil bebé, lo sabemos todo- dijo
la rubia y luego tapó los oídos del niño y le guiñó el ojo al abogado
-Usted planea terminar con su vida esta
noche- señaló en voz baja el hombre de rostro largo
-No… no es eso, es que…-
-Duele cariño, yo sé que duele- indicó
la rubia
-¿Qué le duele?- preguntó el niño
-El alma mi niño, a veces duele y
mucho- dijo la mujer.
-No, ya va, ustedes no entienden-
replicó Augusto
-Oh, sí lo entendemos señor Luna, su
vida no es lo que esperaba, se siente mal y se siente solo, aunque no lo está-
-Eso no es verdad- Y se sentó apoyando
la cabeza en una de sus manos- Miren el
mundo está vuelto mierda, tengo meses encerrado sin poder ver a mi familia, a
mi novia. ¿Saben?- Hizo una pausa- Recién me doy cuenta de que nada de lo que
hecho ha servido para nada.
-¿Por qué lo dices nene?- dijo la rubia
sentándose a su lado con una mano en su rodilla
-Porque nada cambia. El virus avanza,
seguimos encerrados, el dinero no alcanza y no va a alcanzar porque estamos en
recesión; no puedo casarme porque no gano suficiente para eso y no puedo
cambiar de trabajo, no sirvo para más nada-
El abogado seguía anotando en una
libreta -¿Qué razón motiva a que se mantengan anclado en esta situación señor
Luna?, vamos, esas razones son superficiales apenas. Usted ha superado antes
escenarios complicados-
El hombre hizo una pausa -Porque
necesito el dinero, necesito más. Yo no sirvo para otra cosa-
-¿Quién hizo esta cena?, se ve
deliciosa- Preguntó la chica
-Yo- Respondió desconcertado por el
cambio de tema
-Parece que se te da la cocina cariño-
-Es lo que siempre quise estudiar. Pude
hacer un curso pero no dedicarme a eso-
-A mí me gusta estar en la cocina y
también dibujar- dijo el niño- Me gusta mucho comer y, a veces, invento algunas
recetas como helado de parchita con chocolate- Y sonrió
-¿Si?- Augusto lo miró y una media
sonrisa brotó en su cara.
-Sipi, mira- Sacó un papel doblado de
su bolsillo- Acá estoy con mi mamá en mi restaurante. A papá a no le gusta que
hable de eso.- Entre los colores, Augusto reconoció mucho de un pasado que
había querido olvidar y comenzó a llorar
-No llores- El niño lo tomó de las
mejillas- Mi papá dice que los hombres no lloramos-
-Es verdad- Dijo Augusto entre
lágrimas.
-¿De qué le ha servido eso? Señor Luna-
Señaló el abogado
-Yo, yo no sé- Se secó las lágrimas –Uno
tiene que resolver, no ganas nada llorando. Siempre hay que salir adelante, no
vale la pena sentirse mal o cansado. En el colegio no podía sacar malas notas,
una nota menor a la excelente era mala. Allí comencé a dormir mal y una vez mi
ojo se puso rojo, la presión hizo que un vaso sanguíneo estallara. Me enseñaron
que hay que trabajar en algo que dé dinero, a esforzarme porque “Lo mejor es
superior a lo bueno”-
En ese punto, las luces titilaron y el
timbre volvió a sonar
-Mierda, ya llegó- Fue el único momento
en el que el abogado perdió la compostura- Disculpe mi lenguaje soez señor
Luna-
-¿Quién?-
-Es desagradable cariño-
-Tengo miedo-
-¿Quién es?-
Volvió a sonar la campana
-Tiene que abrir señor Luna,
lamentablemente es necesario-
Augusto se levantó de la silla, limpió
su cara y abrió la puerta. Ante él estaba un hombre de su estatura, cabello
castaño como el suyo, cara con forma parecida y rasgos endurecidos. Habría
pensado que era el mismo pero más gris, sin color, frío, opaco, un ser sin vida.
-Hola Augusto-
-Pase-
-Lo sé. Ya están acá los demás cierto-
Dijo sin apartar la mirada de su anfitrión.
-Si-
-Pendejos, tratan de evitar lo
inevitable- Sonrió con un rictus macabro.
-No vas a ganar- Dijo la chica
-Vamos nena- dijo mientras se sentaba
en un sofá- es algo que ya germinó, creció, y florecerá, déjalo terminar-
-No- respondió la mujer con ira en el
rostro
-¿Quién eres?, habla claro- preguntó
Augusto
-Uy, que bueno, actitud, eso me gusta,
aunque te llega un poco tarde. ¿Quién soy?- Encendió un cigarro que sacó de su
bolsillo- Como ellos soy parte de ti, soy tú pues-
-¿Qué?-
-Ah vamos, no te hagas el inocente, ¿Te
parecen familiares verdad? Tu inteligencia, tu lado sensible, tu cara más
emotiva, una de tus fantasías. Tenemos muchos rostros, recuerdos y deseos. Y
uno de ellos, soy yo- Esta última frase pareció resonar con un tono mortal.
-Usted es un monstruo- dijo el abogado
-No más que tú pelele. ¿De qué ha
servido tu inteligencia?, tantos libros, tantos documentales, tanta curiosidad,
tanta teoría, No tienes NADA, no has vivido NADA y eso te mata de miedo - Miró
a Augusto- Mejor dicho, a tí te mata de miedo -
-Déjalo- Se levantó la mujer.
-Vamos nena, no eres más que un pajazo
en su memoria. Su prototipo de mujer ideal. Deberías sentirte halagada. ¿Cómo
se llama?… ¿Sandra?, su novia se parece mucho a ti. Tu estatura, ojos, un
cuerpazo. Lástima que esté condenada a vivir con un perdedor-
Augusto no dejaba de mirar al monstruo.
-A ver muchacho, esta es la situación- Se
levantó y avanzó hasta él haciéndolo retroceder hacia la silla del comedor- No
puedes ganar. Soy tú y tú eres yo. Soy esa parte que sabe que nada va a
cambiar, que todo será igual no importa lo que hagas. Con el tiempo, Sandra te
va a dejar por pobre, no tienes el coraje de cambiar de empleo y vas a morir
solo, olvidado, como un gran fracaso porque a nadie le importas y porque nada
va a cambiar. ¿Cuántas llamadas has recibido?, De hecho, ¿acaso recuerdas
cuándo fue la última vez que alguien te dijo algo positivo o una seña de que le
importas a otro ser vivo?- Augusto cayó en la silla y sintió que su cuerpo
pesaba tres veces más. Su mano estaba posada frente al revólver.
-Es la decisión correcta. En el fondo
sabes que ni a tu familia le importas-
-¡¡Déjalo!!- Dijo el niño parándose a
un lado del monstruo
-¿Qué dijiste enano?-
-Déjalo en paz. Es bueno y fuerte. No
como tú-
El monstruo se paró frente al niño y lo
miró –¿Acaso tus piernas están temblando enano?, ¿Ves como me tienes miedo
pequeña mierda?-
-Sí, te tengo miedo pero soy valiente.
Augusto es valiente y yo lo voy a defender-
-Y yo- Dijo la mujer
-Y tenga la seguridad que yo también
participaré en la resistencia- afirmó el abogado poniéndose de pie.
-Uhhh, que miedo, los perdedores se
unen- Bajó la mirada, comenzó a reír y tomó al niño del cuello - Esto terminará
hoy y ustedes morirán-
-Pero tú también- Dijo el niño luchando
para que lo soltara
-Habré ganado y no tendré que
soportarlos más-
-¡Suéltalo!-
El monstruo miró a Augusto que le
apuntaba con el revólver.
-Estás claro que no me puedes hacer
daño, ¿Verdad? No hay forma en que puedas ganar-
El joven buscaba respuestas en su
interior, bajó la mirada, sabía que el monstruo tenía razón; su respiración
empezó a agitarse, hasta que inhaló profundamente y llevó el cañón a su cien.
-¡¡Eso es!! No hay otra forma- Dijo el
monstruo soltando al niño.
Augusto apretó las muelas, cerró los
ojos y comenzó tirar del gatillo... sonó un click
-Espera, recuerda quién eres nene- Dijo
la rubia
-Señor Luna, le puedo garantizar que
mañana se sentirá mejor, por favor baje el arma- agregó el abogado
-No me mates, no seas como él- Dijo el
niño abrazándolo- No te vayas, te quiero Augusto-
Sonó un segundo click
Augusto mientras veía el mar de su infancia,
las hojas del parque junto a Sandra, recordó a su madre, sus conciertos de
juventud, su curso de cocina y su cumpleaños.
-¿Ser como él?, ¿Él es como yo?, somos uno pero no es todo-
Y respiró…
De
pronto Augusto se halló sentado solo frente a su cena sin probar con el arma a
un lado, de pronto sonó la alarma del horno notificando que el postre estaba
listo y en el equipo de sonido, la pista saltó hasta otra canción de Charly
García que iniciaba: “Nace una flor, todos los días sale el sol…”
Hoy
muchas personas sufren y toman decisiones dolorosas. Si lees esto y necesitas apoyo
recuerda que no estás solo, que todo pasa y que cada día es una oportunidad. Hay
muchos profesionales dispuestos a brindar el apoyo que necesitas y gente a
quienes les importas. Te queremos con vida.
“Y aunque
este mismo sol se nuble después, sos alma de diamante”
Luis Alberto Spinetta


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