CONFINAMIENTO: DÍA 273

Fotograma película "Juan de los muertos"


    Ese día la ciudad amaneció distinta pero Remigio no se dio cuenta sino hasta que terminó de bajar las escaleras del barrio que lo llevaban a la avenida donde estaba el galpón en el que buscaba los plátanos para vender.

La mañana del día 273 fue fría; se acercaba el invierno y el hombre de 40 años, tez morena, rizos oscuros y baja estatura respiró profundo antes de cumplir con el ritual diario de bañarse con un cuenco a las 5:30 de la mañana en una experiencia que despertaba a cualquiera y que recordaba la miseria del colapso de no recibir agua potable desde hacía un mes. Al menos ese día tenían luz.

Su esposa, Carlota, le tenía preparado el café y un pan con mantequilla para desayunar y un recipiente lleno de arroz revuelto con queso para el almuerzo. Empacó todo en un bolso que se puso en la espalda y  se acercó a besar a su mujer

 

-Remigio, ¿no te puedes quedar hoy?-

-¿Por qué?-

-Siento que algo no está bien. Escucha…-

-No oigo nada-

-Exactamente, ya a esta hora deberíamos estar oyendo a la gente que le toca salir, o algo-

-Eso no debe ser nada Carlota-

-Y uno sin televisor ni nada para saber si pasa algo-

-Tranquila mujer, relájate. Más tarde te vas al lado con Chichita y cualquier cosa me llamas-

-Ok, cuídate, por favor-

 

Antes de la cuarentena Remigio se ganaba la vida con un local donde vendía golosinas, revistas, alquilaba teléfonos celulares, vendía frutas y queso pero con el tiempo, la ausencia de personas, pero sobretodo, la inflación, llevó a la quiebra su pequeño negocio y tuvo que unirse a una nueva especie de esa ciudad, los plataneros, personas que recorrían a pie las urbanizaciones vendiendo y cambiando productos básicos por aquella fruta tropical que servía para plato principal y postre.

En la avenida no había nadie y eso extraño al hombre que luego de unos segundos decidió no prestar atención recordando la frase que escuchó desde pequeño y que lo había llevado a mantenerse activo aún en la pandemia: “Si no trabajas, no comes”.

Llegó al galpón de plátanos y encontró al Gordo Centeno sentado en la misma silla de siempre, con su cigarro, la mascarilla colgada de la oreja y una hoja de registro de trabajo pero notó que casi nadie había retirado su porción de fruta para vender.

 

         -Epa gordo, ¿cómo ta´ la vaina?-

         -Háblame Remigio, ¿todo bien?-

         -Si vale, ¿qué pasó?, como que todos se fueron de vacaciones-

         -No lo sé, ayer me llamó Pérez y me dijo que se sentía mal, que no vendría hoy-

         -¿Al final ese pendejo si se puso la vacuna que trajeron?-

         -Supongo, estaba feliz porque le iban a pagar 20 dólares por dejarse poner esa mierda. No mi compadre, yo no me pongo esa vaina-

         Remigio dudó por un instante: -Nada, dame mi lote y me voy-

         -Vaya, mosca por ahí-

         -Coño gordo, ¿no ves la calle como muy sola?-

         -En la radio no han dicho nada raro y si no hay tanquetas o tiros, eso quiere decir que todo va bien para hacer plata.- Así era Centeno, práctico, sólo le importaban sus cuentas, su cigarro y sus cervezas.

 

         Luego de caminar por una hora al grito de “¡Plátanos, plátanos al cambio. Se venden y cambian plátanos!” Remigio se convenció que algo no estaba bien. Las calles estaban vacías y los pocos carros que veía pasar circulaban muy acelerados.

Al doblar por una esquina vio como tres policías trataban de someter a un sujeto que intentaba morderlos. En un movimiento logró herir a uno de los agentes que luego de dar tres pasos atrás, se dio media vuelta y cayó tendido temblando en el piso sin que sus compañeros se dieran cuenta. Remigio no se quedó a ver la escena, su experiencia en la calle le decía que era mejor no meterse en asuntos de la policía, así que dio media vuelta y caminó rápido hacia una urbanización llena de mansiones y casas antiguas.

 

A medida que caminaba sintió más ansiedad; en su estómago, una sensación nacía para indicarle que pasaba  y decidió llamar a su casa.

-Carlota, mi amor, ¿cómo está todo por allá?-

-Bien cariño, aunque Daniel tiene un poco de fiebre-

-Coño-

-Tranquilo, todo está controlado pero acá todo sigue en silencio-

-Sí, por acá también. Mira, estoy como a hora y media de casa, voy para allá, no me gusta nada este silencio y soledad en la calle-

 

         Apenas colgó y dio media vuelta, pudo ver a un anciano en bata clínica que caminaba perdido por la calle. Remigio sabía que por allí había un geriátrico y quiso ayudarlo antes de irse.

 

         -¡Maestro!- Le llamó

 

         El anciano volteó y Remigio pudo ver su bata llena de sangre, sus ojos inyectados y de su boca emergió un sonido parecido a un gruñido mientras aceleraba su paso hacia él.

 

         -¿Qué es esto vale?, Zape huevo- y empezó a alejarse, lentamente hasta que notó que el hombre podía correr a pesar de sus años y entonces empezó a acelerar el paso.

 

         Cuando se alejó lo suficiente se escondió detrás de un carro para recuperarse del cansancio de correr con 10 kilos de plátanos en la espalda.

         Su respiración comenzaba a calmarse y sentía el frío en el pecho producto de la carrera. Se quitó la máscara y tomó un poco de agua mientras permanecía agachado pero de pronto, sintió que alguien se le venía encima. Un enfermero con mirada perdida, boca abierta, dientes ennegrecidos y cuerpo gordo se le fue encima tratando de morderlo.

         Como pudo, Remigio cerró su pierna para evitar que el cuerpo del enfermero lo aplastara por completo y reuniendo sus fuerzas lo desplazó a un lado para quitarlo de encima y poder huir. Apenas se levantó supo que no podría correr con el bolso lleno de plátanos así que se lo lanzó al hombre en el piso mientras echaba a correr pidiendo auxilio.

         Pudo ver cómo, desde dentro de las casas, algunas personas se asomaban por las ventanas pero nadie le tendía una seña para ayudarlo y en su desesperación giró por una esquina, subió a un carro estacionado al lado de un árbol por el que trepó y se dejó caer en el patio engramado de una casa antigua.

         Tendido en el verde pasto que olía a lluvia fresca Remigio cerró los ojos tratando de recuperar el aliento pero cuando los abrió  al escuchar un paso a su lado vio el cañón de una escopeta frente a su cara.

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         Esa mañana, el despertador sonó como todos los días y Ana se levantó para ejercitarse. Sus 50 años no le impedían la movilidad y una dieta estricta junto al plan de ejercicios la habían conservado como un ejemplo que muchas de sus compañeras de gimnasio y en el laboratorio querían seguir.

         Se había retirado del mundo académico hacía unos 5 años para tristeza de muchos de sus colegas virólogos que la tenían en alta estima por su organización, tenacidad y capacidad operativa en los momentos de tensión pero ella había argumentado que la política y los laboratorios no se llevan y no estaba de acuerdo con los planes del gobierno; las alianzas que realizaron para las vacunas de distintas enfermedades y las proyecciones a corto plazo.  

         Terminada la sesión de entrenamiento que incluía cardio, pesas y fit combat, la doctora se hizo una coleta en su melena rubia y se acercó a su teléfono para ver un mensaje.

 

         -Mierda- fue todo lo que alcanzó a decir. Se duchó rápidamente, se vistió y luego fue hasta su armario del que sacó una pistola nueve milímetros, una escopeta y un cuchillo que puso en su bota.

         La doctora comprendió que todos sus temores, la razón de su retiro, se habían vuelto realidad y por eso había preparado su casa para la ocasión. Bajo la cocina creó un sótano con una computadora de conexión satelital y un sistema de seguridad avanzado para poder resistir lo que se venía.

         El dinero no le importaba porque nació de una familia adinerada y ella misma había duplicado la fortuna familiar con distintas actividades encubiertas que la hacían famosa en el mundo de la virología y la medicina mundial.

         Pasaron las horas lentamente con sus ojos grises que iban de los monitores de seguridad a la computadora y viceversa.  La mañana, que lucía aburrida, rompió su calma cuando la alarma silenciosa se activó y vio a un sujeto en la grama de su patio lateral. Ana tomó la escopeta y corrió hasta la entrada de la casa desde donde lo miró tendido, con la respiración agitada y los ojos cerrados. Lentamente revisó con su mirada la zona y comenzó a acercarse hasta tener su cara frente al cañón del arma.

        

         -Si te mueves, te mueres- Dijo Ana sin alzar la voz

         -¿Qué?- respondió Remigio asustado

         -¿Qué haces aquí?, ¿Quién eres?-

-Yo, yo… soy Remigio, soy platanero, siempre pasó por acá-

-¿Y dónde están tus plátanos?- preguntó con firmeza Lucía

-Mire doña…-

 

Apenas escuchó la palabra doña, Ana cargó la escopeta y dijo con el mismo tono de voz suave con el que había hablado desde el principio.

 

-Vuelve a decirme “doña” y te vuelo la cabeza-

-Perdone, do….disculpe señora-

-Yo soy platanero, tuve que dejar el bolso en la calle, unos locos se me fueron encima y trataban de morderme.

Por primera vez, la doctora expresó algo parecido a una emoción: -¿Cuándo?, ¿dónde?-

-A media calle bajando, cerca del geriátrico. Traté de ayudar a un viejo que estaba como perdido pero se me vino encima y hasta corría…-

-Cállate. Tu nombre-

-Remigio, Remigio Gon-

-¡Cállate!, no me interesa tu apellido. Esto es lo que vamos a hacer, yo me voy a alejar lentamente hasta esa puerta y, cuando lo ordene, tu, muy, pero muy lentamente te vas a levantar, ¿estamos claros?-

-Si-

-Si intentas algo raro, primero te vuelo las bolas y luego la cabeza- Dijo Lucía que se fue apartando hasta la puerta de la casa y ordenó: -Levántate-

 

         Tal y como habían acordado, Remigio se puso en pie en la secuencia de movimientos más lenta que en su vida pudiera recordar.

 

         -Ahora, quítate la franela y el pantalón-

         -¿Qué?-

         -Que te quites la franela y el pantalón-

         -Mire, yo no sé de qué va esto pero…-

        

         Sin decir palabra, Ana simplemente levantó el arma hasta ponerla en punto de mira.

 

         -Ok, ok - Y se desvistió hasta quedar en ropa interior.

         -Date la vuelta-

         -¿Qué es esto?, ¿un casting?-  Dijo girando sobre sus pies

         -No idiota, necesito ver si tienes mordidas. Ahora vístete-

         Mientras se ponía la ropa, Remigio examinó el lugar en el que se encontraba. Una casona antigua, pero bien cuidada y frente a él una mujer de unos 50 años, alta, con ropa de campaña y armada hasta los dientes. Sólo pudo pensar: -“Debí quedarme en casa”-

        

-Ahora, me vas a decir como carajo trepaste ese árbol, no hay forma que desde el suelo puedas subirte- Preguntó Lucía con la escopeta a un lado mientras encendía un cigarrillo.

         -Hay un carro estacionado, me subí y luego fue fácil-

         -¡Qué!, ¿cómo es el carro?-

         -Un Chrysler Neón 97-

         -Coño de su madre, le dije que no quería carros allí-

         -¿Qué?-

         -Mi vecino es un tarado y deja su carro allí, a veces, cuando llega borracho porque es incapaz de entrar a su garaje. Hemos tenido problemas por eso y ahora es un GRAN problema, uno de tantos que tenemos ahora mismo, como, por ejemplo: ¿Qué haré contigo?-

         -Mire, yo me quiero ir a mi casa, vivo en el barrio que está cerca, mi esposa está allá con mis hijos y es cosa de que me abra la puerta y listo-

         -No es una opción-

         -¿Por qué?-

         -Tienes que ver esto- Lucía tomó la escopeta- Vamos a entrar tu por delante luego yo y tu cierras esta puerta del patio.

         -¿Me va a apuntar siempre?-

         -Sólo hasta que te tenga confianza-

         -¿Y eso cuando será?-

         -Probablemente nunca. Ahora vamos a entrar-

 

         Ejecutaron el plan tal cual había dicho la doctora y entraron a la casa que lucía como un palacio salido de las películas clásicas de Hollywood con pisos blanco y negro de granito, paredes blancas, mosaicos en algunos muros y objetos de una época de oro olvidada.

 

         Remigio no pudo disimular su asombro y se olvidó que tenía un arma hacia su espalda.

        

-Epa, vente que es por acá-

 

         Avanzaron hasta la cocina desde donde había una escalera que llegaba al refugio de la doctora que se sentó con Remigio a un lado y la escopeta apoyada en sus piernas

 

         -Mira, esta la razón por la que no  puedo abrirte-

 

         En medio de una computadora con varios monitores de seguridad, Remigio vio como las calles estaban llenas de personas que andaban sin rumbo como perdidas en un limbo de lo que alguna vez fue la ciudad.

        

         -¿Qué les pasa?- Dijo sin poder retirar la mirada del monitor.

         -Están enfermos-

         -¿De qué?-

         -Del virus-

         -¿Qué?, ya va, el virus es respiratorio, una gripe o algo así-

         -No, primero, no era una gripe ni un resfriado, pero la política jodió todo. No sabes nada, ¿verdad?-

         -Bueno, no, nuestra televisión y radio se quemaron hace dos semanas en un apagón-

         La mujer suspiró -El gobierno hizo una alianza y trajo una vacuna experimental y acá está el resultado-

         -¿Por qué se pusieron así?-

         -No puedo darte una clase de biología ahora pero el virus reaccionó distinto como se esperaba porque mutó en medio del proceso y generó que la gente perdiera la conciencia. Se expandió desde los pulmones al cerebro y allí está el resultado, bestias.-

         -¿Tiene cura?-

         -Aún no se sabe-

         -Coño mi doñ…señora-

         -Ana, dime Ana Lucía o doctora, pero ni de vaina me salgas con eso de doña que me enerva-

         -Está bien. Ana, esto parece de una película-

         -Si, por pensar que era imposible paramos en esto. Por eso me retiré de mi trabajo pero esto era inevitable-

         - ¿Lo sabía?-

         -Lo sospechaba. Y un amigo mío lo sabía, él me avisó la semana pasada, era un virólogo de renombre internacional, pero al día siguiente que hablamos apareció muerto en su casa-

         -¿Quién era?-

         -Alguien que sabía mucho de esto, sobre la vacuna verdadera y la guerra comercial-

         -¿Guerra comercial?-

         -Claro, empresas y gobiernos que pelean por el prestigio, privilegio y regalías de poner la primera vacuna efectiva contra el virus. Mi amigo lo sabía y creo que por eso lo mataron. Me dijo que tenía un as bajo la manga pero no sé de qué trataba.-

-¿Y qué dicen en la televisión?-

         -Nada, mira- Ana encendió la televisión abierta y no había información alguna de lo que pasaba en las calles. –Y el mismo panorama es en la radio.

         -¿Y en las redes?-

         -Hace rato que hay una caída general de internet, el mío se mantiene porque es satelital y, mira, lee los comentarios-

        

         Remigio se sentó y leyó en la computadora historias de personas atrapadas en edificios, gente que vio a sus padres convertirse, a sus niños intentar devorarlos. Videos de azoteas llenas de personas que luchaba por mantener puertas cerradas; balcones con letreros de SOS y muchos mensajes  que, con la etiqueta #EstoyVivo, colocaban su dirección.

 

         -Esto no puede ser-

         -Claro que puede ser. Mira, le ofrecieron 20 dólares a la gente para que fueran voluntarios de algo no probado y las personas corrieron como locos por el dinero. Al principio seguro pensarán que se recuperaron, luego les habrá subido la fiebre y al final cambian en las bestias-

         -Ya va, ¿y el viejo de la calle?, él no pudo ser voluntario-

         -Seguro un familiar, un enfermero, alguien que lo cuidaba. Cualquier mordida, rasguño, saliva o sangre de un infectado entra en ti y estás jodido. Apréndete eso y sobrevive-

         -Por eso Pérez no fue a trabajar-

         -¿Quién?-

         -Pérez es uno de mis compañeros, el andaba feliz por lo de la vacuna y el pago. Al final no sé si se la puso pero hoy andaba con fiebre, según me dijeron-

         -Si se la puso está jodido. 5 horas luego de la fiebre todo cambia-

         -Coño, Daniel, mi hijo andaba con fiebre-

         -No joda Remigio, si tú no te la pusiste, ni tu esposa; Si no han sido mordidos o heridos, capaz es una fiebre normal, pero, en cualquier caso, es poco probable que esté infectado-

         -Bueno, ella sabía pero no creo que haya ido, no es loca. Igual voy a llamar a casa-

        

El teléfono repicó par de veces y sintió alivio al escuchar la voz de Carlota.

-Amor, ¿estás bien?-

-Si cariño. En casa, no quise salir.-

-Muy bien, quédate allí y ni de vaina salgas hasta que te diga. La cosa está fea en la calle, no vayas a salir.

-¿Qué pasa?-

-Parece que hay unos alzados, no te muevas de allá.

-Tranquilo, me quedaré acá.-

-Yo sigo intentando llegar-

        

         Ana lo miró cuestionando la mentira que le había dicho a su esposa.

 

         -¿Qué?, no le puedo decir que hay gente mordiendo a otros en la calle-

         -Igual lo va a saber tarde o temprano. Dime algo ¿Qué coño hacías en la calle en plena cuarentena con el virus suelto?-

         -Bueno, si no trabajo no como. Yo tenía un local, vendía vainas pero no pude mantenerlo y me tocó patear calle pues, tengo dos niños que mantener así me enferme yo.-

         -¿Y si tú no te enfermas pero los enfermas a ellos?-

         -Yo me cuido, me lavo las manos, no los beso,  ni nada. No me queda de otra Ana. No creo que lo entiendas.-

         -Aunque no lo creas, te comprendo. Sé lo que estar sin opciones.-

         -¿Por qué?-

         -Cuando ofrecí al mundo académico mis estudios sobre este virus nadie me creyó, pensaron que estaba loca y como los intereses políticos estaban en contra me tocó decidir entre callarme la boca o renunciar al mundo académico que amaba para vivir con el miedo de saber lo inevitable o de no ocurrir, saber que necesitaba ayuda profesional. Por lo visto, no me equivoqué, aunque no me alegre decirlo.-

         -Me disculpas Ana, pero tienes plata, mira esta casa, tienes reservas, yo vivo del día a día.-

         -Si, pero tienes a tu familia para sobrellevarlo. Trata de imaginar haber estado en la cima para luego quedar de asesora reclusa en una casa sin más compañía que tus mascotas porque la profesión que amaste y por la que decidiste no tener familia, ahora era un espejismo porque ahora manda más lo popular que lo correcto; es más importante ser simpática que inteligente y sin duda, estamos en manos de la tiranía de la ignorancia mundial. De ambos lados se sufre Remigio, sólo que en distinto tono-

 

         Remigio miró a Ana que encendía otro cigarro y bajó la mirada intentando comprender ese mundo que le resultaba tan ajeno pero que, tal vez, sólo era distinto por encima. Recordó a una señora en el barrio que murió sola porque sus hijos migraron y, aunque le enviaban dinero, un buen día dejó de respirar mientras dormía en una casa humilde, pero sola.

El hombre salió de sus pensamientos y siguió viendo los monitores donde los infectados deambulaban chocando entre ellos, intentando entrar a las casas y, de vez en cuando, activos ante alguna persona que caía rápidamente bajo un grupo de infectados. Se pasó la mano por la cara, respiró profundo y preguntó: -¿Es el fin del mundo?-

         -No, para nada. Mira, acabas de hablar por teléfono y tengo internet, eso quiere decir que los satélites funcionan, lo mismo que la luz. Sólo tenemos que esperar que pase esta primera oleada de ataque y examinar cómo se comporta. Mi amigo proyectó este escenario y seguro alguien habrá escuchado, era un tipo muy conectado y yo misma lo ayudé un poco a difundir el mensaje.

        

         En ese momento, se escucharon ladridos y Lucía revisó la pantalla de los monitores nuevamente.

 

-¿Y esos perros?- Preguntó Remigio

-Son Onyx y Reyf, también ladraron cuando llegaste pero no los escuchaste- dijo la doctora- No me jodas- exclamó al ver un hombre caer en su patio inconsciente.

         -¿Qué vas a hacer?-

         -Lo mismo que hice contigo pero tú te quedas aquí- Y esposó a Remigio a la mesa de la computadora.

         -Coño, no confías en mí-

         Lucía lo pensó: -No, te conozco desde hace menos de una hora- y subió

         -No me jodas- Dijo Remigio.

 

         Ana subió al patio pero cuando salió no había nadie y sólo sintió un golpe en la cara que la tumbó y pudo ver a un sujeto con una pistola apuntándole.

        

-Quédate quieta bruja-

         -¿Quién eres?- pudo decir entre la sangre que brotaba de su boca.

         -Ese no es tu peo- Dijo el hombre de cabello rojo rizado, mal aliento y ojos verdes. –Dime si hay alguien más adentro-

-No te diré nada-

El hombre amartilló la pistola y la presionó contra el cráneo de la mujer –Más te vale que hables, ¿hay alguien más?-

         -No-

-Quiero plata, comida y me voy a quedar acá-

         -No es buena idea- repuso Ana y recibió una bofetada del desconocido que acercó su cara hasta la de ella.

         -No me interesa nada. Me voy a quedar acá porque el mundo está muy loco, se fue a la mierda y tú tienes todo lo que yo quiero en este palacio ricachona de mierda. – En ese momento se escuchó un ruido desde la sala, entonces el desconocido apretó el cuello de Ana mientras que alzaba la pistola buscando dentro de la casa.

         -¿Quién anda ahí?-

         -EL HUEVOOO- Se escuchó al fondo del patio y cuando el sujeto giró pudo ver a Onyx y Reyf, los dos pastores alemanes de Ana, que avanzaron sobre él; intentó disparar pero erró los dos primeros tiros y quedó bajo las mandíbulas de los perros entre gritos de auxilio mientras lo movían de un lado a otro dejando brotar su sangre.

         -¡¡Onyx, Reyf!!- Llamó Ana y los perros se retiraron

         -Mierda- Exclamó el desconocido en el piso mientras intentaba levantarse con un brazo roto, una mano desgarrada, la cara ensangrentada y una pierna casi inútil -

         Ana lo miró hasta que se puso en pie-Basura- dijo la doctora y disparó contra el asaltante que cayó fulminado.

-Ana, ¿estás bien?- Preguntó Remigio.

Ella lo miró, hizo una seña a los perros, se acercó y le dio un abrazo a Remigio.

-¿Cómo coño te escapaste?-

-En la calle aprendes muchas cosas- Dijo sonriendo

-Gracias Remigio-

-Tranquila-

-Te debo una-

-Tranquila-

-No, en serio, te debo una y creo que puedo ayudarte. ¿Quieres traer a tu familia?-

-¿Es posible?-

-Sí, tengo una camioneta, si hacemos una parada de menos de 5 minutos podemos traerlos-

-Sí claro-

-Vamos, pero antes- Ana disparó dos veces y la rama por la que trepó Remigio cayó al piso.- Suficiente de la puta rama. Ya luego me encargo del carro del tarado de mi vecino y, por cierto Remigio, ya confío un poco en ti-

-Era hora-

 

Sonrieron y avanzaron con los perros dentro la casa, recogieron algunas provisiones y luego entraron al del garaje de la casa donde estaba una camioneta 4x4 adaptada con espacio suficiente, bidones de gasolina de reserva, ventabas blindadas y  rejas.

 

-Esto es un tanque-

-No tienes idea- Dijo Ana- ¡¡Onyx, Reyf!!, arriba- Los perros se subieron en la parte trasera del carro- Y tú, toma esto, le dio un revolver a Remigio.

-¿Segura?-

-Sin problema. Creo que eres un buen tipo pero si intentaras algo, Onyx y Reyf se encargarían así que no me preocupa que te vayas libre-

 

         Se subieron a la camioneta, abrieron el garaje y los primeros infectados que trataron de entrar cayeron bajo las ruedas reforzadas de la camioneta mientras un dispositivo de la casa cerraba el acceso a cualquier extraño.  

         Mientras avanzaban por la ciudad, Ana y Remigio vieron el caos desatado con enfermos mordiendo a personas sanas en las calles, en los patios de sus casas, edificios y gritos lejanos junto con disparos mientras que en la radio sólo es escuchaba música.

        

Remigio llamó a Carlota- Amor, ¿cómo estás?-

         -No..siento…en…- Se entrecortó la llamada

-¿Qué?, coño con estas líneas. Amor, por favor baja hasta la avenida que llegaré para buscarlos y nos vamos a un sitio seguro-

         -Per…es…im…te-

         -Carlota, por favor, ahora me dices. Te amo, pendiente que en 5 minutos llego en una camioneta verde- Y se cortó la llamada, el teléfono se había quedado sin batería.

         -¿Qué pasó?- Dijo Ana.

-Casi no le entendí-

 

Cerca de la avenida que daba al barrio dónde vivía Remigio, un convoy militar abrió fuego contra los infectados y mientras caía el día en distintas partes de la ciudad motines y grupos de civiles atacaron a los “vacunados” como los llamaban. Se había impuesto la ley del más fuerte en una ciudad colapsada.

         Cuando la camioneta llegó a la entrada del barrio, Carlota esperaba escondida con Erika, su hija menor y Daniel que subieron corriendo en el asiento trasero de la camioneta donde los perros gruñeron hasta que Ana dijo: -Amigos- Y  se calmaron.

        

         -Carlota, niños, esta es Ana, una amiga-

         -Mucho gusto- respondieron los niños

         -Un placer- dijo Carlota que lucía agotada.

         -Mucho gusto- Dijo Ana.

         -Amor, ¿estás bien?- preguntó Remigio

         -Es lo que trataba de decirte, no me siento bien-

         Él tocó su frente: -Estás ardiendo-

         -Si, desde esta mañana. Escucha, hay algo que debes saber…-

 

         Por el retrovisor, Ana miró a Carlota y sintió tensión en la base de la nuca.

 

         -¿Qué pasa Carlota?- dijo Remigio mirando desde adelante a su esposa que cada vez sudaba más.

         -Es que, no te dije pero… -

         -¿Qué pasó?-

         -La vacuna…- En ese momento la mujer se desmayó.

         -Mami, mami- gritó Daniel mientras su hermanita comenzaba a llorar.

         -Coño, cariño, no, no, no, ¿Amor?, ¡AMOR!- gritaba Remigio mientras le daba golpes en la mejilla.

    Las manos de Carlota temblaban, Ana quitó el seguro de la funda y tomó la pistola; Remigio llamaba a su esposa y los perros gruñían en la parte de atrás de la camioneta que avanzaba en un día en el que habría sido mejor quedarse en casa.   

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