Confinamiento: DÍA 98

         

        Francisca y Felipe habían llegado al país muy jóvenes y como inmigrantes venidos de un país en guerra, habían encontrado paz, un hogar y oportunidades para un futuro lejos del recuerdo de las bombas, la muerte y la persecución.

         Con trabajo duro y habilidad habían logrado levantar un negocio familiar que brindó la educación de sus hijos, un buen apartamento y la comodidad de vivir bien con felicidad, prosperidad y paz.

             Con los años la calidad de vida se fue perdiendo, Felipe y Francisca vieron su negocio decaer al punto de tener que venderlo y vivir de la generosidad de sus hijos que, ante la crisis, tuvieron que emigrar y fundar sus hogares fuera del país que los acogió. El peor drama para un inmigrante, es ver a sus hijos transitar el mismo camino de despedidas que a ellos les tocó.

             En confinamiento, ya muy entrados en años, la pareja vivía con lo justo dependiendo de las remesas puntuales que llegaban cada mes, pero para Francisca, más que este dinero, lo que la hacía mantener su ánimo eran las videollamadas de Andrés y Francisco, sus hijos.

        

             -Mamá, ¿todo está bien?, acá se leen cosas terribles sobre la situación allá.- Preguntaba Andrés.

          -Tranquilo hijo, todo está bien, tu papá y yo nos administramos bien y tenemos salud, que es lo importante.-

        -Por favor cuídense mamá, este virus no es mentira. No salgan. –

       -Bueno, yo no salgo, pero tu papá es muy terco, sigue bajando a caminar en el patio del edificio y a veces, va a la panadería a comprar las cosas.-

      -El viejo es cabezota mamá, por favor trata de convencerlo de que se cuide más. Los amo.-

          -Y nosotros a ti hijo.-

 

         En este tono se iban la mayoría de las conversaciones con Andrés y Francisco que lamentaban su distancia pero como cualquier persona con familia entendían que las oportunidades muchas veces no estaban en el hogar sino lejos. Sus padres lo entendieron y con el dolor que trae la despedida, apoyaron sus viajes y su nuevo rumbo.

 

         -Andrés pide que no salgas más Felipe.- Dijo Francisca cuando su esposo llegó al apartamento.

         -Bueno, ese muchacho es de oro, pero terco, piensa que por que tengo unos años estoy débil pero yo me cuido, nada de tocar a la gente ni superficies y mira, con mi mascarilla.-

-No cambias, no es que tengas unos añitos nada más, tenemos más de 70 y con esto del virus, es peligroso.-

         -Vamos Francisca, todo va a estar bien.- Y besó a su esposa con ternura.

 

         Con el transcurso de los días, los reportes de contagios y muertes aumentaban y una noche mientras veían la televisión Francisca tuvo un acceso de tos.

 

         -¿Estás bien?- preguntó Felipe con preocupación

         -Si, no te preocupes.-

 

         Esa noche Francisca volvió a toser y se sintió mal.

 

         -Felipe, no me siento bien, estoy caliente.-

         Puso su mano en la frente y sintió la temperatura.

 

         -Tienes fiebre Francisca-

         -Eso fue el frío de las noches anteriores, debimos apagar el aire.-

         -Te voy a preparar algo.-

         

        Felipe le dio una pastilla, la fiebre bajó y la mujer se durmió pero su esposo quedó en vela toda esa noche, sentía miedo.

         En la mañana, Felipe le llevó el desayuno a la cama a su esposa que apenas podía incorporarse con el malestar.

          

          -Francisca, vamos a la clínica.-

         -No- respondió con firmeza- Felipe, si es ese virus, no quiero estar sola, he visto como dicen que la gente está aislada, muere sola, sin nadie a su lado y eso duele más que todo el malestar. No quiero eso para mí.

         -Pero amor,  tú no te me vas a ir a ningún lado, pero no puedo tenerte acá con esa fiebre y no hacer nada.-

         -Tú me vas a cuidar- Puso su mano en la mejilla de Felipe- me cuidarás y eso me ayudará a recuperarme y si no, por lo menos me iré en paz porque estoy contigo.

        -Se acercaron hasta que sus frentes se tocaron, sus manos se entrelazaron y con ojos cerrados lloraron.

 

         No era lo correcto, no era lo lógico, pero era lo que ella quería y Felipe tampoco podía soportar la idea de separarse de Francisca; habían pasado altas y bajas en más de 50 años de matrimonio y querían enfrentar esto juntos.

          Con el pasar de las horas Francisca pasaba de tener mucha fiebre a lapsos de descanso, tosía y temblaba por el malestar bajo la mirada de Felipe que mojaba su frente, la aseaba y alimentaba.

         Sonó el teléfono, era Francisco; Felipe no tuvo el valor para contestarle a su hijo menor ni esa, ni las otras dos llamadas que intentó. El anciano se limitó a escribirle un mensaje que decía “se cayó el internet, no puedo atender la llamada. Estamos bien, te queremos hijo”. 

     Esa fue la peor noche para Felipe, se acostó abrazando a Francisca sintiendo su respiración y su piel mientras recordaba cómo la había conocido en aquella plaza donde se paró a preguntarle a una chica la dirección del cine donde tenía una cita que dejó esperando porque de una simple pregunta surgió una conversación que derivo en una tarde de café, risas e historias en un momento donde se sembró la semilla de esa familia.

Felipe miraba por el balcón del apartamento. Recordaba la boda, el primer baile como marido y mujer; la promesa de compañía, de solidaridad, de amistad sublimada por un sentimiento más profundo que se había perpetuado  en el tiempo. Un tiempo en el que ambos sabían que habían logrado tanto de la nada al llegar a un país desconocido. Definitivamente, no lo habría logrado sin ella, su compañera ideal y ahora, el miedo lo atacaba, la culpa lo carcomía ¿habría sido él el responsable?, ¿esas salidas habrían traído el virus a casa?, ¿cómo podría vivir sin Francisca?, ¿podría vivir sin ella?; esas preguntas atormentaron las horas hasta que despuntó el alba.

         Felipe estaba en el baño cuando escuchó el llamado de Francisca, salió corriendo y al llegar al umbral de la habitación pudo verla, estaba allí, sencilla, plácida y recuperada.

 

         -¿Cómo estás mi vida?- preguntó ella

         -¿Qué cómo estoy?, ¿cómo estás tú mi niña?-

         -Oye tenías como 40 años que no me decías así.-

         -Tendría que habértelo dicho cada día. ¿cómo te sientes?.-

         -Mucho mejor,  quiero caminar un poco, ayúdame a ir a la cocina.-

        

         Juntos fueron a la cocina donde hablaron mientras Felipe cocinaba y Francisca lo veía con una taza de café en la mano. Tenían cabellos plateados, pero se sentían nuevamente jóvenes en ese local donde rieron por primera vez. Era como si el miedo les hubiese regalado ese recordatorio del valor de cada instante, de cada respiro y, sobre todo,  de que los resfriados también existen.

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