CONFINAMIENTO: Día 120
Jorge miraba la arena del reloj que lentamente caía en su escritorio mientras caía la tarde y el olor del vino inundaba el estudio donde llevaba horas meditando su situación.
Era
un chef de estrellas Michelln, sus restaurantes habían colmado las críticas
gastronómicas en distintas revistas del mundo; estaba en el tope del mundo
cuando el virus tocó la puerta y obligó el cierre de todos los locales de
reunión social.
Jorge
y Teresa eran socios y esposos; habían soportado muy bien los primeros 2 meses
de cierre y con la entrega domicilio mantenían a flote los negocios, pero la
separación de la cocina, de su equipo, de su vida cotidiana empezaba a hacer
efecto. Jorge sólo dormía si tomaba algo de vino y durante el día por lo que
pasaba toda la noche despierto pensando, revisando internet y caminando por el
apartamento. El confinamiento tenía su vida totalmente alterada.
Teresa
entró a la estancia y encontró a su marido absorto en el caer de la arena. Se
acercó, posó su mano en el hombro
-¿Jorge?,
¿estás bien?-
-No
lo sé. No sé cuánto podremos aguantar esto. No duermo de noche, no me siento
bien y estamos acá encerrados. Es insoportable.-
-Cariño,
cálmate. Todo va a pasar, tenemos que ser fuertes. Mira, yo he logrado calmarme
meditando, leyendo y escribiendo un poco. Tal vez te funcione algo de eso.- Bajo
su cabeza, lo abrazó, acaricio su cabello corto y canoso pero Jorge apenas
respondió tomando su mano.
-¿Cariño,
Por qué no me preparas esas maravillosas lubinas en salsa?-Dijo Teresa con mimo
y una sonrisa.
-Lo
siento, amor, hoy no creo que nada me salga bien y no tengo apetito, yo… voy a
salir un rato.- Se levantó rumbo a la puerta y tomó el abrigo.
-Sabes
que no debes hacer eso, es peligroso.
Jorge
la miró a punto de llorar y dejó salir parte del huracán que removía sus fibras
más íntimas: -¿Peligroso?, ¿sabes que es peligroso?, estar encerrado como si el
tiempo no pasara, como si tu vida se fuera a la mierda sin que nadie te avise;
que todo cambia y nadie sabe nada, eso es peligroso Teresa. Voy a salir, no
dije que voy a abrazar a cada persona que vea y mira, hasta me llevo un sombrero
y tapabocas. No me voy a tardar, pero necesito despejar mi mente de todo-
La puerta
se cerró y entonces Teresa comprendió los estragos que esa inquietud no
identificada estaba logrando en su marido. Algo lo movía, no sólo el
aislamiento, él necesitaba algo más, pero sólo él podría hallar la respuesta.
Cada
paso de Jorge estaba carente de algún pensamiento concreto, sólo sentimientos,
frustración, miedo, rabia, dolor. Recordaba sus inicios como ayudante de cocina
y el largo camino que recorrió desde ser un novato hasta ir descubriendo su
propio sabor; su primer tartar, su primera esferificación, su primera salsa.
Cada “primero” de su carrera que, uno a uno, labró su nombre como chef
reconocido pero que ahora, se sentía como “fulano de tal”, con fogones apagados,
privado de su pasión y prisionero en una
cárcel sin barrotes.
En
su camino, volvieron las imágenes de su padre cuando lo echó de casa por no
seguir sus deseos de estudiar leyes y como le tocó dormir en casa de extraños,
hasta que su mejor amiga le regaló un juego de cuchillos para una prueba por la
que optar una beca en el Instituto de Alta Cocina donde logró entrar gracias a
una variación del asado negro criollo. Sabía lo que era luchar, perder y ganar,
pero ahora se sentía contra las cuerdas por un enemigo invisible. El virus.
Sin
darse cuenta, la ruta se había hecho más lejana de lo planeado y empezó a notar
que no estaba en una de las mejores zonas de la ciudad. Había oscurecido y
algunos focos de la calle no funcionaban, pero los que alumbraban permitían ver
indigentes y gente que hurgaba en la basura para poder comer, personas que él
sabía que existían pero que no había reparado en su existencia. Ahora las veía
de frente buscando algo que llevarse a la boca y sintió miedo.
Se
dispuso a irse, cuando vio un auto de color verde claro, lo que llaman verde
perico, que se detenía justo frente a
uno de los contenedores donde buscaban comida. Del carro bajó una persona en
traje de bioseguridad, con máscara, guantes y una bolsa con varios recipientes
que entregó a los indigentes para luego subirse nuevamente para irse.
Jorge
se fijó en una mujer que estaba con dos niños, abrieron las bandejas y
sonrieron; arroz, carne guisada y
plátano frito. Un plato para cada uno quienes sonreían con alivio
mientras disfrutaban ese regalo.
--
Amira
no terminaba de entender cómo su vida había cambiado tanto en cuestión de
meses.
De
profesión era periodista, y trabajaba en una web que había iniciado sus labores
en enero. Cuando se decretó el confinamiento, los dueños de la página habían
dicho que contaban con recursos suficientes para soportar la cuarentena pero 4
meses después, la historia era diferente. Muchos anunciantes habían cancelado
contratos, no habían nuevos acuerdos y los números estaban en rojo por lo que
la empresa optó por lo único que le quedaba: reducción de personal y Amira, de
la noche a la mañana estaba desempleada con un “bono de compensación”.
La
joven tenía iniciativa, sus ahorros venían de ser community manager de varias
marcas pequeñas que, si bien estaban casi paralizadas, aún algunas generaban
ingresos que le permitían encajar mejor el golpe de quedarse sin su trabajo
formal, sin su pasión, la información.
Meditando
frente a una taza de café, sintió hambre y un impulso creativo. Puso su música
favorita, se armó con un delantal y decidió afrontar el despido con una cena
hecha por ella misma para celebrar su nuevo reto, porque no romantizaba la
crisis, pero sabía que debía convertir ese vacío en algo de provecho.
Tomó cortes
de solomillo, los puso a marinar con sal, ajo, pimienta, albahaca, gotas de
naranja y un toque de romero mientras picaba ingredientes de una ensalada que
estaría acompañada de arroz.
Cuando tuvo lista la comida y la vio servida junto a
un vaso de refresco Amira hizo click con un recuerdo de su infancia: la cocina
de su abuela, los aromas de cebolla, pimientos, carne y ajo sofritos, esa
mezcla de olores, de sabores, de risas en medio de los fogones le dio esperanza
y otro impulso. Dejó la mesa por un momento y caminó a su cuarto, abrió una
caja que estaba guardada desde la mudanza; escarbó hasta el fondo y encontró un
viejo cuaderno, eran las recetas de su mamá y su abuela.
-Ahora
entiendo este regalo má-
Recordó
como antes de venir a la ciudad su mamá le había dicho: -SI algún día necesitas
esto, no pasarás hambre y comerás rico hija. Tu abuela inició este diario de
recetas y yo he ido agregando las mías, si te gusta, podrás poner las tuyas
también-
--
Jorge entró
en su casa aturdido, no comprendía esta sensación. Sabía de las causas
benéficas, pero sólo de empresas y gobiernos, pero lo que vio fue a una persona
dando comida, una sola alma en medio de la noche haciendo algo distinto. No
comprendía cómo algo así era posible en medio del “parón”, como le llamaban al
mundo detenido por el virus.
Teresa lo
abordó asustada
-Jorge, por
Dios, ¿dónde estabas?, ya empezaba a temer lo peor.-
-Perdona
cariño, se me han ido los pasos y terminé en el centro.-
-¿El
centro?, ¿estás bien?-
-Sí, sí.
Pero vi algo que me movió.-
Sentados
frente a frente en el mesón de la cocina, el chef relató a su esposa la
experiencia mientras estaba en la mesa cenando gracias al apetito renovado.
-Siento
asombro, alegría, tantas cosas… no sé cómo decirlo, son cosas “bonitas”- Se
aguaron sus ojos: -esa gente no tiene
nada, apenas una botella con agua. Los niños descalzos, ignorados, solos.
Apenas con su madre que no es más vieja que ellos y alguien les tendió la mano
sin más.-
-Jorge,
muchas de esas personas están así por sus propias decisiones o errores, eso no
queda de nosotros juzgarlos, pero es hermoso saber que aún hay gente que hace
algo por ellos. Al final, es difícil que esos niños sepan que otro mundo mejor
es posible por eso es tan importante mostrarles que existe la bondad, porque en
su historia son más los golpes que las caricias. Esa persona les dejó ver que
algo increíble y bonito es posible, que no todo es malo.-
-Es
cierto cariño.- Tomó las manos de su esposa y se las besó.
Esa
fue otra noche de insomnio para Jorge. Su cabeza daba vueltas, algo se agitaba
en su interior, una idea, que venía de ese gesto de bondad que movió una
decisión.
A
la mañana siguiente cuando Teresa se levantó el desayuno estaba servido con
tostadas francesas, huevos revueltos, tocineta, café y jugo de naranja.
-Guau,
¿y esta sorpresa cariño? –
-Me
siento mejor y luego de asustarte ayer es lo menos que puedo hacer.-
La
pareja desayuno y mientras tomaba su café, Teresa puso esa mirada aguda que
tanto seducía a Jorge; él la llamaba la mirada de águila y ese día venía con
picardía
-Sabes
que lo de ayer no me molestó, ¿a qué viene este desayuno? Dime la verdad y tal
vez no te pida que me cocines una cena tan deliciosa como el desayuno-
Jorge
sonrió: -Es difícil sorprenderte- recorrió con la mirada su cabello negro, su
piel, sus ojos canela y sus labios carnosos y se armó de valor.
-Quiero
hacer algo por esa gente. No por dinero, creo que los ahorros nos permiten
aguantar un poco más y las entregas a domicilio, mal que bien nos funcionan. Es
que tengo que hacerlo.-
-¿Estás
seguro?-
-No,
pero es algo que siento en el corazón y nunca me ha fallado. No le temo a los
riesgos pero sólo temo perder todo por lo que hemos luchado y perderte a tí.-
Jorge se levantó de la mesa y miró por la ventana hacia la avenida.
Teresa
Se acercó, lo abrazó por la espalda y con la cara pegada a su cuerpo le
preguntó: -
-A mí no me
perderás pero para decidir tienes que hacerte esta pregunta: ¿Qué te hace
feliz?-
Jorge
echó su cabeza hacia atrás y tras suspirar dijo: -cocinar, servir, atender a
alguien que quiera comer.-
-Entonces,
cocina, sirve y atiende a quien quiera y necesite comer así no pueda pagar-
El
chef se giró, la abrazó y con una sonrisa le dijo: -Cariño, sabes que no
ganaremos nada con esto-
-Si te hace
feliz, te sientes tranquilo, haces el bien y ayudas a otros. Ganamos todo y yo
creo tanto en ti como cuando te regalé aquellos cuchillos para que hicieras tu
prueba.-
Jorge tomó
el rostro de teresa en sus manos, la beso y recordó por qué era su mejor amiga,
esposa y socia.
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Amira
sabía lo que quería hacer y con ayuda de un amigo compró todo lo que
necesitaba. Su “bono de compensación” se fue en materiales de cocina,
ingredientes y en un traje de bioseguridad.
Esa
primera noche había preparado apenas 30 raciones de arroz con pollo, se subió
en su carro con el uniforme y empezó a recorrer las calles del centro donde
sabía que había más personas hurgando la basura buscando para comer.
Tenía
miedo pero al subir a su carro colocó su canción favorita, “Africa” de Toto y
esa noche durante todo el recorrido en el que repartió la comida, temas como “Take
on me” de A-Ha, “Girls just want to have fun” de Cindy Lauper y “Jump” de Van
Halen sirvieron para matizar esa primera noche en la que fluyeron muchas
emociones.
Todo
fue rápido y al regresar a casa la joven estaba segura que se dedicaría a ayudar,
no porque pudiera; no porque le sobrara el dinero, sino porque quería, porque
era lo correcto y así se reconciliaba con ese talento recién encontrado
nuevamente, la cocina.
De
esa primera noche se quedaba con el recuerdo de una niña de unos 4 años cuya
carita cambió del susto que tuvo al verla bajar con su traje de bioseguridad, a
la alegría al abrir la bandeja de comida. Amira sabía que ese gesto había hecho
la diferencia en la vida de esa pequeña y mientras saboreaba su cena en casa,
recordaba las palabras de su abuela.
-La
cocina puede unir a las personas, los sabores, olores, el sonido de los
cubiertos, la cocina es magia- Y cada vez que decía eso, la joven recuerda como
su abuela guiñaba el ojo.
¿Será
que eras bruja abuela?- Se preguntaba con una sonrisa.
Un
viernes de entregas, Amira rondaba el centro y luego de ayudar a un grupo se
disponía a regresar a su carro:
-Oye,
espera-
La chica se
asustó porque pensó que era la policía y corrió para encender el auto lo más
pronto posible. Se sentó y cuando buscaba las llaves un hombre se paró al lado
de su ventana.
-Espera,
no te vayas, no te haré daño.-
Amira
giró y vio a alguien totalmente irreconocible tras los lentes de seguridad,
tapabocas y una capucha. El hombre se quitó la máscara y la capucha y la chica
se dispuso a escuchar sin bajar la ventana.
-Hola,
tu no me conoces, soy…-
-Eres
Jorge Svid, el chef del restaurant Dc´s-
Jorge
se sorprendió:
-Bueno
si, de Dc´s y otros pero bueno, con ese está bien. –
-¿En
qué puedo ayudarlo señor Svid?- preguntó Amira.-
-¿Te
importa si conversamos en otro lado?, estar de noche en la calle no es muy
cómodo. Podemos ir a mi casa-
La
única razón por la que Amira dejó que Jorge entrara en su carro fue que se
trataba de alguien famoso y por muy tonta que fuese esta motivación, lo conocía
y admiraba. Además ella reparó en el hecho de que ambos tenían mascarilla y
ella poseía además un spray con alcohol para el asiento.
-Ok,
suba.-
-Gracias.-
Jorge
se acomodó en el asiento del copiloto.
-¿Cómo
es que no tiene carro?-
-Bueno,
cuando te vi hace días haciendo entregas, había venido a pie y quise repetir la
fórmula lo más exacto posible para que el universo me dejara encontrar este
carro verde perico que no se perdería ni en la noche más oscura.-
-Se
llama Tucán-
Ambos se
miraron y sonrieron para emprender la marcha hacia el apartamento de Jorge
donde Teresa los esperaba.
Una
vez llegaron, Jorge se desinfectó las manos aunque Amira prefirió quedarse con
el traje de bioseguridad con el que se sentó frente a las tazas de servidas
para amenizar la reunión
Teresa
tomó la iniciativa
-Bienvenida
señorita…-
-Amira,
Amira Sandoval.-
-Bienvenida.-
-¿En
qué puedo servirles?-
Jorge
respondió: -Soy un hombre directo señorita Sandoval.-
-Dígame
Amira, por favor.-
-Amira,
soy alguien directo, quiero asociarme contigo.-
-¿Conmigo?,
¿En qué?-
-En
lo que haces, ayudar a los pobres.-
-Pero
es que yo no lo hago por empresa, ni por impuestos, lo hago porque me nace y me
gusta.-
-Las
mismas razones que tengo yo, aunque también espero que me ayude a dormir. Pero
lo cierto es que siento este impulso en poder brindar algo bueno a quien ha
tenido una vida dura.-
-¿En
serio?-
Respondió
Teresa: -Totalmente en serio Amira. Hay gente que la está pasando mal y aunque
nada nos obliga, queremos apoyar como podamos. Jorge te vio el otro día y
moviste algo que nos ha inspirado para sumarnos a esto. ¿Eres chef, estudiaste
cocina?-
-No,
para nada, soy periodista. Perdí mi empleo hace poco y una noche sentí el
impulso de cocinar así que decidí abrir un emprendimiento de comida, con eso
vivo y me permite poder servir un poco a quienes no tienen.-
-¿Y
cómo va el negocio?-
-Marcha,
la gente me pide pero es complicado comprar los materiales y mantener la
creatividad. Mire, sigo el diario de recetas de mi abue y mi mamá pero me
paralizo al pensar si seré capaz de poder agregar mis propias páginas. Siento
que hay algo que me falta.-
Jorge y
Teresa se miraron y fue el chef quien tomó la palabra
-Quiero
poner a tu disposición las instalaciones del Dc´s para que juntos, cocinemos–
-¿Qué?
-No
es un cheque en blanco, no es un viaje romántico Amira. Cada vez que he
emprendido algo lo he hecho con intensidad, pasión y disciplina y así será
esto. El Dc´s será nuestro cuartel general donde podrás cocinar para tu negocio,
para que ayudemos a los desvalidos y para que puedas encontrar tu propias recetas-
Luego
de guardar silencio Amira hizo la pregunta que había tenido guardada desde el
inicio de la reunión:
-¿Qué ganan
ustedes?-
Jorge
guardó silencio por un momento y respondió
-Bueno, te
aseguro que dinero no será- y sonrió- Amira, este confinamiento me tiene las
manos tiesas, no soy quien soy sino estoy entre los fogones, si no siento el
olor de la carne al sellarse, si no salteo unos vegetales, si no preparo un
helado en nitro, si no percibo el sabor de una buena reducción de salsa y si no
tengo contacto con los comensales. Me falta la cocina, me falta una parte de
mí. Y si ayudando a otros puedo encontrar esa pieza faltante, es doble
ganancia.
Teresa
sonrió e hizo una mirada cómplice a Amira.
-Amira,
¿Por qué cocinas?
-Por mi
mamá y mi abuela, ellas siempre brindaron un sentido especial a la hora del
almuerzo. Pensaban que era el momento para compartir, discutir y resolver en la
mesa cualquier tensión en la familia. Mi abue decía que la cocina era mágica y
hasta guiñaba el ojo.-
-Pues te lo
digo, es verdad, en la cocina he tenido lo mejor de mi vida. Soy arquitecto
pero desde joven conozco a Jorge y siempre he visto en su talento la capacidad para
dar sabor a los demás y sanar su vida a través del paladar y creo que mucha
gente necesita, no solo comer, sino sanar. ¿Nos ayudarás?.-
-¿Por qué
yo?-
-Porque
puede ser que hayan 20 más haciendo lo que tú haces, pero te conocimos a ti y
eso no es casualidad. Pienso que todo tiene una sincronía y debemos respetar
eso.-
Amira miró
a Teresa y a Jorge.
El lunes a
las 10 de la mañana el Dc´s colocó frente a sus puertas un aviso: “Comida
gratis 5 pm” y a esa hora ya había una fila de personas esperando una bandeja
para cenar.
Amira y
Jorge, envueltos en sus trajes de bioseguridad, entregaban las raciones a cada uno de los que
estaba en la fila que lucía con rostros de todo tipo, niños, mujeres,
indigentes, sucios, limpios, ancianos y jóvenes que dejaban colar frases como:
“me quedé sin ahorros”, “No tengo que comer”, “espero que me paguen para poder
comprar comida”, “no sabía qué hacer”, “tengo
días sin comer” y “Gracias”. Palabras que mostraban una realidad social
de muchos sectores y de personas que con alegría, se dieron cuenta que un gesto
de bondad puede convertirse en el inicio de una cadena que haga la diferencia.
“Un acto sincero de bondad, siempre provoca otro”
Película “Klaus”



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