CONFINAMIENTO: Día 40
ANDRÉS Y MARÍA
Casi no quedaba gasolina, menos de un cuarto de tanque
y el pequeño Neón vinotinto ya daba
acuses de una vieja falla en el motor mientras Andrés estaba al volante
sintiendo como las gotas de sudor bajaban por su frente y su respiración se
entrecortaba; su mente se esforzaba por mantener la concentración en el camino
y no pensar que su esposa María estaba a punto de dar a luz en el asiento
trasero.
La ciudad estaba desierta y
Andrés pensaba en cuántas veces deseó ver las calles vacías para llegar pronto
a su destino y ahora su problema era otro, sin gasolina, con un carro a punto
de fallar mientras su esposa se esforzaba por mantener la respiración durante
las contracciones.
Andrés y María habían sido
suspendidos de sus trabajos poco antes de la pandemia y tenían el sustento con
un emprendimiento pequeño de comida que permitió completar las compras de lo
que faltaba antes de la llegada del bebé, pero no mucho más. El virus los había
sorprendido como a todos, tenían comida, pañales, agua y rutas de camino al
hospital pero no contaban que al llegar a la maternidad estaría sin luz por una
falla y un generador dañado; tocaba buscar una nueva opción para que el bebé naciera.
-Aguanta María, respira
bebé, todo irá bien- Andrés repetía en su mente la última frase “todo irá
bien”.
La ruta los había llevado desde el centro hasta el
oeste y desde allí, rumbo a un hospital a unos 25 minutos en auto.
Al llegar las rejas estaban
cerradas y una fila de personas, y esperaba afuera. Andrés detuvo y saltó del
carro rumbo al portero.
-¡Hermano!, tengo a mi esposa a punto de parir, mi
pana, ayúdenme a bajarla del carro-
-Coño chamo, está jodío, mira la cola, esa gente tiene
desde la mañana acá y vienen a lo mismo. –
-Mi pana, ya está por venir el bebé y se puede
complicar, el embarazo ha sido de alto riesgo-.
-Mira, vamos a hacer algo, tú me pasas algo, unos 20
dólares y vemos que puedo hacer.-
Andrés estaba atónito ante la propuesta y cuando
estaba por responder desde la fila se escuchó un grito:
-¡Respeta la cola!, ¡Es mentira!, ¡Sácalo!.-
El portero lo miró y Andrés supo las palabras que
venían.
-Lo siento mano, no puedo hacer nada.-
No se molestó en cruzar palabra, se subió en el carro
y antes de girar el encendido, sólo podía pensar y repetir en voz baja:
-Todo saldrá bien- Se lo decía a María pero en
realidad era un mantra que se repetía a sí mismo.
Giró el encendido pero el
auto no respondió, volvió a intentar…
AZUL
Luego de una guardia de 24
horas en urgencias de la clínica, la doctora Azul Echezuría apenas podía
mantenerse en pie.
Su turno había estado tedioso, pesado y tenso.
La expectativa ante el virus tenía a todo el personal tenso y agotado por el
uso de las máscaras que sofocaba con el pasar de las horas haciendo cada
momento más insoportable.
Azul agradeció el fin de
esa jornada y sólo pensaba en llegar a casa con su abuela y su mamá para poder
descansar.
Tenía 24 años y desde niña
sabía que su vocación, su impulso natural y lo que la hacía feliz era ayudar a
los demás, sanarlos y simplemente ver feliz a las personas. Esta característica Azul la había mostrado durante
toda su vida; en el servicio comunitario escolar, como payaso de hospital, como
cuenta cuentos y como estudiante de medicina en una carrera que no estuvo libre
de decepciones y retos que supo sortear con el apoyo de su mamá y su abuela,
las mujeres que la habían criado y llevado a creer en su corazón.
Azul se alistó para salir y
cuando caminaba hacia la puerta principal se encontró con Juana, la
recepcionista de la clínica, una mujer entrada en años cuya simpatía había
hecho que todos los médicos le tomaran cariño y la vieran como una suerte de
abuela cariñosa que los recibía o despedía.
-Doctora Echezuría, ¿ya
lista por hoy?-
-Si Juana, no aguanto más, ¿cómo estás?-
-Muy asustada, todo el
mundo habla del virus y no sé, yo creo que nos mienten con las informaciones-
-Sólo podemos cuidarnos mi
Juana, esto es algo nuevo para todos, pero estoy segura que vamos a estar bien.
Recuerda siempre lavarte las manos, no tocarte la cara y usar alcohol,
antibacterial y tu mascarilla.-
-Acá tengo todo eso mi
doctora, se me cuida mucho y que Dios me la lleve con bien.-
-Amén Juana.-
Cuando cruzó la puerta de
la clínica rumbo al estacionamiento, Azul vio un carro vinotinto que frenó
justo frente a la clínica como se bajó un hombre de unos 30 años que gritaba y
pedía ayuda para su esposa embarazada.
A pesar de sus piernas
entumecidas, sus párpados pesados y su agotamiento mental, Azul siguió la voz
que desde niña la había guiado y regresó al portal de la clínica donde no
habían llegado aún los enfermeros para atender a la joven.
-Señor, por favor cálmese,
¿Cómo se llama?
-Doctora, mi esposa está
mal, veníamos en camino, tiene mucho rato con las contracciones- comenzó a
sollozar y apenas se entendió:- Me llamo Andrés. En la maternidad no había luz
y en el hospital que está cerca no nos dejaron entrar, por favor ayude a mi
María-
Azul vio que María estaba
pálida, con mucho dolor y comprendió que tenía que atenderla de emergencia si
quería salvar la vida de ambos.
-Andrés, por favor, habla
con ella que yo me encargo.-
-Doctora, yo no tengo
plata, pero no tenía a dónde ir.- dijo desesperado.-
-Tranquilo, ya vuelvo-
La joven se levantó y vio
que los enfermeros estaban llegando para llevarse a María.
-Por favor, directo a
emergencias-
-Si doctora.-
-Andrés venga conmigo –
Azul lo llevó a la sala de espera donde le pidió que esperara mientras ella iba
a ver la situación de María.
Cuando ingresó a urgencias
se encontró al doctor Herrera quien estaba de guardia y atendió a María.
-Adolfo, por favor cuéntame
del caso de la joven embarazada que acaba de ingresar.-
-Nada bien Azul, hay que
operar, el bebé está en mala posición y si no hacemos algo ninguno se salva.-
-Coño, ¿Quién va a operar?-
-Estamos esperando a
Hernández, está de guardia, pero antes estamos con los trámites administrativos
y todo eso.-
-No me jodas Adolfo, ¿se
nos va a morir y no la operamos por dos vainas que podemos resolver?-
-Cálmate Azul, si, la
operación la podríamos hacer nosotros pero no somos especialistas ¿qué pasa si
hay una complicación?, y otra cosa ¿quién paga?, ¿tú sabes cómo es esto, las
reglas no las hacemos ni tú ni yo?
-Mira, déjate de pendejadas
y hazme el favor y llama a Hernández que se venga ya que yo la voy a operar si
tanto te da miedo-
-Coño Azul, te vas a meter
en un peo.-
-Yo me metí en esto para
salvar vidas y hay dos vidas que salvar. Si quieres ayudarme prepara el
quirófano que yo asumo la responsabilidad y si no, no me jodas-
-Esta bien chica, te voy a
ayudar, pero ¿y la autorización de administración?, aún falta el peo del
dinero.-
-Tranquilo que de eso me
encargo yo-
La doctora se dio media
vuelta y salió rumbo a la sala de espera donde encontró a Andrés con la cabeza
entre las manos mirando al suelo mientras sus rodillas temblaban.
-Andrés- le dijo en voz
baja y vio sus ojos llorosos mirándola - María no está bien, hay que operar de
emergencia, el obstetra aún no llega pero yo estoy dispuesta a operarla.-
-Hágalo doctora, por favor,
sálvelos.-
-Está otro tema, el del
dinero…-
-Doctora, yo no tengo
plata, María iba a parir en la maternidad pero no había luz y en el hospital
nos iban a matraquear para entrar; todos los ahorros se nos fueron en aguantar
el encierro.-
Azul meditaba sobre la
posibilidad de la mentira, del engaño y del aprovechamiento, algo que conocía
de las calles pero en el fondo, su voz interior le decía que debía hacer lo
correcto, creer en su corazón, honrar su impulso natural y hacer lo posible por
salvar a María y al bebé.
-Andrés, ven conmigo.-
Andrés y Azul fueron juntos
a administración:
-Thamara, buenos días,
¿cómo estás?, por favor necesito que me ayudes con este trámite de emergencia.-
-Cuéntame Azul, ¿qué pasó?-
-Necesito una autorización
para operar a la esposa de mi hermano, acá está su identificación.- Cuando dijo
esto le dio un toque con el pie a Andrés.
-Está bien, tú sabes que la
familia directa no tiene cargos en nuestros servicios pero…no tienen los mismos
apellidos.-
-Ah si, bueno medio
hermano, una travesura de mi papá, tu sabes chica, al hombre lo mandaron a
poblar el mundo vino Andrés y luego vine yo, claro, nos conocimos hasta hace
muy poco y hemos estrechado los lazos pues, ¿verdad hermano?.
-Claro hermanita, es lo que
papá hubiese querido.-
-Bien Thamara, ¿se puede
hacer algo? Mi cuñada está grave.-
La administradora, de baja
estatura, mejillas rellenas, lentes a media nariz y labios rojos la escrutó con
la mirada por segundos que parecieron horas y con cierto dejo de complicidad
respondió.
-Dale, yo lo proceso, eres
una persona honesta y una de nuestras mejores doctoras.
-Tan bella Thamara,
gracias- Y se dispuso a salir.
-Azul, luego nos tomamos un
café para que me cuentes más.-
-Si claro Thama.- La
doctora comprendió que tenía una amiga.
-Andrés siéntate que yo me
encargo de todo.-
-Gracias doctora, Dios la
bendiga.-
-Amén- Con estas palabras
se dio media vuelta y entró a la sala de operaciones.
Azul Echezuría enfrentaba
su prueba de fuego ante una parturienta entre la vida y la muerte, sin
experiencia pero con la convicción de que podía salvarlos.
Todo estaba listo en
quirófano cuando la doctora alzó la voz hacia su instrumentista:
-Bisturí-
-No tan rápido doctora.-
interrumpió una voz en su espalda.
Era el doctor Ezequiel
Hernández, obstetra de muchos años que estaba de guardia en ese turno y conocía
a Azul desde que había sido su alumna en la universidad donde se forjó un
vínculo especial de cariño y respeto entre ambos-
-Disculpe la tardanza pero
estaba examinando el caso de su cuñada, yo me encargaré doctora, usted trate de
descansar que sé que ha estado de guardia.-
-Me gustaría quedarme
doctor, si es posible.-
-No, nada de eso, vaya a
descansar, mire que me pongo nervioso si me ven operar.- Dijo con buen humor y despidió a la joven.
Azul se sentó en la sala de
espera junto a Andrés hasta que se escuchó el llanto de un bebé y la enfermera
autorizó la entrada del padre.
-Doctora, no se vaya por
favor.-
-Tranquilo Andrés-
El peso se vino en los
hombros de la joven que se sintió vencida por el cansancio, sabía que no podría
manejar hasta su casa a estar con su familia. Podía quedarse durmiendo en la
guardia pero ese día necesitaba el abrazo de su mamá y su abuela. Bajó la
cabeza y se resignó a dormir en una estancia incómoda de la clínica sola,
satisfecha y feliz pero sin nadie con quien compartir estos sentimientos.
Una voz de pie frente a
ella la sacó de su meditación.
-Eres arrecha carajita.-
-Doctor Hernández, ¿cómo
salió todo?-
-Fenomenal vale, una bebé
hermosa de 3 kilos; la mamá tuvo un
momento delicado pero va a estar bien. Si esperaban unos 10 minutos más la
historia sería distinta. Tú cambiaste su suerte.-
-Hice lo correcto doctor.-
-Y eso es lo más difícil,
sobre todo porque no siempre tienes las facilidades para ello a menos que
tengas aliados como Thamara.-
-¿Qué quiere decir?-
-Bueno, al examinar el caso
de María noté que su esposo, tu “hermano”, no comparte tu apellido.-
-Si, bueno, temas de mi
papá…-
-Azul, tranquila, no me
importa, todo va a estar bien.-
-No entiendo doctor-
-Bueno, hay cosas que no
tienes por qué saber de mí y una de ellas es que tengo una importante posición
en esta clínica, lo suficiente para asegurarte que todo va a estar bien.-
-Gracias profe, estoy sin
palabras.- Bajó su cabeza con un gesto de timidez ante su mentor.
El viejo doctor soltó una
risa paternal y tocó el hombro de la joven: -tranquila muchacha, pasa que creo
que alguien quiere conocerte y luego te llevo a tu casa-
-En serio doctor, ¿me haría
ese favor?-
-Hoy ha sido un día de eventos extraordinarios, de bondades,
de luz entre tanta sombras y nada me cuesta ayudarte a que puedas estar con tu familia.
Además, no vives lejos y ya mi turno terminó. Bueno, anda, pasa que no es bueno
hacer esperar a un recién nacido, dicen que no tienen buen carácter.-
Azul entró a quirófano,
conoció a María y a la pequeña Luz Marina cuyo nacimiento demostró ese día que
aún se pueden esperar eventos inesperados, esas situaciones inexplicables que
todos llamamos simplemente, milagros.
Para Azul y todos los médicos, personal de enfermería y trabajadores de la salud que siguen luchando. Gracias por cambiarnos la suerte.



Hermosa historia Rafael. 💛
ResponderEliminarGracias por leerla y por esas palabras. Un abrazo grande Yrai =)
EliminarOh! Rafa! Que historia . . . Echezuria . . . Hernández . . .ha sido lo mejor que he hecho en la cola del banco continental.
EliminarGracias, gracias.
Excelente! sigue que yo te sigo.
Muchas gracias por tus palabras, me alegra que disfrutaras el escrito. No puedo ver tu perfil para seguirte.
EliminarRafael, está narrativa atrapa la atención de principio a fin, desenmascarando la realidad de la salud en este país, donde la corrupción y carencia de las instituciones públicas y de los venezolanos de a pie (que cada vez son más) quedan expuestos de forma inmisericorde a las órdenes de la muerte. Por otro lado el dilema de los médicos entre la realidad que enfrentas y la ética, este último sellado con juramento de salvar vidas por sobre toda circunstancias que no escapa de lo corruptible. En verdad que esta narrativa es muy profunda y te invita analizar varias aristas.
ResponderEliminarDaniel, muchas gracias por tus comentarios. De verdad que no es fácil plasmar tantas cosas que podrían ocurrir en cualquier lugar del mundo pero acá las vivimos de cerca. Gracias por leer.
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