CONFINAMIENTO: Día 90



-¡COÑO, cállate mujer, deja la ladilla!-

 

         Desde el balcón, Josué giraba la mirada rumbo a la calle con las rodillas apoyadas en una silla del balcón mientras escuchaba a sus padres discutir por cosas que no entendía.

 

            -¡Eres un pajúo, no puedes hacer nada bien, sólo tenías que cuidar el almuerzo, ahora todo huele a quemado.-

 

         Un zapato voló por la habitación y se estrelló en una foto enmarcada mientras el pequeño de 7 años seguía mirando a la calle; sentía miedo pero no lo dejaba ver, ya no era como los primeros días cuando iniciaban los gritos y  corría a esconderse bajo su cama a llorar mientras sus padres discutían como si él no existiera. Varias veces se quedó dormido sin que nadie viniera a verlo hasta que un día despertó y ya no se sentía igual, una parte ya no estaba y, desde entonces, dejó de exteriorizar su temor.

        

         -Te voy a joder, Rosaura, deja la mariquera que te voy a joder.-

 

         -Cállate marico, no tienes bolas-. Y lo empujó al centro de la sala que estaba cerca del balcón.

 

         Desde el piso 15 dónde vivía, Josué miraba a sus padres y con algo parecido a decepción; apoyaba la cara en sus brazos mirando las calles y ese mundo vacío que antes estaba lleno de gente y ahora le parecía ausente de todo, de alegría, de amor, de risas, de los padres sonrientes que lo llevaban y buscaban al colegio. No comprendía que había pasado y en su cabecita sólo extrañaba algo de lo que una vez conoció, a sus padres de los que nunca se había separado y sin embargo, ya no estaban

 

         La tensión comenzó cuando se decretó el confinamiento. Su papá se molestó cuando se hizo el anuncio:

 

         -No me jodas vale, ahora nos mandan a casa con tanto que hay por hacer y a cuenta de esta gripe nos quieren confinar.-

        

         -Cálmate Julio- respondió Rosaura amorosa.- Ellos saben lo que hacen, deberíamos aprovechar que mañana empieza todo y correr a comprar algunas cosas y compartir un poco con Josué.

 

         Julio respiró:

 

     -Tienes razón, vamos a buscar comida, y caminamos un rato los tres juntos.- Se levantó de la cama y fue al cuarto del pequeño que estaba jugando con unos muñecos.

 

         -Hijo, ven, vamos a arreglarnos, tenemos que salir y adivina…-

 

         -¿Qué papá?.-

 

         -Vamos a pasear los tres y comer helado como te gusta.

 

         -¿De chocolate?.- Dijo el niño con alegría.

         

         -Del que tú quieras hijo, esta tarde es de nosotros porque vamos estar un tiempo en casa.-

 

         -¿Por qué papá?.- Era su manera de tratar de comprender algo que ni los adultos podían digerir.

 

         -Hay una gripe por allí y tenemos que cuidarnos para no ponernos mal, así que juntos nos quedaremos los 3 en casita, jugaremos y veremos televisión.-

 

         -Eso me gusta papi.- Josué abrazó a su papá, era su héroe, su amigo, su padre.

 

         Ese paseo fue el último recuerdo feliz de Josué. Compraron comida, helados y juntos se detuvieron en un parque de columpios donde jugaron hasta caer la tarde. Tomado de los brazos de sus padres, el niño brincaba, saltaba y se reía mientras sus padres se abrazaban y cuidaban que no se lastimara. Esa noche, Josué durmió profundamente y feliz.

 

         Con el pasar de los días, el carácter de sus padres fue cambiando. Veía a su papá menos aseado, más tenso y a su madre con momentos de risa que de repente pasaban a ser de tristeza en los que a veces peleaban pero aún se disculpaban por hacerlo frente a él.

 

         Una mañana, su mamá se levantó y mientras iba a la cocina pisó una pieza de los armables de Josué. El escuchó el grito de su madre que lo llamaba y cuando llegó al pasillo ella lo agarró con fuerza del brazo:

 

         -Coño carajito, te dije que recogieras esta vaina. ¿No entiendes?, ¿tengo que servirte a ti también?- Rosaura lanzó la pieza por la ventana y dio dos golpes a Josué en su muslo. El niño no lloró por el dolor sino porque no reconoció a quien lo había golpeado, era su madre, pero ella no estaba allí.  

 

         Josué empezó a soñar que podía volar el día que durante la cena su padre tiró un plato contra la pared luego de quejarse porque la comida estaba salada.

 

         -Verga Rosaura, ¿no puedes hacer algo bien?.- Se paró y se fue a su cuarto seguido por su esposa.

 

         Las voces se perdieron en medio de la discusión mientras el niño volvió a esconderse bajo la cama tratando de soñar con tiempos bonitos.  

 

Josué volvió de sus recuerdos y se puso los audífonos de la tablet donde nada sonaba pero así no tendría que escuchar el escándalo de fondo.

 

         -¿Qué te crees chica?, Bastante que le echo bolas trabajando desde casa para que no falte nada y tu siempre pendiente de un peo.-

 

         -Ah, porque debe ser que yo me la paso echándome aire.  Julio, desde que empezó esta vaina te volviste un vago, no ayudas, no atiendes nada y te la pasas metido en la computadora o en el teléfono.-

 

         Rosaura tomó el teléfono y comenzó un forcejeo entre ambos.

 

         Josué miraba por el balcón cuando un colibrí se acercó, nunca había visto uno salvo en los videos y libros. Con emoción se paró sobre la silla para tratar de tocarlo recordando su sueño de volar para salir de ese lugar.  

 

         Julio y Rosaura seguían en el forcejeo cuando dieron un traspiés y cayeron hacia la silla donde estaba el niño.

 

         Ya Josué no estaba en el balcón.


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