CONFINAMIENTO: Día 54



VÍCTOR

         Víctor había emigrado solo con los sueños de perfeccionar su técnica vocal y poder lograr su meta de ser tenor principal en la ópera pero apenas a 10 días de su llegada, a punto de iniciar sus clases, se decretó el confinamiento y todo el mundo quedó paralizado.

         Se sentía deprimido, sólo, en un apartamento pequeño, sin muchos ahorros y preocupado por el futuro, el joven poco a poco se fue dejando arrastrar por una marea de resignación.

         El una vez ordenado piso con balcón hacia la calle ahora lucía el caos emocional que vivía Víctor; con ropa en el piso, rastros de comida por doquier y papeles sueltos mientras él se sentía sumergido en una marea incontrolable que lo llevaba a destino incierto.

         -Hijo todo va a estar bien, trata de aguantar y de estirar la platica hasta que puedas empezar a estudiar y trabajar- le decía su madre en cada videollamada.

         -No es el dinero mamá. Me siento solo, las calles están vacías, silencio total. A veces veo a alguien en la ventana y el dolor que veo es terrible. Me duele mucho mamá, siento que debí quedarme.

         -Nada de eso. Tú eres un triunfador. Persigue tu sueño hijo.-

         -Lo haré mamá- Víctor respondía con una sonrisa colocada como una máscara para calmar la preocupación de sus padres.

         Con el tiempo, dejó de llamar a sus padres, su barba crecía, ya no se aseaba y fue mutando en una sombra de lo que fue alguna vez el brillante músico que con su voz reclamaba los aplausos de su tierra natal y cuya promesa de futuro lo había llevado a cruzar las fronteras.

         Un día tomó la decisión que cambió todo, era el momento de poner un fin a esa situación. No fue una visión, epifanía ni un libro, simplemente se despertó esa mañana y detestó el reflejo que había en el espejo; era más de lo que podía aguantar.

 

         DANIELA Y GRACIELA

         Daniela tenía 20 años y hacía música con su mamá desde que tenía 16. Ambas tocaban guitarra y cantaban en las fiestas familiares y sin mucha academia pero con mucho carisma, lograban tomar los aplausos y risas de quienes las escuchaban.

         Daniela y Graciela vivían juntas tras el divorcio y eran más que madre e hija; su complicidad las hacía inseparables, la timidez de la madre era compensada por el arrojo de su hija y la experiencia de Graciela le daba sabiduría a Daniela.

         Luego de casi 2 meses encerradas el tedio había hecho mella en la relación entre ambas; se sentían hastiadas, incomprendidas,  tristes y solas a pesar de que estaban juntas, al punto que apenas se dirigían la palabra en el desayuno porque preferían ver series en sus teléfonos.

         Los ensayos de guitarra que realizaban en casa habían quedado en el pasado y poco a poco las guitarras perdían brillo en un rincón de la sala donde empezaron a llenarse de polvo y olvido.

        Durante el almuerzo Graciela interrogó a su hija ese silencio que llenaba la casa:

         -Hija, ¿qué nos pasa?, antes compartíamos tanto, tocábamos cada día y nos reíamos-

         -Mamá, ¿cuál es el punto de todo?-

         -¿Qué quieres decir mi amor?-

         -Tocábamos porque nos alegraba, para la familia, para quienes venían. Ahora ya nadie viene a casa y nosotros no salimos, el mundo es silencio mamá. Silencio oscuro y vacío. No tiene sentido ensayar ni tocar si no hay quien escuche-

         -¿Y yo no cuento?-

         -No es igual mamá. Tú no entiendes- Y se levantó de la mesa rumbo a su cuarto.

         Graciela comprendió que no podía dejar que esto se quedara igual, cada vez las discusiones eran más recurrentes y la fractura entre ambas parecía inminente.

 

         DANTE

         Tenía 50 años y casi ningún sueño cumplido. Con cabello largo canoso, tatuajes, brazaletes y  lentes oscuros, Dante parecía un adolescente encerrado en un cuerpo envejecido y derrotado por un enemigo invencible, el tiempo.

      De joven, había sido un estudiante y músico exitoso; tocó en los mejores sitios de la ciudad e incluso logró presentarse en las regiones con su banda pero luego de separarse nunca pudo levantar nuevamente el rumbo. Mientras los años, las malas decisiones y la crisis fueron alejándolo de su costa musical.

    Había embarazado a su novia de la universidad, se casó y tuvo que trabajar en muchos lugares; fue parquero, curador de museo, conserje, taxista, vendedor ambulante y nunca abandonó la idea de retomar su sueño de grabar un disco que lo hiciera famoso como sus ídolos del rock. Escribía cada día, perfeccionaba su técnica en la guitarra, grababa maquetas en casa y cuidaba su imagen en caso de que alguien escuchara su material y quisiera contratarlo.

 

         -Es momento que hagas algo real Dante, esta familia no puede seguir así.- Eran palabras recurrentes de su esposa.

          -Tranquila, nunca ha faltado nada. Ni Daniel ni tú pasarán roncha. No tenemos lujos pero acá estamos-

       -Si, acá estamos, pero la vida no es estática Dante, no somos los jóvenes. Daniel quiere estudiar en la universidad y no podemos pagarle la carrera. Tu hijo merece algo mejor.

         -Mira, esta semana voy a enviar nuevos demos y mientras tanto sigo trabajando. Tú sabes que no soporto estar en lugares cerrados, ni cumpliendo horarios. Necesito mi tiempo.

-Y nosotros necesitamos ser una familia de verdad, no una caravana de gitanos que no sabe si podrá pagar el alquiler a fin de mes.

        

Las discusiones de este tono fueron escalando y con el tiempo el matrimonio de Dante fracasó estrepitosamente terminando en un divorcio que casi lo deja en la calle pero lo que más le dolía era no poder sentir la mirada de orgullo de su hijo que había forjado su destino como arquitecto. A veces lo llamaba pero sus conversaciones no pasaban de una especie de chequeo para saber que ambos estaban vivos. En este punto, ya eran desconocidos.

 Con la convicción de su fracaso y algunas cosas que pudo conservar, se mudó al apartamento de sus padres donde se instaló a vivir como heredero de una propiedad que no había sido capaz de comprar y de un destino que no había sido capaz de forjar.

 Esa noche estaba solo, en un sofá, a la espera del destino.


VÍCTOR, DANIELA Y DANTE

         

        Víctor se preparó para esa noche, la decisión estaba tomada. Se bañó, se afeitó, preparó su mejor traje, abrió las puertas del balcón que daba a la gran avenida, subió a una silla y ejecutó su decisión.

        Sin música que lo acompañara, entonó el aria Nessun dorma de la ópera Turandot de Giaccomo Puccini y su voz retumbó en las angostas calles de esa ciudad europea que lo había adoptado y que lentamente fue brindando espectadores quienes se asomaron a las ventanas ante el canto del joven que cerrando los ojos sintió que esas calles eran el Teatro de la Ópera de Milán. Percibía cada sensación de energía que fluía de su cuerpo, tanta frustración, ira, tristeza y depresión convertidas en voz, en música, en su sueño que ahora brindaba a los vecinos.

     El joven tomó fuerzas, apoyó su respiración y con especial proyección entonó las últimas líneas que, traducidas al español rezan: “¡Disípate, oh noche! ¡Ocultaos, estrellas! ¡Ocultaos, estrellas!, ¡Al amanecer venceré! ¡Venceré! ¡Venceré!.

       Víctor sonrió, cerró los ojos y sintió nuevamente algo que creía perdido, su confianza en el futuro.

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         Daniela y Graciela sabían acordado una tregua para ese día. Sacaron las sillas de su casa, abrieron el portón del garaje, se sentaron y sus dedos empezaron a rasgar las cuerdas de las guitarras españolas que, aún sin amplificadores, llenaron las calles de la urbanización con tonadas de flamenco.

         Poco a poco, los vecinos salieron y se fueron uniendo a ese atardecer musical. Uno de ellos se sentó con una caja de percusión y hasta algunas personas se animaron a bailar, o al menos, intentarlo mientras reían disfrutando ese momento.

         Daniela y Graciela tenían miedo pero conforme avanzaban las piezas tomaban confiaban y las palabras no dichas se traducían en complicidad musical al tocar.

         En un momento una de las vecinas llegó con su madre, una mujer muy mayor con bastón en mano que se sentó cerca de las guitarristas y comenzó a hacer el cante que coronó una tarde-noche donde fandangos, bulerías, tangos, cantiñas y muchos más géneros que recibieron aplausos de la concurrencia que disfrutaba sin saber que con cada pieza, se iba reconstruyendo el nexo más profundo entre madre e hija. El amor y la comunicación sin palabras; ese día se hizo con música.

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         Dante se levantó del sofá, fue al baño, se afeitó, amarró su cola de caballo; se vistió con sus mejores jeans negros, zapatos converse y una franela blanca. Conectó el amplificador en la ventana del apartamento, su micrófono a la consola y comenzó a tocar su guitarra eléctrica como en los viejos tiempos con las primeras notas de Sweet Child O´mine de Guns N Roses y pudo ver que aún su voz respondía. Luego siguió con Paranoid de Black Sabbath; sus dedos no fallaron. Cuando inició las notas de Enter Sandman de Metallica empezaron a escucharse aplausos desde la calle y voces que coreaban este hit de de la banda de California. Dante recibió el empujón que necesitaba.

         Cuando se sintió en confianza Dante hizo lo que no había hecho en 30 años, tocar y cantar uno de sus temas en público, se llamaba “Bésame” una balada rock con la que se sintió transportado. Sus canas desaparecieron, su cuerpo volvía a ser fuerte, su energía retornaba y ninguno de sus errores estaba presente; sólo la música estaba allí lavando los errores de su vida y se entregó a ella.

         “Bésame” ganó los aplausos de su público anónimo que lo escuchaba desde los edificios. Rostros desconocidos unidos para disfrutar un concierto de alguien totalmente ajeno a sus existencias.

La noche siguió entre temas propios y versiones de rock clásico hasta que la noche cayó y fue cuando las notas de “Here comes the sun” de The Beatles provocaron algarabía entre la audiencia que cantó esta canción para recordar que “todo estará bien”.

No se molestó en recoger nada, sólo entró al apartamento en medio de aplausos, se tendió en su cama y sus ojos se cerraron con serenidad por el que fue su último concierto.

 

         “La vida sin música sería un error”  Frederic Nietzche.


Comentarios

  1. ¡Me encantó! Gracias por recordarnos que la música es una de nuestras mejores compañeras...
    ¡La música siempre está ahí! hasta en el silencio más profundo...

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    1. La música siempre sana y libera. Gracias por estar y leer. Abrazo grande

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