CONFINAMIENTO: Día 190


Habían pasado apenas 4 horas de la llamada, su madre estaba grave y quedaban, por lo menos 20 horas de camino.

         La luz se desvanecía y frente a Paula, la carretera se transformaba en una sucesión de líneas blancas y amarillas que aparecían una tras otra únicamente iluminadas por los faros del viejo Charger 78 que había heredado de su padre y que mantenía funcionando tal como el día uno que llegó su casa cuando ella era una niña de 2 años que nunca olvidó la imagen de esa carrocería azul oscuro y el ronroneo del motor que se le hizo familiar a un gato gigante que la llamaba a jugar.

         El viejo auto había sido restaurado y adaptado para las salidas en familia. Mamá, papá y Paula disfrutaron muchas veces del camino a bordo del “Expreso Azul” hasta que una bala durante un asalto cegó la vida de su padre y acabó con la niñez de Paula como un cristal de hielo cuando cae al suelo.

La chica vivió en incertidumbre mientras su mamá encontraba un buen trabajo que rindiera los suficientes beneficios para mantenerlas. En un momento de crisis, Emperatriz intentó vender el Charger de su esposo y Paula se interpuso con lágrimas en los ojos.

 

-No me quites lo único que me queda de papá por favor. Siempre dijo que me cuidaría pero ya no está, se fue y esto, es lo único que tengo de él-

-Hija, tu papá era mucho más que metal y aceite. Siempre estará contigo. Su amor era lo más grande que tenía para dar y lo brindó al máximo- La abrazó con fuerza

-Voy a trabajar mamá, te voy a ayudar-

Emperatriz suspiró, se separó de ella y puso las manos en los hombros de su hija

-No Paula, tu trabajo es estudiar. Yo me encargaré y puedes estar tranquila. El “Expreso Azul” se queda- Dijo sonriendo mientras se abrazaban.

Emperatriz consiguió un trabajo de asistente ejecutiva en una trasnacional y poco a poco su economía fue mejorando, al punto que su familia ausente volvió a aparecer y a hacerse cada vez más cercana para la alegría de la matriarca que sonreía aunque Paula sabía que sólo buscaban aprovecharse de su bienestar.

  Luego de graduarse, Paula se mudó a una ciudad lejana de la capital donde pudo hallarse ejerciendo la medicina; sintiéndose libre de la influencia negativa de su familia aunque le valió alejarse de su madre quien no quiso dejar sus nexos pero que la impulsó a emprender su propio camino a bordo del Charger con palabras que resonaron en su mente por mucho tiempo:

 

-Siempre ha sido tuyo, desde que dijiste que era un gran gato azul, tu papá dijo que sería tuyo algún día. Y es el momento que tomes el volante de tu vida y decidas quien quieres ser Paula-

 

         Habían pasado 5 años desde la última vez que se vieron y por parte de la chica no había ninguna intención de volver pero una llamada la tarde de ese viernes había cambiado todo el panorama.

         Estaba saliendo de su guardia en la clínica, se subió al auto y cuando lo encendió, sonó el teléfono. El número era el de su madre pero al contestar escuchó la voz de su tío Heberto:

 

         -Paula, ¿cómo estás?-

         -Hola, ¿Qué fue?- dijo con frialdad.

         - Tu mamá no está bien, tiene el virus-

         Un largo silencio: -Coño de la madre. ¿Cómo está?…-

         -Está aislada en la clínica, tiene algunos problemas para respirar; dicen que se puede recuperar pero tu seguro está agotándose y no tenemos dinero-

         -Si tío, ya entiendo. No es para que sepa sino para que vaya y pase la tarjeta-

         -Bueno, tú eres su hija-

         -Sí y por eso voy a ir. Por ella. Adiós -

 

Paula despreciaba a Heberto y al resto de su familia. Siempre pensó que su madre había sido una especie de gen alterno o que había sido adoptada y le había tocado, por mala suerte, un hermano dedicado a vivir una vida irresponsable, que ahora succionaba como una sanguijuela el dinero, tiempo y bienestar emocional de Emperatriz, su hermana mayor que siempre había podido resolver los problemas.

En menos de dos horas consiguió el permiso en la clínica, empacó y se puso en la ruta rumbo a la ciudad. Sabía que no sería fácil verla, pero también era consciente que, si podía, la sanaría, era médico, tenía el conocimiento y los permisos para transitar por las carreteras en medio de la cuarentena.

 

-Aguanta mamá

 

El charger estaba lleno de gasolina, un termo de café a su lado, mapas y la radio encendida eran sus garantías de un viaje seguro en medio de carreteras descuidadas, oscuras y con varias rutas a campo abierto llenas de leyendas y donde la casa más cercana estaba, por lo menos, a una hora a pie.

Al llegar al primer puesto de guardia para salir de la ciudad los funcionarios militares se acercaron a la ventana del conductor

 

-¿Dónde se dirige ciudadana?-

-Voy a la capital, mi mamá está grave y debo ir a verla. Acá está mi credencial médica-

-Entiendo- Dijo el guardia mientras se esforzaba por leer el carnet. –Sabe que estas carreteras son muy peligrosas de noche-

-Sí, pero no puedo esperar.-

-Entiendo- El guardia miró a su alrededor y bajando la voz preguntó: -¿doctora, tiene un frasco con alcohol?, tenemos 12 horas de guardia sin guantes, apenas esta mascarilla de tela y ni un poco de alcohol-

Paula estaba prevenida y de su bolso sacó un frasquito pequeño y se lo extendió al guardia que sonrió tras la mascarilla y le dijo: -No se desvíe nunca del camino principal doctora, si llega a equivocarse y llega a un pueblo llamado “Bovés” quédese allí y siga en la mañana de nuevo a la carretera troncal, no avance nunca por la ruta rural”-

-¿Por qué?-

-Haga caso y llegará bien. Hay muchos bandidos- y le hizo seña de avanzar

        

El guardia no le dijo a Paula nada que ella no supiera. Las vías eran un peligro mortal para quien se accidentara, se detuviera o simplemente cayera en manos de los asaltantes que lanzaban piedras a los parabrisas, metales a los cauchos o simplemente dispararan al carro. Así eran las carreteras del país pero sí le causó curiosidad que no recordaba haber escuchado de un pueblo llamado “Bovés”.

El sol fue dando paso a la penumbra y las líneas de la carretera se convirtieron en la única guía en medio de un viaje en el que los pensamientos de la joven doctora sólo estaban enfocados en su madre dejando en segundo plano la ansiedad de los peligros de la noche y la posibilidad de cualquier contratiempo. No se detendría por nada, llegaría en un viaje corrido sin dormir; ese era el plan.

Eran las 10 de la noche cuando llegó a otro puesto militar.

 

         -¿Dónde se dirige ciudadana?- preguntó un militar de rango medio y cuerpo rechoncho con tono despectivo.

         -A la capital, voy a ver a mi madre que está enferma. Acá tengo mi credencial médica que me autoriza para viajar-

         -Eso lo tenemos que revisar nosotros. Por favor baje del vehículo con identificación en mano- Dijo el militar mirando con descaro el escote de Paula.

         -¿Qué pasa?-

         -Tenemos que notificar cada vehículo que pasé por acá. Por favor baje del carro con identificación en mano-

 

         Paula se bajó del carro y notó como el guardia trató de acercarse más de lo usual para tomar la identificación y le dijo: -Soy doctora y he tratado pacientes con el virus, no le conviene acercarse mucho oficial-

         A pesar de tener mascarilla, el militar se apartó quitó inmediatamente su mirada lasciva y le dijo que se sentara en un banco cercano mientras terminaban de verificar los datos del Charger.

 

         -Fuiste muy hábil- Dijo una voz a su lado

         -¡¡Coño!!, me asustaste- Respondió Paula a un joven sentado a su lado. Tenía el cabello negro largo hasta los hombros y piel blanca y mirada amable aunque notó que su mascarilla estaba desgastada-

         -Perdona, no fue mi intención. A veces la gente no percibe cuando me acerco. Mala mía. Me llamo Eric.-

         -Tranquilo Eric, soy Paula. Disculpa, ¿Qué me habías dicho?, con el susto ni te presté atención-

         -Te decía que fuiste muy hábil quitándote de encima al marrano ese. Es un pervertido. Tengo rato por acá y siempre veo que trata de “revisar” a todas las mujeres que detiene.-

         -Cabrón-

         -Hay de todo. ¿Dónde vas?-

         -Voy a la capital. Mi mamá está enferma y debo verla-

         -Pobrecita, ¿qué tiene?-

         -El virus- Respondió Paula bajando la cabeza

         -Coño, lo siento. Seguro va a estar bien y vas a llegar a verla recuperarse.-

         Paula quitó un mechón castaño de su cara y miró a Eric: -Es lo más bonito que he escuchado hoy, gracias.-

         -No hay que perder nunca la esperanza Paula, sólo la muerte parece quitarla y aún así, no es tan definitiva-

         Paula pensó en su padre y tras un breve silencio preguntó: -¿Y tú?, ¿Dónde vas?-

         -Yo voy más adelante a un pueblo llamado “Bovés”, es difícil de encontrar pero ya estoy orientado para llegar-

         -Eso me han dicho. Otro guardia me lo mencionó hace unas horas. Dice que nunca avance por el camino rural que sale desde ese pueblo-

         -Y tiene toda la razón-

         -Ese pueblo está cerca de una zona muy peligrosa. Cerca de él hubo un asentamiento de bandoleros y desde hace 200 años se han dedicado a robar, violar y asesinar a quien se pierde. Gente mala que engendró más gente mala y así van.-

         -¿Y nadie hace nada?-

         -Creo que a ningún gobierno le ha interesado cuidar lo que pasa en las carreteras. Son historias pasajeras y con el tiempo, la gente la olvida si la trama no es lo suficientemente sangrienta o si es alguien famoso el que cae-

         -No sé qué decirte. Creo que tienes razón-

         -Ah bueno, no importa. Bueno, mi autobús me dejó mientras estaba en el baño, menos mal que sólo viajo con mi mochila. Debo seguir a pie porque tengo un compromiso familiar mañana en Bovés y no puedo faltar. Espero que te vaya bien Paula, cuídate mucho- Se levantó y empezó a caminar hacia la carretera.

         -Espera, ¿Qué haces?-

         Eric se detuvo, la miró y respondió con una sonrisa: -Te lo dije, tengo un compromiso en Bovés y no puedo faltar-

-Espera- Paula se levantó y de su cartera sacó una mascarilla nueva. –Toma, siempre llevo una de repuesto y esa que utilizas está muy vieja, no es segura.-

         -Oye, gracias. Tenía tiempo sin ver un gesto tan amable- Y comenzó a colocarse el barbijo.

         - Si quieres espera y yo te llevo hasta un punto cercano- Dijo Paula mientras volteaba hacia su auto pero cuando regresó la mirada Eric no estaba y ella se quedó mirando la infinita oscuridad del camino.

         -Doctora- Escuchó el llamado una vez pero mantenía la mirada fija en el camino. –Doctora- Repitió el funcionario.  

         Paula se acercó hasta el militar que le entregó sus documentos.

         -Puede continuar. Tenga cuidado en la carretera- Dijo el militar que a diferencia de su gordo oficial superior, se dedicaba a cumplir la premisa de servir y proteger al ciudadano.

         -Dígame soldado, sabe algo de un pueblo llamado “Bovés”-

         -No mucho, ni sé si existe, algunos lo mencionan como de leyenda pero no le he prestado atención. ¿Por qué?-

         -Es que me lo han mencionado varias veces hoy-

         -No crea en cuentos de caminos doctora. Siga la ruta principal-

-Muchas gracias-

 

         Paula subió al Charger, lo encendió y se adentró nuevamente en el frío pavimento oscuro sin ninguna luz más que la de los faros del automóvil que mostraban las líneas blancas del camino y los árboles que se alzaban como guardias oscuros al lado del camino. Entre las penumbras la joven buscaba con la mirada tratando de encontrar un rastro de Eric.

 

         -No tiene sentido, ya debería haberlo visto. Sólo salió apenas unos minutos antes- Se decía la chica mientras avanzaba por el camino hasta que de pronto vio una forma blanca que apareció en el camino la hizo perder el control; el carro dio varias vueltas antes de salirse del camino y rodar por una pendiente hasta detenerse en una terraza. Todo se hizo penumbra.

        

         -Paula, Paula, despierta- A lo lejos, ella escuchaba una voz que la llamaba mientras la sacudían y apenas abrió los ojos, vio que Eric estaba afuera del carro tratando de despertarla.

         -¿Eric?-

         -¿Estás bien?, ¿te duele la cabeza?-

         -Sí, estoy bien- Decía sujetándose la cabeza mientras salía del auto para recuperarse.

         -¿Qué te pasó?-

         -Algo blanco apareció en el camino, me pareció una persona, giré el volante y por lo que veo me salí del camino- Miró a Eric-¿De dónde saliste tú?, te estuve buscando para ayudarte llevándote unos kilómetros pero no te encontré.-

         -¿En serio?, gracias. No es muy común, y algunos dirían nada prudente, subir a un desconocido a tu carro. Yo estaba en el camino, vi cuando me pasaste por el lado y luego te saliste de la ruta y bajé a ayudarte. Aunque no recuerdo nada blanco-

         -¿Cómo sé que no es obra tuya?-

         -Es un poco tarde para dudar, ¿no?, si quisiera robarte o hacerte algo creo que ya habría actuado. Estamos en medio de la nada-

         -Es cierto. ¿Sabes dónde estamos?-

         -Con exactitud, no. Debemos estar cerca de Bovés pero no tengo idea. De noche todos los gatos son iguales.-

         Miró la terraza donde había caído y se dio cuenta que era una ruta rural y se quedó observando la penumbra que se posaba detrás del auto-Lo cierto es que esto es una carretera. No sé si podré regresar por acá, ¿tú qué piensas Eric?- Volteó y el joven no estaba.

         -No me jodas, ¿otra vez?, ¿este se cree Batman o qué?-

         -Paula, ven, mira.- Escuchó la voz de Eric a lo lejos entre la densa neblina.

 

         Tomó una linterna y caminó unos metros hasta encontrar a a Eric parado cerca de un letrero que señalaba “Bienvenidos a Bovés”.

         -No me jodas- dijo Paula

         -Bueno, llegamos. Vamos al auto, no es bueno que nos quedemos mucho tiempo en el descampado-

 

         Paula y Eric regresaron al Charger que encendió sin problemas y juntos entraron a Bovés. Encontraron un pueblo de una sola calle principal con varios callejones entre los cuales se levantaban distintas casas, locales y con una plaza central en honor a los antiguos héroes. Definitivamente habían viajado a una cápsula de tiempo a un asentamiento de casas con tejados rojos, uno que otro edificio de ladrillo pero congelado todo en los años 50 del siglo XX.

 

         -¿Eres de acá Eric?-

         -No, para nada, soy de la capital-

         -Pero dijiste que tienes un compromiso familiar en Bovés-

         -Sí, un pendiente- Respondió el joven en tono seco.

         -¿Sabes de algún lugar donde podamos parar a revisar el auto?-

         -No lo sé pero vamos avanzando a ver-

        

         Siguieron por la calle principal hasta la plaza central donde pararon y bajaron del carro.

 

         -Este pueblo se siente extraño, como si me mirara-

         -Es posible, parece ser el típico asentamiento que mira con recelo a los extraños.-

         -Sí, sobre todo en cuarentena, aunque no veo ningún aviso de alerta por el virus.

         -Tampoco se ve a nadie. ¿Seguro que no conoces a nadie?-

-Sólo a la persona que debo ver- Dijo el chico.

Paula miraba a Eric examinando cada una de sus maneras y forma de desenvolverse. Era flaco, no muy alto, simpático y aunque nada en él mostraba señas de peligro, sentía que ocultaba algo.

         -¿Sabes de mecánica Paula?-      

         -Sí, mi papá compró al viejo “Expreso Azul” y me enseño todo para cuidarlo y mantenerlo bien desde que era niña. Por eso es que ha durado más de 30 años. Cada sábado se ponía una camisa sin mangas, gritaba “Paulita” y lo veía hacerle mantenimiento al auto.- De pronto sonrió- Recuerdo que siempre se manchaba su tatuaje de bandera pirata en la muñeca, era algo de cuando era joven pero decía “Semper Fi”, “Siempre fiel” como los Marines - Bajó la mirada y abrió el capó del Charger para revisar con la linterna.

 

         -Parece que era un gran tipo-

-El mejor- Dijo con sequedad- Por favor vigila por si viene alguien Eric-

         -Tranquila, acá no parece haber nadie. Escucha, ni perros, ni gatos, ni borrachos, parece un pueblo fantasma.-

         -Ya déjate de tonterías-

 

         Luego de un rato de chequear amortiguadores, gasolina y sistema eléctrico, la chica dio el visto bueno para continuar el camino.

         -No necesita mucho más, afortunadamente no hubo golpes fuertes.-

         -¿Vas a continuar ahora?-

         -Sí, tengo que hacerlo-

         La expresión de Eric cambió radicalmente, su candidez pasó a una fría angustia: -Paula, no es bueno ir a la carretera rural a esta hora, es peligroso-

         -No tengo opción, debo seguir-

         -No vayas- De pronto, a la derecha de Eric, una chica blanca de cabello negro había aparecido, con una franela blanca, jeans y zapatos deportivos-

         -¿Quién eres?-

         -Eso no importa Paula, no debes ir- insistió Eric

         -Si sigues ese camino verás cosas que querrás olvidar- Dijo la chica cuya camisa blanca empezó a teñirse de sangre mientras que de sus labios empezó a descender una línea carmín.

 

         Paula retrocedió, subió al auto y se puso en marcha a la salida del pueblo rumbo a la carretera rural.

        

         -Mierda, ¿Qué fue eso?- Sentía como el sudor frío recorría su cuerpo mientras pisaba el acelerador: -Ya el cansancio me está pegando y estoy viendo vainas-

         Había rodado unos quince minutos y recordó que Eric nunca había bajado su mochila del carro, desvió la mirada un momento y una piedra impactó el cristal del carro. El Charger dio 3 giros y  Paula se golpeó la cabeza aunque no perdió la conciencia.

        

         -Bueno, muchachos, parece que hoy tenemos recompensa-

 

         Paula escuchaba las voces acercarse mientras lograba recuperarse del golpe.

 

         -Vaya, vaya, mira esto, es una citadina. Esa pinta no es de por acá-

         -Eso no importa Mano, vamos a pasarla bien-

 

         Paula sintió como la sacaban del auto, cuando logró recuperarse vio que 5 sujetos la rodeaban.

        

         -¿No es una belleza jefe?-

         -Una lindura Mano. El carro me lo quedo yo y voy primero con ella. Levántenla y póngala contra el carro-

        

         Entre dos alzaron a la chica que logró soltarse de uno, golpeó a otro en la ingle y corrió al bosque.

 

         -Que nadie dispare, hay que divertirnos un rato- Dijo el que llamaban Jefe

 

         Paula se internó en el bosque y podía escuchar como los asaltantes la buscaban. Se escondió entre los matorrales y empezó a sentir ese miedo que recorre cada fibra del cuerpo ante la sensación de lo inevitable.

         De pronto una mano la tomó del cabello y la levantó. Ella se aferró al brazo luchando y escuchó: -Te tengo bonita-.  De repente el tirón cedió, ella cayó y sobre su cabello empezó a gotear algo caliente que, luego pudo ver, era sangre brotando de una mano cortada agarrada a su pelo.

         Paula gritó, se sacudió y pronto se vio rodeada de los otros asaltantes.

        

-Vaya, la bonita no aguanta el bosque-

         -Mira, esa parece la mano de Héctor. Jefe, ¿La vio?-

         -Parece que la chica tiene sorpresas. ¿Dónde está el cuchillo?-

 

Paula estaba en silencio y el Jefe habló nuevamente

 

-Tráiganla. Ella pudo cortarle la mano a Héctor pero lo va a pagar-

         -No fui yo- Dijo Paula mientras andaba: -Algo se lo llevó-

 

         Comenzó a llover y cuando volvieron frente al auto se dieron cuenta que faltaba otro de sus compañeros.

 

         -Jefe, esto no me gusta- Dijo el más pequeño de los ladrones, a quien le faltaban dos dientes y tenía nariz de águila.

         -A mí tampoco Enano- Me huele a que esta perra es una policía. Se acercó, tomó a Paula por el cabello con fuerza y le puso la pistola en la cara. –Habla claro, ¿andas con los policías, con los militares?-

         -Con ninguno, soy doctora, voy a la capital a ver a mi mamá-

         El Jefe la golpeó en la cara con la pistola: -Voy a repetir la pregunta y si no me gusta lo que escucho comenzaré a dispararte en lugares que no imaginas. ¿Policía o militar?-

         Paula lo miró con odio encendido y le dijo: -NO ando con nadie-

         -Mala suerte bonita, pensaba disfrutarte caliente pero fría también servirás- Le apuntó el arma a la cabeza pero un crujido se escuchó tras de él.

        

El Jefe y Paula pudieron ver como algo tomaba al tercer asaltante, luego Enano disparó al aire pero entre las sombras un ser sin forma sujetó su garganta y la abrió como arrancando la manzana de un árbol desplegando un manantial rojo mientras el cuerpo caía en suelo húmedo.

         El Jefe supo que estaba solo y, de pronto, Paula vio que entre las sombras, Eric apareció frente a él.

 

         -¿Me recuerdas?

         -¿Quién eres?-

         -Haz memoria hijo de puta-

         -No te recuerdo-

         -Voy a ayudarte- De pronto, el ojo derecho de Eric empezó a teñirse de rojo y derramar sangre por la mejilla que ahora estaba hinchada mientras su cara empalidecía y en su cuerpo manchas rojas llenaban su ropa.

         -No, esto no está pasando- Dijo el hombre retrocediendo, temblando con cada paso que daba sin poder retirar la mirada. Se había olvidado de la chica que desde el suelo miraba al joven amable que conoció convertido en algo que no podía definir.

         -¿Ves mi ojo “Jefe”?, es lo que pasa cuando una bala queda en tu cráneo. No te mata de inmediato, no, entra, rompe la piel, músculo, nervios, duele; duele mucho y se aloja en tu cabeza. No me mató, pero me dio tiempo para ver todo lo que le hicieron a ella- Dijo Eric avanzando lentamente mientras el asaltante le disparaba hasta vaciar su arma quedando de espaldas a un árbol. –Deberías mirar siempre a tu espalda, no sabes quién te espera-

         El “Jefe” resbaló y cayó sentado contra un tronco, miró a su lado y estaba ella, la chica sangrante del pueblo que susurró –Hora de pagar- y sus manos rodearon el rostro del hombre, se deformaron como extensiones de enredaderas que entraban por cada orificio de su cuerpo desgarrando todo a su paso.

         -Siente dolor, siente angustia, temor, siente todo y ahora mi propio dolor maldito, muere de dolor como nos hiciste a nosotros- Dijo el chico que miraba de pie al asesino que ahora gritaba por una piedad que no llegaría.

         A sus espaldas, Paula, envuelta en pánico, apenas alcanzó a decir: -¿Eric?-

         El joven volteó, se acercó hasta quedar frente a Paula que sólo podía mirar su ojo en sangre y dijo:

 –Gracias Paula-

 

         La mano tocaba el cristal una y otra vez llamando -Señorita- y Paula salió del trance para hallarse dentro del Charger estacionado en la plaza de Bovés. Ya era de día. La joven estaba asustada, limpia, sin rasguños y con las manos en el volante.   

        

 -¿Está bien?- preguntó un oficial de policía al lado del conductor.

         -Sí, gracias. Mi auto... yo no recuerdo…-

         -¿Estuvo bebiendo?- Preguntó el oficial a través de la máscara

         -No, soy doctora, voy a la capital a ver a mi madre, pero no logro recordar. Creo que me salí del camino- Se dispuso a bajar del carro -Había alguien conmigo, un chico de cabello largo negro, delgado, con zapatos deportivos; se llama Eric.-

         -Pregunté a los vecinos y ellos la vieron llegar sola en la noche. Dijeron que sólo se detuvo con las manos en el volante y motor apagado. Por lo visto se durmió-

        

La joven caminó un poco por la plaza llena de personas hasta que encontró una placa en una esquina con dos fotografías con una dedicatoria “En memoria de Eric y Eliza” bajo las imágenes del joven que la acompañó y de la chica ensangrentada.

        

-Una pena, lo que les pasó-

         -¿Qué sucedió?-

         -Hace un año se accidentaron en la carretera y unos tipos asaltaron, torturaron, abusaron de ella y los mataron. Esa banda se pierde en las montañas y nunca han podido agarrarla. Hay quien dice que los espíritus deambulan buscando venganza-

         -¿Por qué no actuaron ustedes?-

-Están mejor armados que nosotros, hacemos lo que podemos pero a veces se necesita fuerza superior para encargarse de estos bichitos-

-Creo que ya alguien lo hizo- Dijo Paula en voz baja mientras daba media vuelta rumbo al Charger. –Oficial, ¿cómo regreso a la carretera principal?- Preguntó Paula desde lejos mientras se subía al auto.

         -Fácil, media vuelta y siga derecho 1 hora para ponerse en el camino correcto, no se desvíe ni tome ninguna carretera rural-

         La chica sonó la bocina en agradecimiento.

         El oficial respondió con voz apenas audible -Cuídate Paulita-

La joven aguantó la respiración y miró por retrovisor al oficial que se despedía con una sonrisa alzando su mano que, sobre la manga mostraba un tatuaje con una bandera pirata y una escritura.

         Volteó rápidamente pero no había nadie; ni el oficial, ni los animales, ni la gente. El pueblo había vuelto a ser un espectro vacío, frío y silente. Paula encendió el Charger, pisó el acelerador y salió de Bovés que se perdió en la distancia de su retrovisor mientras escuchaba: -Siempre estaré contigo-      

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