CONFINAMIENTO: Día 55


LUNA

 

-Realmente no los entiendo, antes salían y ahora se quedan todo el tiempo en casa-

 

         En silencio, ella miraba a todos los que estaban en casa y que le pasaban por el lado, distantes de su presencia y sus preguntas que surgían sin poder salir.

 

         -Bueno, algo debe haber pasado porque siempre estaba sola, ahora todo está lleno, siempre están corriendo; pelean un poco más pero también se ríen. No me falta nada, no es que me hablen mucho, pero por lo menos puedo jugar más, me dejan correr y hasta me dan galletas-

 

         Su vida transcurría apacible hasta que el encierro empezó a modificar la conducta de sus compañeros. Un día el papá se molestó tanto que lanzó un vaso contra la pared, otro, la mamá empezó a llorar y finalmente sucedió que el hijo comenzó a molestar tanto que ella decidió alejarse de todos, se recluía en un rincón desde contemplaba todo y dormía.

         Un día la abuela Laura se sintió mal y el papá quiso llevarla al médico pero ella no quiso. Sabía que era algo pasajero, se sentía triste sin su nieto mayor, se había ido del país y ella extrañaba su forma de ser, su compañía y comprensión. La anciana bajó la cabeza pero vio que desde un rincón la miraban.

         Laura era la abuela de la casa, con sus años, sus canas y su figura de años encerrada en un delantal se dio cuenta que había preguntas que contestar; con una media sonrisa se acercó,  se sentó a su lado, acomodó su falda, sus lentes y se inclinó para hablar.

 

         -Parece que estamos solas las dos. Sé que esto es nuevo pero no te preocupes, ellos no son malos, esta cuarentena les afecta mucho. Estamos encerrados porque hay un virus que nos puede dañar mucho pero a ti no te pasará nada- Puso sus manos en su cabeza- Dios ha querido que tu estés bien y  yo voy a estar contigo porque si salgo puedo enfermar, así que nos podemos hacer compañía y hasta ser amigas-

 

         Entonces abrió sus ojos y aunque no podía expresarse pensaba:

 

-Tía Laura, no te preocupes, yo te cuidaré y haré que nada de esto sea aburrido. Veo que todos están en sus teléfonos y como que no hablan entre ustedes y a veces, cuando hablan, es para pelear. Si me dejas yo te acompañaré y jugaremos.-

 

         Tía Laura sonrió

 

         -Creo que te entiendo, a veces hasta me parece que sonríes y me gusta saber que estás aquí. Fuiste lo mejor que Manuel me dejó-

 

         -Por esas palabras es que muevo la cola- Se levantó, lamió las manos de la anciana, metió su cabeza entre las manos y se acostó porque sabía que no había nada mejor que una mano rascando su panza.

 

         Luna era una perra mestiza que ahora se había convertido en parte de la familia y era la compañía inseparable de la Tía Laura. Había llegado una tarde de abril en brazos de Manuel que quería no tuvo corazón para dejarla en medio de la vía cuando regresaba de una fiesta. Habían pasado los años, Luna estaba en casa pero Manuel había tenido que partir.

        

         SHEIK

 

         -Muy bonito esto- pensaba con ironía mientras miraba el plato vacío. –Tengo días viniendo y me gustaría al menos, encontrar un plato lleno pero no, vacío. Bueno, como dicen ellos “muchacho no es gente grande”-

        

Por varios días él había sido huésped de Manuel. Dedicado al diseño, sólo en su departamento y con una vida torcida radicalmente por la cuarentena.

         La primera vez que se vieron, Manuel lo dejó entrar y cenaron juntos pero el invitado tuvo que irse con prisa. Esta escena se repitió hasta que la confianza fue forjando una especie de complicidad donde cada día, a la hora puntual comían juntos mientras el joven platicaba su jornada del día. Hoy todo era distinto.

        

-¿Será que se cansó de mí?- pensó él: -Manuel es un buen muchacho, pero últimamente anda como distraído, silencioso, no lo entiendo.-

        

El invitado recordaba cuando un día  encontró al joven mirando por la ventana sin decir palabras y en su rostro corrían lágrimas aunque no dijo nada de eso durante la cena.

        

-Bueno, sea lo que sea, no me importa, ya tengo hambre- Se levantó y se fue.

 

Las calles le habían enseñado que en los momentos más duros tenía que ser fuerte y enfrentar lo que tuviera ante su cara. Eso le había ganado un par de cicatrices y la pérdida parcial de su oreja derecha pero también el respeto de sus pares.

Al día siguiente el invitado volvió a la casa y encontró el plato vacío en el mismo lugar, de hecho, todo estaba igual. Ya su incomodidad pasó al asombro.

 

         -Bueno, esto no está bien- se atusó el bigote y caminó por la estancia.

 

         El apartamento parecía vacío y mientras revisaba cada rincón para encontrar rastros de Manuel pudo ver las fotos de su familia que estaba en otro país y de sus amigos encerrados por la cuarentena mientras sus pasos lo llevaban al dormitorio con una puerta blanca entreabierta.

         Entró sin mucho ruido y encontró a Manuel sentado en la cama con las manos en su cara llorando. No comprendía lo que sucedía, a su lado había una nota que no podía descifrar, lo miró y supo lo que necesitaba así que se acercó, rodeó su pierna para luego trepar en la cama y empezar a darle topes en los brazos.

         Manuel alzó la mirada al sentir el contacto en la pierna, siguió con la mirada a su invitado, su cabeza chocando contra su brazo  y su cuerpo frotándose mientras ronroneaban era una forma de decir: “Estoy contigo”. El joven no se movió, dejó que su invitado, ese gato que tenía días entrando a su departamento, siguiera con su muestra de cariño mientras él reflexionaba en lo que iba a hacer.

         Pasó su mano izquierda por la cabeza del gato y cuando este lo miró le dijo:

 

         -Quédate a comer cuantas veces quieras-

 

         Se levanto, de sus manos cayeron un puñado de pastillas que golpearon el suelo mientras él tomaba al gato en sus brazos rumbo a la cocina y mientras lo acariciaba le dijo: -Creo que te llamaré Sheik, mi abuela Laura me contaba que había sido un gran héroe, pícaro y aventurero…creo te queda ese nombre-

 

         El gatito blanco y negro ronroneó.

 

        Sin hablar, su compañía se ha vuelto fundamental estos días, gracias a todos los animales por ser nuestra cordura en medio de la locura 

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