CONFINAMIENTO: Día 95
Diana se había ido, es todo lo que
Ignacio podía pensar. En su mente se repetía esta idea una y otra vez sentado
en la sala de su apartamento con su
penúltimo cigarrillo encendido en las manos.
No
hubo despedida, no hubo lágrimas, sólo desvanecimiento. Ignacio sabía que La Cosa
se la había llevado y se culpaba por no haber podido protegerla, por haberla
invitado a vivir en su departamento a pesar de la maldición y por no haber
enfrentado aquello que desde niño lo acechaba.
Ahora
estaba atrapado, con un virus rondando, sin poder salir y, aunque vacío, sabía
que no estaba sólo. Sentía esa voz, ese aliento frío en el cuello, las manos
gélidas en sus brazos al caminar por los pasillos, el rostro pálido de sonrisa sardónica que lo acosaba en la
oscuridad de la noche y que había regresado a perseguirlo apenas entró al
apartamento.
-Nunca
debí regresar- Ignacio recordaba su estancia fuera de casa, no soportaba las
voces, la presión, el hastío de sentirse en un lugar ajeno donde nadie lo
entendía y en un punto, con apoyo de su mamá decidió viajar para conocer el
mundo, hacer fortuna y sobre todo, sanar.
A su regreso, todo había cambiado pero la
saturación había cambiado por soledad y por un frío muy particular que sintió
apenas cruzó la puerta.
-Bienvenido-
Le dijo su madre mientras lo abrazaba
-Gracias
mamá, es bueno estar de vuelta- Miró alrededor del apartamento y como un botón
de desbloqueo, sus recuerdos de niñez regresaron y pudo ver nuevamente a La Cosa,
mirándolo desde una esquina de su cuarto mientras dormía, con su largo abrigo
negro, sus cabellos rojizos largos cayendo al lado de la cara y un sombrero
negro de ala ancha que sólo revelaba una tez pálida y una sonrisa
sanguinolenta, de dientes amarillos y con ojos invisibles que sabía estaban
fijos en su pequeño cuerpo metido en la cama.
-¿Ignacio?,
Ignacio- lo llamaba su madre que sacudiéndolo logró sacarlo de su abstracción.
-¿Estás bien?-
-Si,
estoy bien, vamos a cenar, ¿Si?-
El
muchacho no recordaba bien todo lo que había pasado desde entonces, no podía
explicar su amnesia, pero si tenía fija en su memoria que durante los primeros
meses no ocurrió nada extraño y por un instante se sintió libre hasta esa
mañana.
-Despierta-
Escuchó una voz sibilante, viperina al pie de su oído. Trató de ignorarla pero
se repitió el llamado: -Despierta Ignacio- y abrió sus ojos. No había nadie.
Fue
hasta el cuarto de su madre a verla pero al asomarse por la puerta entreabierta
ella estaba dormida, sin nada que la perturbara pero al salir y mirar el
pasillo éste se llenó de moho, como si el lugar envejeciera pudriéndose ante
sus ojos con un olor pestilente y a lo lejos, al fondo del pasillo, en la
puerta de la cocina unas manos blancas salían de la sombra revelando uñas con
líneas de sangre, venas marcadas y de pronto, una carcajada que paralizó a
Ignacio quien perdió la consciencia en ese momento.
-Hijo,
hijo- Su mamá lo despertó tocando su cara y llamándolo preocupada- Despierta
Nacho, ¿qué te pasó?-
-Nada
mamá, creo que caminé dormido. ¿Tú estás bien?-
-Si,
me levanté a hacer el desayuno y te encontré aquí. ¿Seguro que estás bien?,
podemos llamar al doctor Pinto-
-No,
no hay necesidad mamá, tranquila- Dijo mientras se levantaba y se sacudía el
polvo. -¿Preparas unos huevos revueltos y pan tostado? tengo mucha hambre.
-Uhm,
está bien. Pero no me convences. Recuerda que me voy de viaje pronto y quiero
asegurarme que estarás bien.-
-Má,
te lo aseguro, estoy bien. Anda, vamos a comer-
Mientras
desayunaban Ignacio aprovecho de contarle a su madre una idea que había tenido
y que le permitiría no estar solo mientras ella viajaba.
-Má,
no sé si recuerdas a mi amiga Diana, la conocí en el viaje-
-Algo
me habías contado en tus mensajes hijo, ¿qué pasó con ella?-
-Bueno,
ella y yo somos cercanos pues y, si te parece, me gustaría invitarla a que se
quede un tiempo acá mientras estás de viaje. Estoy bien, pero no me gustaría
quedarme solo tanto tiempo.-
-¿Es
tu novia?-
-Bueno,
no necesariamente, pero si nos entendemos-
-Vamos
Nacho, tienes 24 años, ya estás como viejo para andar divagando- Dijo la señora
con picardía
-Coño
mamá, debiste ser policía- Ambos se rieron- no, no somos novios pero no me
molestaría. Estoy seguro que no tendrá problema en quedarse, ella vive sola en
la ciudad porque sus papás están fuera del país.-
-Vale,
vale, pero invítala a comer esta noche.-
-Seguro.-
La
chica aceptó encantada la invitación y hacia el final de la tarde, cuando
estaba por llegar y mientras Ignacio se vestía para recibirla escuchó
nuevamente la voz a su espalda
-No
es buena idea Ignacio-
-Que
coño…- El joven giró y no había nada pero sintió un olor a rancio en el
ambiente. Metió la mano en su bolsillo y cuando vio su pañuelo notó que estaba
envejecido pero al examinarlo tenía sangre y lo soltó en el piso.
-No
es real- cerró los ojos con fuerza, respiró y al abrirlos todo estaba normal y
sonó el timbre.
Su
mamá recibió a Diana y ambas notaron que Ignacio estaba sudando pálido.
-Nacho,
¿estás bien?- Preguntó Diana.
-Si,
sin problema. Nada que contar.-
-Disculpa
Diana, siéntate por acá querida que tengo que comentarle algo a Nacho-
-Adelante
señora Nora, yo espero.-
La
mujer guió a su hijo hasta su habitación y lo confrontó
-Ahora
mismo me dices que coño te pasa. ¿Andas en cosas raras?-
-No
mamá, estoy bien, es que me dormí unos minutos y tuve una pesadilla.-
La
mujer quedó en silencio y le preguntó: -¿Qué clase de pesadilla?-
-Una
figura alta, negra que me mira y me habla-
-Ignacio,
eso no es real, no pasa nada. Tú sabes que lo que es real y lo que no, así que
por favor lávate la cara y vamos a atender a Diana.-
-Pero
mamá…-
-No
es cortés hacer esperar a una invitada- Dijo tajante Nora y salió. Cuando el
joven apagó, la luz y estaba cerrando la puerta del cuarto escuchó una leve
risa burlona.
Diana
se mudó a la casa días antes que la mamá de Ignacio emprendiera el viaje y ella
estaba tranquila porque la joven había mostrado tener responsabilidad, carácter
y serenidad.
El
día que anunciaron la cuarentena Ignacio tuvo miedo, sus manos empezaron a
temblar, el frío se apoderó de su cuerpo y Diana lo encontró en la cama en
posición fetal.
-¡¡NACHO!!,
cariño ¿Qué pasó?-
Tiritando,
entre dientes, apenas alcanzó a decir: -Tengo frío-
-Ya,
ya, todo va a pasar amor, tranquilo.- Se echó sobre él y tendió una manta sobre
él mientras temblaba y cerraba los ojos con fuerza pero sentía la mirada de la
cosa sobre ambos.
A
medida que pasaban los minutos Ignacio se iba recuperando.
-Bebé,
tenemos que irnos de acá-
-Cariño,
eso no es posible, estamos confinados, no podemos salir.-
-No vale,
tomamos un par de cosas y nos vamos a tu casa, cosa rápida-
-No, no me
voy a arriesgar, sabes que soy asmática y nos tendríamos que ir en autobús,
lleno de gente y tú sabes cómo son que no respetan, creen que el virus es
mentira y andan como si nada.-
Ignacio se
supo derrotado, estaban confinados en ese lugar junto con la cosa.
Los días se
hicieron meses y a medida que avanzaban los episodios se hacían cada vez más
frecuentes. Cosas movidas de lugar, insomnio,
olores rancios y pasos en el apartamento. Síntomas de un tsunami que se
venía para ambos.
-Es hora,
ENFRÉNTALO- Con estas palabras Ignacio abrió sus ojos una mañana, miró a Diana
a su lado y La Cosa estaba con su boca prendida en el cuello de la chica, no
para algo tan simple como beber su sangre, su sonrisa venía del placer de verla
despierta, estática y sufriendo.
-¡DÉJALA!-
El joven lanzó un golpe pero el movimiento tiró a Diana de la cama
-Nacho,
¿Qué te pasa?, ¿Estás loco?-
-¿Estás
bien cariño?-
-No, estoy
asustada y molesta. ¿Qué te sucede?-
-Es que, no
sé cómo decirte- Ignacio no encontraba como dejar fluir las palabras y sintió
como si dos manos heladas cerraran su garganta. Entendió que La Cosa no quería
que ella supiera.
-Mira, he
sido muy paciente, pero ya esto está muy peligroso, todo te molesta, no duermes
y ahora me pegas mientras duermo-
-Pero amor,
no soy yo. Es…- La sensación del apretón en el cuello volvió.
-Es qué,
¿ah?. Creo que mejor me voy. Siento que si no me mata el virus en la calle tú
terminarás haciéndolo en cualquier momento. Me voy a cambiar y me largo.-
-No, Diana,
no es así. Por favor espera-
La
joven se paró, abrió la puerta del cuarto, entonces Ignacio pudo verlo, con sus
más de dos metros de altura a espaldas de Diana mientras ella le hablaba. El
ente abrió su abrigo negro del que brotaron dos luces y en ese momento Ignacio
vio desaparecer a la chica frente a sus ojos
entre los dos resplandores.
-Debes
asumirlo Ignacio- Decía la voz mientras él se derrumbaba llorando, apretando
los dientes mientras sus lágrimas corrían por su cara hasta la cama.
Pasadas
las horas el joven era poco más que un zombie, pasó ese día fumando entre
recuerdos, sentado en la sala del apartamento.
Sonó
el teléfono
-Hola
mamá, ¿cómo estás?-
-Todo
bien hijo ¿y tú?-
-Genial
mamá, Diana y yo estamos muy bien- Dijo con voz autómata.
-¿Seguro?
-Si
mamá. Debo dejarte, estoy cocinando. Te amo mamá- Y colgó el teléfono mientras
veía la mano de la cosa asomándose por la pared de la cocina y por primera vez
notó que su muñeca llevaba una marca de triángulo.
-Ya
sé que estás allí maldito-
Ahora,
con ese penúltimo cigarro a punto de terminar en su mano, Ignacio sabía lo que
tenía que hacer. Había buscado la benzina de su encendedor y la había regado en
varias zonas del apartamento.
-Yo
me voy, pero te llevo conmigo pedazo de mierda-
No
sentía miedo, sólo ira profunda, irracional y rencor hacia el ente. Se levantó,
fue hasta la ventana, miró la ciudad, encendió su cigarro y lo lanzó al charco de benzina que ardió al
instante y se extendió por muebles y paredes consumiendo todo a su paso.
Ignacio se sentó frente a la mesa del comedor cuando las manos heladas lo
tomaron de la cabeza, lo empujaron hacia la tabla y pudo ver que en sus propias
muñecas se formaba el triángulo que había visto en la cosa mientras este ente se inclinaba al oído y con
su aliento asqueroso le decía
-ENFRÉNTALO-
lo levantó, tomó su cara con ambas manos y lo obligó a mirar el vacío que
estaba en el lugar donde deberían estar sus ojos y entonces, Ignacio gritó.
--
-Doctor
Pinto, ¿usted cree que sea posible que se recupere?-
-No
lo sé mi señora, está inmerso en su propia mente. Parece que el trauma fue muy
fuerte. Por favor me lo cuenta nuevamente, necesito tener cada detalle.
Nora
y el doctor Pinto estaban en el comedor del apartamento junto a Ignacio que
permanecía estático, ido en una silla de ruedas.
-Mi pobre
muchacho. Él se culpó por la muerte de Diana, el hospital la dejó salir antes.
Ya no tenían medicinas ni comida para cuidarlos en la cuarentena. Nacho fue a
despedirla en la reja y cuando estaba subiendo al carro de su papá él le habló,
ella se distrajo y un camión sin control la mató en seco frente a él. Desde
entonces está ido-
-Que
tragedia, pobre muchacho. ¿Por qué estaba en el hospital?-
-Depresión
doctor, la muerte de su papá lo puso muy mal, empezó a aislarse, no se bañaba,
casi no salía del cuarto, cambiaba de humor constantemente y vi que estaba en
peligro cuando se empezó a lastimar las muñecas. Decidimos encarar la
situación, lo hablamos y él quiso internarse para mejorar pero llegó la
cuarentena y esa gente empezó a dejar ir a los pacientes a la calle porque el
gobierno no enviaba ni comida ni medicinas. Algunos con sus familias y otros
por su cuenta. -
-Señora
Nora, le prometo que vamos a hacer lo mejor que podamos pero él tiene que
enfrentarlo, poner de su parte.-
El
doctor Pinto se acercó, miró al joven de frente y le dijo: -Tienes que
enfrentarlo Ignacio, enfréntalo. No es buena idea culparnos por cosas de las
que no tenemos control. Acá tienes gente que te quiere, que te cuida y que te
va a apoyar. Lucha muchacho que vamos a estar contigo-
De pronto,
Ignacio aspiró profundamente y gritó como despertando de una pesadilla mientras
Nora y el Doctor se apartaban de la silla
-Mamá,
mamá- extendió los brazos buscando a Nora quien lo abrazó.
-Aquí
estoy hijo, aquí estoy- Le dijo mientras él se aferraba a ella.-
-Mamá,
Diana se fue...-
-Lo
sé hijo, pero no fue tu culpa.- Tomó su cara entre sus manos y le dijo: -No es tu culpa y no estás solo. Vamos
a estar contigo -
-La
Cosa, esa cosa, me perseguía-
-Ya
hijo, no es real, estamos aquí contigo.- Le dijo arrullándolo
-Gracias
mamá- Respondió Ignacio mientras miraba su muñeca con la cicatriz de un triángulo
mientras empezaba a recordar.
Los pacientes mentales son estigmatizados y
dentro de ellos ya tienen suficiente dolor como para cargar más. Necesitan
ayuda de los organismos responsables, comprensión de la sociedad y nosotros, más información
para respetarlos en vez de señalarlos. #MásInformaciónMenosEstigma



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