CONFINAMIENTO: Día 100

       

        El escritor ya no era verde; sus 43 años y canas cada vez más abundantes no le permitían describirse de ese color. Tampoco era amarillo, su fe en la capacidad de cambio de las personas se había perdido hace mucho tiempo suplantada por una especie de humor negro y forma de ver la vida como una comedia donde cada suceso revestía una suerte de chiste donde se envolvían el cielo y el infierno.

         Sin duda, el escritor ya no era blanco. Su corazón no amaba la soledad pero sí amaba la ausencia de personas. Cuando se decretó la cuarentena reconoció en su corazón la alegría de poder disfrutar la ciudad de calles vacías y cada día, por su ventana se asomaba a llevar una especie de diario visual para su memoria donde las avenidas quedaban cada vez más desiertas con la atmósfera de miedo e incertidumbre. El escritor se definía como alguien gris; no determinado, cambiante y que vivía en la ola que los acontecimientos le pautaban.

         Su vida no cambió luego del confinamiento. Se sentía privilegiado por forma de vida sin esposa ni hijos, con amigos en línea y por su existencia dedicada al conocimiento más que a la práctica. Eso lo hizo dejar la Universidad en la que había dado clases de letras, eso y un affair muy poco discreto con una alumna que lo abordó en el salón entrada la tarde luego de varias semanas de miradas y gestos que se materializaron ese día en caricias y juegos hasta fueron sorprendidos con ella arrodillada frente a él. El asunto se resolvió internamente y se sintió feliz de dejar de intentar enseñar a un grupo de “centenialls” que, según su definición, “pretendían saber más que él de literatura y no habían leído media letra de Benedetti, Whitman o de Vargas Llosa”. Allí se sintió libre. 

Este autor no era alguien rendido, no tenía deseos de morir pero tampoco quería vivir según las normas de los demás. Sin trabajo “formal”, laboraba editando y corrigiendo textos para próximos libros, dictaba clases en línea y escribía para varias publicaciones en varios idiomas y con esto lograba un sueldo que le permitía sus placeres simples: comida, cigarros, cervezas y una prostituta de vez en cuando que contrataba por internet y que nunca se repetía. No desde Amparo.

         Amparo era una dama de compañía que conocía en una página de promoción; morena, con cabello negro liso, labios rojos, ojos claros y con su más de metro ochenta y cinco supuso una agradable compañía un sábado de hacía cinco meses.

         Cuando le abrió la puerta supo que la pasaría bien, la detalló de pies a cabeza y su atracción fue instantánea. Decidió que volvería a sentir sus largas piernas “rompe costillas” y sus curvas nuevamente,  y así ocurrió.

        

         -¿Cómo te llamas?- Preguntó la chica una noche luego de estar juntos.

         El escritor guardó silencio unos segundos: -Eso no importa. Llámame como quieras-

         Amparo se extrañó pero decidió tomarlo con humor –Oye, ¿no se supone que eso debo decirlo yo?- Y ambos sonrieron –Tienes razón, no importa- Y le besó la mejilla.

         En ese momento él sintió preocupación. Un llamado leve de alerta que decidió ignorar al ver la desnudez de Amparo rumbo al baño.

         Dos semanas después la volvió a contratar pero cuando llegó al departamento ella le propuso:- ¿Te parece si, para variar, hablamos un rato antes de hacerlo?-

         Nuevamente la llamada de alerta se repitió en la cabeza del escritor. El miedo y la desconfianza lo inundaron: -Mira, prefiero que vayamos a lo nuestro-

         -Está bien- repuso la chica con desencanto.

         Lo que nunca supo él, es que, más allá de sus interpretaciones, ella quería el tiempo para dar oportunidad a que la pastilla para el dolor de cabeza hiciera su efecto y poder desempeñar mejor su labor en ese encuentro que resultó siendo el último coronado en una cama agridulce. Luego de ese día el escritor nunca volvió a llamarla y decidió variar a cada una de las damas que saciaban sus apetitos.

         Al iniciar el confinamiento las visitas acabaron y sus apetitos tuvieron que caer en el punto de la autosatisfacción apoyada en la revisión de páginas adultas en internet. Sin darse cuenta, se estaba convirtiendo en una versión de las personas que denigraba por sus “prácticas patéticas”.

         El escritor estaba solo por decisión propia, eso lo sabemos, pero muchas veces recordaba a su casi esposa, siempre la llamaba así; esa mujer que sintió en la médula, en la sangre, en el corazón,   en cada fibra de su ser y que amó hasta el punto de hacerlo desear abandonar su soltería.

         Habían pasado 23 años, pero aún pensaba a veces en Linda, la rubia de ojos castaños que dejó plantada en la cena de compromiso con una nota que decía “lo siento” y una breve carta dónde escribió parte de un episodio que sufrió la noche anterior.

         -¿Y si no es la indicada?, ¿Lo haré bien?, ¿Y si muere primero?, ¿Si no funciona?- fueron preguntas recurrentes ese momento en que el miedo le ganó la partida y en la que compró un boleto de ida a Francia para regresar dos semanas después.

Su estancia en París le permitió esconderse, excusarse consigo mismo, asumir su cobardía, abrazarla, fustigarse y convertir esta historia en su primera novela que fue un éxito editorial: -“Un éxito nacido del fracaso”- Era la referencia que siempre usó para esta obra: “-Al final la vida no es más que una imitación del sexo, a veces estás arriba, otras abajo pero el gozar depende de ti-“.

Una tarde de lluvia en la que el escritor se asomó por el balcón a disfrutar de las calles vacías notó algo en un matero abandonado. Algo había comenzado a crecer, una pequeña hoja se asomaba desde una débil rama luchando por vivir. Este diminuto ser captó la atención del hombre que amaba la soledad y que se quedó absorto analizando la planta para luego regarla con un poco de agua.

No tenía idea qué estaba creciendo en ese recipiente abandonado lleno de tierra al que nunca había prestado atención desde que llegó al apartamento hacía 5 años, pero algo en su ser se sintió motivado por ese germinar de vida en medio del confinamiento. En el fondo ¿se sentía tan solo?

Desde ese día el autor se levantaba cada mañana y antes de su desayuno de huevos, pan, café y un cigarro, se dedicaba a cuidar, saludar, cantarle y regar la planta. La borra del café en polvo, cascaras de huevo y cualquier material orgánico de la cocina se fue convirtiendo en abono para la nueva huésped del apartamento que conforme pasaba el tiempo desplegó dos hojitas más y estiraba su tallo hacia la luz del sol.

Pasados 4 días, él se levantó y antes de desayunar sintió el extraño impulso de hacer ejercicio y terminó dedicando 30 minutos a una extenuante sesión que le recordó los más de 5 años que tenía sin mover un músculo pero, en la sala, tirado en el piso, giraba la cabeza hacia la ventada y sentía que las hojas de la planta eran como brazos alzados a su favor llenándolo de un alivio que, hasta el momento era desconocido.

Sus listas para el automercado ahora incluían productos para jardinería y caminando comenzó a dar los buenos días a quienes encontraba y, detrás de la mascarilla, las sonrisas hacia las personas empezaron a aparecer.

Una tarde del día 15 a la llegada de la planta, el escritor trabajaba en un ensayo sobre la soledad para su próximo libro:

“¿De qué hablamos cuando hablamos de soledad? Ese estado de aprecio por la ausencia de personas, ¿Es acaso a la muerte del alma?, ¿a la valentía más inusitada para enfrentar a un mundo que parece no perdonar las diferencias? ¿la falta de empatía propia de los sociópatas?.

En mi caso, la soledad nace del simple hecho de no tolerar la ignorancia, de no tener la capacidad de comprensión ante una sociedad que valora lo soez, lo ruin, la falsedad de la demagogia a favor de facilismo que por popular luce correcto. Mi gusto por la ausencia de compañía viene de no haber encontrado alguien capaz de tolerar que ame caminar descalzo, el blues y que me importe poco barrer todos los días.

Mi aceptación de la soledad viene de saber que nacemos y morimos solos. Nadie depende directamente de nuestro respiro o de nuestra partida, pero…”

En ese punto, el escritor se detuvo, dio una chupada a su cigarro, miró en la distancia la planta en el balcón y meditó antes de volver a teclear.

“La soledad viene del profundo amor que pensamos sentir por nosotros pero nos priva de la sensación maravillosa de poder apoyar a seres extraordinarios como una planta o una mascota que se vuelvan recipientes de cuidado y despiertan en nosotros emociones desconocidas en nuestro ser.

Estar sin compañía es algo maravilloso pero tiene su precio”

 

         Estas ideas plasmadas en el borrador del ensayo sorprendieron al escritor que, en blanco y negro, reconocía un vacío dentro su ser.

         Necesitaba tiempo, aire fresco, necesitaba sentir algo amigable y dar gracias. Se levantó de la silla y fue al balcón y encontró algo que no había detallado: las hojas de la planta alrededor de su flor habían comenzando a caer y dentro de su pecho la opresión creció. Sabía que esto pasaría, había soportado pérdidas como cualquiera, pero en este punto de la vida, de la cuarentena, del vacío, la progresiva muerte de este ser que había aparecido de la nada lo derrumbó y sin entender las razones, lloró.

         Cada mañana y tarde se dio cuenta que la planta estaba muriendo. Lentamente los pétalos blancos de la flor caían uno a uno como granos de arena en cuenta regresiva que fue acompañando con su ritual de agua y canto hasta que un día su tallo se secó y el escritor se sintió solo y, por primera vez en su vida, no le gustó la soledad. En ese punto, volvió a la rutina; sin ejercicios, días grises y la contemplación de la ausencia de las calles sin esperar que algo cambiara. Respiraba, trabajaba pero era un ser ausente.   

         Por aburrimiento, tedio o lo que fuera, una tarde fría, el escritor tomó su teléfono y desde el balcón volvió a revisar su cuenta en Instagram y buscó a Linda, su cuenta estaba en privado, mientras meditaba, notó algo con el rabillo del ojo y es que en el macetero donde la planta estaba ahora, a centímetros de donde estuvo el tallo original, nacía otra ramita.

         En medio de su alegría, buscó agua y se deleitó en ese tallo naciente. Y mientras miraba, el escritor ya no era gris, ahora se sentía azul, se sentía feliz, lleno, con esperanza y en medio su sentir solicitó acceso a la cuenta de linda y con nervios recibió la aprobación.

         -¿Viste?- le dijo a la planta en medio de la euforia y recorrió el perfil- ¿Qué hago?- Preguntó a la ramita que nacía desde la tierra seca.

         Se armó de valor, fue al buzón de mensajes y escribió con sus manos heladas por los nervios: “Querida Linda…”   

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