CONFINAMIENTO: Día 177

Créditos: Voz de Galicia

           

         Mireya tenía más de 12 horas esperando para surtir gasolina. Salió de su casa a las 3 de la mañana con la esperanza de poder comprar combustible pero, tras recorrer varias estaciones de servicio que tenían filas de más de dos kilómetros decidió acudir a la venta que estaba en la entrada de la ciudad, donde unos 50 carros ya esperaban para la lotería de un servicio que antes era habitual.

         Como muchos, su horario de trabajo en casa ahora incluía jornadas para recargar agua ante la falta de servicios, para comprar comida y para “cazar” la gasolina, hoy era uno de esos días y su carro era testigo de ello. En los asientos traseros Mireya tenía recipientes con comida, agua, y frutas para soportar la jornada que aligeraba con libros o películas que aspiraba disfrutar en la espera, pero lo cierto es que no podía relajarse. La espera demandaba atención constante  atención porque no se sabía cuando podía surgir una crisis.

         La última vez que hizo cola por gasolina Mireya llegó a las 7 de la noche con la esperanza de ser una de las primeras para ripostar en la estación de servicio. A medida que avanzaba la noche se iba relajando entre los seguros y vidrios ahumados de su carro a pesar de algunos conatos de pelea entre choferes que se señalaban de no respetar el orden en la fila, pero lo que le robó la calma fue que cerca de medianoche un grupo de hombres en moto empezó a recorrer los automóviles cargando, a punta de pistola, con celulares, dinero y cualquier objeto de valor.

         Justo dos carros antes del suyo una mujer alzó la voz y el hombre armado le puso la pistola a cambio de su teléfono; el  dueño del auto previo al Chevrolet Blanco de Mireya intentó encender para escapar pero no tenía suficiente gasolina y el hombre tuvo que soportar una ventana rota y un golpe en la cabeza por tratar de proteger su propiedad mientras  se envolvía en una manta como una niña escondida de un monstruo mientras su corazón latía acelerado, sus manos sudaban y su respiración se agitaba ante la precipitación de los hechos.

         Ya cuando los asaltantes habían cargado con los bienes del hombre herido y señalaban el carro blanco las luces de la policía brillaron y los sujetos huyeron del sitio. Desde entonces, Mireya dijo que nunca haría cola de noche por gasolina y hoy el panorama no se veía terrible puesto que con 50 carros por delante podría aspirar surtir, o al menos así parecía a las 12 del mediodía

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         -Esta gente tiene plata- Dijo Raúl Ochoa, un soldado delgado, moreno, de baja estatura y que tenía varios días apostado en la estación de servicio de la entrada de la ciudad junto a varios de sus compañeros y su superior, el sargento Leomar Herrera

         -Claro, por eso les dieron la opción de pagar en dólares y mira la cola. Todos forrados, acá nos cayó la buena.- Dijo Leomar

         - ¿Usted cree?-

         -Mira los carros Ochoa, esta gente tiene plata y ni tu ni yo tenemos nada; ni señal he tenido en el teléfono desde que me mandaron para acá. ¿Por qué no les vamos a cobrar una “pequeña comisión” por estar pendientes acá, aguantando sol, hambre y lloraderas de gente que no conocemos? No joda chico, mientras pueda agarrar algo lo haré, igual acá todos hemos metido la mano en bolsillo ajeno. En la calle, si tú no buscas, nadie te da, y si nadie te da, tú tomas, punto. Ve aprendiendo eso.-

         -Bueno si, pero le iba a cobrar 50 dólares a un tipo sólo porque tenía una camioneta grande-

         -De bolas, si tiene plata para ese carro, debe tener para pagar un extra. Además, le bajé a 20 y los pagó- Miró fijo a su subalterno y señalándolo le dijo: -Avíspate Ochoa, en este juego estamos todos y ganas más que la miseria que nos pagan en el ministerio. Ponte las pilas carajito.-

         El sargento había estado dos semanas sin permiso para ver a su familia en castigo por faltas a los reglamentos del cuartel y tenía ya cinco días apostado de una estación de servicio a otra así que, parte de sus acciones, venían  de ese resentimiento social, personal y moral.

         Herrera meditó un momento mirando los autos en la cola y sin mirar a su compañero le dijo: -Anda a preparar la pintura para marcar los carros y llama a la cisterna a ver por dónde viene a ver si cobramos de una vez-

         En ese momento de la crisis, era práctica habitual que los soldados marcaran cada auto con números para llevar una secuencia de la cola y era el momento en que aprovechaba Herrera para colectar su paga que iba de 20 a 50 dólares dependiendo del modelo del carro. Quien se negara a pagar era sacado de la fila o amenazaba a los guardias podía ser arrestado con cargos de agresión a la autoridad.

         Eran las dos de la tarde y cuando se disponían a  marcar los carros un grupo de personas en la cola se acercó.

        

         -Buenas tardes sargento- Dijo una joven alta de pelo castaño rizado, lentes finos y de expresión suave.

         -Buenas tardes ciudadana. Dígame- Respondió Leomar

         -Queremos saber hasta cuándo estaremos esperando, ya tenemos más de doce horas y nada que llega la gasolina-

         -Se los voy a decir claro, nosotros vamos a poner los números en los carros pero no sabemos si llegará hoy el camión.-

         -¿CÓMO ES LA VAINA?- Dijo un hombre mayor con canas

         -Se calma maestro. Lo que les dije, vamos a asignar números y en el peor de los casos se vienen mañana en el mismo orden que tenían.-

         -No me joda sargento-

         -Más respeto ciudadano, acá yo soy la autoridad y si les digo que se regresen a sus carros ustedes dan media vuelta y derechito a sentarse-

         -¿Qué se ha creído?, tenemos derechos, lo voy a demandar.- Repuso una mujer elegante de mediana edad.

         -Mire, SEÑORA- Empezó a comentar Herrera acercándose a la dama y mirándola de frente- usted no sabe lo que es una noche de calabozo ¿verdad?, ¿Quiere que la lleve detenida por ultraje a la autoridad?, se me calma, deja la pendejera y se sienta, ¿OK?.-

 

         En ese momento Ochoa regresó a la estación de servicio donde discutían

         -Mi Sargento, el camión llega en unos 10 minutos aproximadamente-

         -Bueno- Dijo Herrera aplaudiendo como quien hace arenga a un equipo deportivo -Niños y niñas, a sentarse en sus carros que los vamos a marcar-

        

         Las personas se dieron media vuelta y empezaron a avanzar a los carros pero en ese momento una ambulancia llegó directo a la estación de servicio al punto de atención primaria.

 

         -Buenas tardes sargento, necesito gasolina de urgencia, por favor-

         -Por ahora no se va a poder, no tenemos, pero el camión llega en 10 minutos-

         -Mierda, es que tengo una emergencia Sargento.

         -Lo siento mi pana, te toca esperar el camión.

         El conductor, visiblemente preocupado le tocó resignarse: -¿Dónde puedo esperar?-

         -Eso depende de ti mi pana- respondió Herrera- Si tienes 20 dólares puedes esperar acá mismo y pasas de primero.

        

         El conductor de la ambulancia se sorprendió:- Pero, pero sargento, yo no tengo esa plata. Mírenos, somos paramédicos, no tenemos dinero-

         -Esta ambulancia es de Seguros Kazán por lo que leo en el aviso-

         -Si, así es-

         -Es una de las empresas más grandes. ¿Me vas a decir que no tienen dinero?- Hizo una pausa, se sobó la barbilla y dijo: -Vamos a hacer algo, para que veas que soy buena gente, te lo bajo a 10. Paga 10 dólares y te quedas acá-

         Ya indignado, el chofer repitió:-Coño, no tengo esa plata, ya le dije. Tengo una emergencia en el centro de la ciudad, hay una paciente grave y no tengo gasolina para ir a otra estación-

         -Tú como que estás mintiendo pajarito- Dijo el sargento impaciente- ¡¡Contra la ambulancia!!, pégate allí y me lo revisas Ochoa-

        

         -Epa, no pueden hacer eso- Dijo la joven alta que se acercó antes a la estación-

         -¿Y por qué no?, ¿Quién eres tú carajita?-

         -Soy la doctora Mireya Durán, agregada del departamento legal de la embajada de Estados Unidos-

         El sargento la miró rápidamente y notó la cuerda con bandera de Estados Unidos colgando en su cuello hasta un carnet volteado hacia su cuerpo -Ah, pero mira vale una “Yanquita”- Dijo acercándose

         -Soy de aquí y esto es una injusticia -

         -¿Sabes cómo es la vaina carajita?, yo soy la justicia, y si me da la gana te meto presa a ti también-

         -Eso será un problema, dijo una voz en medio del grupo de gente que había bajado de los carros-

         Como una fiera amenazada el sargento optó por lo que conocía, la confrontación: -Ochoa, llámate a Martínez, Díaz y Luque, vamos a tener que dispersar a esta gente-

        

         -No queremos problemas- dijo Mireya- Deja ir al conductor y listo-

 

         Dos cornetazos rompieron la tensión que reinaba en la estación de servicio bajo el sol de la tarde, la cisterna con gasolina había llegado.

         La gente comenzó a regresar a sus autos pero Mireya y un grupo se quedaron cerca del conductor del sargento y del conductor de la ambulancia.

 

         -Sabes qué, no vales la pena, carajito, móntate y fórmate-

         -Pero necesito la gasolina para la emergencia, tengo prioridad por ley-

         -Que te formes y vas de último. Ya dije- Y se dio media vuelta mientras ordenó a los soldados que pintaran los carros.

         El joven bajó la cabeza, le dio las gracias a la gente y tomó su lugar cincuenta carros más atrás.

 

         La fila fue avanzando, Mireya no tardó más de una hora en surtir gasolina. Ochoa la atendió con deferencia y con servicio mientras que ella no dirigió más la mirada al sargento Herrera que estaba concentrado en contar su dinero. Al terminar la joven tomó rumbo a su hogar y agradeció mil veces por el regalo que su hermana le hizo durante la Feria Educativa Americana, una carpeta con folletos, lápices y una tira de carnet que ese día terminaba en su identificación de la academia de teatro. Mireya no jugaba póker pero ese día hizo un bluff y resultó, le ganó una al sistema aunque le valió estar nerviosa varios días ante el temor de las posibles consecuencias su mascarada. 

        

         Caída la noche, el comando llamó por radio al Sargento Herrera.

 

         -Sargento Herrera, comuníquese con su hogar, malas noticias, su mamá murió esta tarde -

        

         Leomar Herrera consiguió el permiso en el cuartel y fue llevado hasta su casa en el centro de la ciudad donde su hermana lo recibió con un abrazo.

 

         -¿Dónde estabas Leomar?, no podía encontrarte-

         -Estaba sin señal Jenny. ¿Qué pasó con mamá?-

         -El virus, estuvo mal por 3 días y  hoy llamé al seguro para que la llevaran a la clínica pero se puso malita muy pronto-

         -¿Un Seguro?-

         -Si, por la empresa le contraté una póliza en Seguros Kazan. Cuando insistía para que vinieran a buscarla me dijeron que la ambulancia que tenían disponible estaba sin gasolina y que no la habían dejador surtir a tiempo. El chofer avisó para que trataran de llevarla pero no tenían más disponibles. Esa ambulancia era la última oportunidad de mamá-

 

         Ojalá las colas de horas y días para la gasolina fuesen cosas de ficción 

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