CONFINAMIENTO: Día 200



      - ¿Qué hacen?- Reflejaba la pantalla del teléfono de Carlos con un mensaje de Joel, su mejor amigo.

         -Nada, encerrado, aburrido- Escribió Carlitos

         -Nada, jugando en la tele un rato- Respondió Tico

         -Acabo de terminar mi tarea- Anotó Richard.

        

         Más de 5 meses de cuarentena tenían a los niños al borde de su cordura. Con sus 12 años Carlos, Joel, Richard y Tico habían compartido cada tarde desde los 4 años y ahora tenían más de 190 días sin verse, conectados, sólo a veces, por la pobre señal de internet del pueblo que permitía, a veces, una video llamada de "El Club de hackers” como se llamaban, aunque sabían lo que era un hacker, apenas sabían cambiar el papel tapiz de sus computadoras pero nada de proezas informáticas

 

-Bueno, si seguimos así encerrados saldremos cuando tengamos barba como tu abuelo- Dijo Richard, un niño alto, pálido y pícaro.

-No te metas como mi abuelo-

-Tú sabes que me gustan sus cuentos-

-¿A quién no?- Agregó Tico, el más regordete del grupo

-¿Cómo está él?- Preguntó Joel

-Metido en su biblioteca. Tiene días limpiando- Dijo Carlitos

-Seguro tiene una buena historia- escribió Joel-

-¿Y si nos cuenta algo por notas de voz?- señaló Tico.

-Puede ser, se lo diré-

 

         Carlos y sus amigos amaban al abuelo Narciso. Era un hombre mayor, delgado con barba blanca siempre impecable que cada tarde tenía historias de fantasmas, de piratas en la costa y del pueblo donde vivían.

 

-“Santa Carmen” tiene muchos cuentos mijo- Solía decir antes de sentarse a hablar con su nieto de algún barco hundido; un héroe perdido en las montañas o alguna batalla en las costas cercanas entre los guardias reales y los piratas que ingresaban por los manglares para llegar hasta el pueblo y saquearlo.

         Los niños jugaban siempre al fútbol casi todas las tardes, pero cuando los sorprendía una tormenta corrían a la casa de Carlitos que era la más cercana y encontraban al abuelo Narciso en el pórtico sentado viendo la lluvia. Entonces Carlitos, Joel, Richard y Tico, se sentaban junto a él y ya que los cortes de luz se habían hecho habituales durante los últimos tiempos, se contentaban con las historias del viejo que, en otro tiempo, había sido el maestro más querido de Santa Carmen.

         Don Narciso tenía días revisando su biblioteca. Para él también habían sido 5 meses de encierro y aunque disfrutaba la compañía de su nieto amado, de su hija Aurora y su yerno Augusto, ya el correr del tiempo se le había hecho intolerable. Hacía un mes había tenido un alza te tensión que lo postró varios días en cama pero al despertar, había tenido un recuerdo que lo llevó a internarse en su palacio personal de libros.

 

         -Mijo, lo tengo. Vente para acá y mira lo que encontré-

         Carlos dejó el teléfono y salió corriendo a la biblioteca: -¿Qué fue abuelo?-

         -El relato que estaba buscando desde hacía tiempo. La batalla por Santa Clara y el tesoro enterrado de “El Tuerto Rojo”-

         -¿El pirata?-

         -El mismo. Lo recuerdas-

         -Claro abuelo. Atacó el pueblo muchas veces, era alto, le faltaban 3 dientes, un ojo y tenía una barba roja que llenaba con mechas de pólvora-

         -Exactamente, muy bien mijo- Le frotó la melena al niño- Mira, mira esta leyenda- Y se acercaron al escritorio.

         -Según esta historia, el pirata llamado “Tuerto Rojo” atacó “Santa Carmen” en 1845 en su última expedición. Pero todo salió mal y, aunque se hizo con una fortuna en oro dentro de un cofre, perdió a más de la mitad de su tripulación y apenas quedaron cuatro marineros y él para huir a bordo de un barco entre los manglares-

         -¿Y qué pasó abuelo?-

         -Voy, voy: Acá dice que en un punto los defensores del pueblo estaban muy cerca de capturar a  los piratas pero se escondieron y les perdieron la pista hasta que, a lo lejos escucharon varios disparos y tras navegar por entre los manglares hallaron los cuerpos de cuatro piratas pero ni rastro del cofre con el oro ni del Tuerto Rojo. Acá dice que muchos han buscado el tesoro pero nadie lo ha encontrado-

         -¿Tú sabes dónde está abuelo?-

         - ¿Yo?, tengo una idea mijo. Cerca de los manglares, pasas la iglesia en ruinas, caminas hacia el mar 50 pasos y hay dos cuevas. Cuando era niño, como tú, me metí en una de ellas con un balón que tenía. Quise seguir al fondo de la cueva pero no conocía el terreno- Dijo el anciano mirando al infinito recordándose en medio de la humedad y olor de la caverna salada- Entonces lancé la pelota con una cuerda para ver hasta dónde llegaba pero se perdió en la corriente y la marea empezó a subir al pasar la tarde. Cuando oscureció me dio miedo y solté la cuerda. Al día siguiente, cuando fui a pescar con mi papá encontramos mi balón, dos kilómetros al norte de la caverna donde estuve, había recorrido todo un río subterráneo y salido al otro lado. Allí debe estar el tesoro.-

         -¿Por qué?-

         -Porque es perfecto mijo. Un túnel oscuro, se escondían de los guardias, lo enterraron y salieron por el otro lado de la caverna-

         -¿Y el Tuerto Rojo?-

         El anciano se quedó pensando: -buena pregunta.-

         -Abuelo, ¿por qué no lo buscaste cuando creciste?-

         Don Narciso se sentó y puso a su nieto en su regazo: -Mijo, cuando somos niños el mundo es más luminoso pero al crecer como que nos descuidamos y nos cae una neblina que nos hace olvidar los sueños que nos alegraban y se nos va el tiempo hasta que te das cuenta que tienes una larga barba blanca y un niño maravilloso a tu lado-

         -Te quiero abuelo-

         -Y yo a ti Carlitos-

         -Pero podemos buscar el tesoro ahora- Dijo el niño emocionado.

         El abuelo recobró su seriedad, recordó la cuarentena y pensó la mejor manera de explicarle al niño: -Mijo, lo mejor es que esperemos hasta que pase el virus, mira que no nos podemos enfermar.-

         -Es verdad- Dijo el niño bajando la mirada

         -Pero cuando pase lo buscamos juntos, ¿verdad? Palabra de hacker-

         -¿Hacker?, ¿Qué es eso?-

         -Son como piratas pero de computadoras abuelo-

         -Mejor vamos a decir “Palabra de pirata”, ¿te parece?-

         -Palabra de pirata abuelo-

 

         Escucharon el llamado a cenar de Aurora y juntos se sentaron a la mesa.

        

         -Ajá, ¿y en qué andan ustedes dos?- Preguntó la madre de Carlos.

         -Mamá el abuelo me contó una historia genial. ¿Sabías que hubo piratas cerca del pueblo?-

         -Si, claro hijo-

         -¿Y sabías que hay un tesoro perdido?-

         -No, pero está interesante eso-

         -Si, mamá. El cofre de un pirata llamado El Tuerto Rojo-

         -Oye, yo lo recuerdo- Apunto Augusto, mi papá me lo contaba también.

         -Si, pero bueno, es una leyenda. Ya ha pasado mucho tiempo y todos los tesoros se han encontrado.-

         -No mamá, este no. Y el abuelo y yo lo iremos a buscar cuando todo pase.-

         -Bueno, bueno, vamos a ver- señaló Aurora

         -Claro hijo, hay que esperar a que tengan la vacuna, que podamos salir, que tengamos más dinero y tiempo-

         -Pero papá…-

         -Papá, siempre dices eso y nunca salimos-

         -Tranquilo campeón- Dijo Don Narciso en voz baja y le guiñó el ojo a lo que el niño respondió con una sonrisa.

         En ese momento en la televisión del comedor comenzó la transmisión del noticiario local donde anunciaron la extensión de la cuarentena por otros tres meses. La noticia sumergió a la familia en la preocupación, sus ahorros estaban bajando y el trabajo también.

         Aurora y Augusto vivían bien, tenían un mini mercado que era el que surtía al pueblo de comida, pero la pandemia había provocado el descenso en las compras. Ambos trabajaban desde la mañana hasta la tarde en el local y Carlitos quedaba con su abuelo, por eso eran tan unidos y cómplices.

         Ante la nueva extensión del confinamiento, Augusto dejó de comer y se molestó

 

         -Esto es increíble. ¿Qué más nos van a exprimir?-

         -Tenemos que encontrar la vuelta para que la gente no se nos vaya-

         -¿Cuál vuelta Aurora? Subimos los precios no por gusto sino porque a nosotros nos venden caro y si no subimos perdemos. Y aún así, la gente está prefiriendo cosechar en sus tierras o comer plátanos a comprar tanto como antes. No quiero ni pensar en cómo vendrá el precio de la carne.-

         -Lo vamos a superar- Dijo Don Narciso

         -Papá…- Dijo Aurora haciendo una seña de alto a su padre

         -Pero mami, el tesoro, si lo encontramos todo está resuelto-

         -Carlitos, sólo tenemos nuestro trabajo. No hay tesoro, eso es un cuento y ya es momento que vayas dejando de creer en cuentos- Replicó molesto Augusto.

 

         Al niño se le aguaron los ojos y se corrió a su cuarto seguido de su abuelo.

        

         -No tenías por qué ser así Augusto. Es un niño-

         -Perdona, es que me desespera todo esto- Dijo avergonzado.

 

         En el cuarto Carlitos estaba sentado abrazando a su abuelo

 

         -Papá no me quiere abuelo-

         -No digas eso mijo, él te quiere mucho. Pero a veces, no sabemos cómo decirlo y con los problemas nos volvemos tontos, pero sin duda tu papá te ama- Dijo mirando a Augusto que estaba detrás de la puerta entreabierta

         -Pero tú sabes que con el tesoro resolveríamos todo abuelo-

         -Bueno sí, pero aún no podemos buscarlo. Es muy peligroso-

         - ¿Por el virus?-

         -Sí, claro mijo. Y por los fantasmas de los piratas. ¿Tú crees que el Tuerto Rojo dejó ese tesoro sin guardianes? Hay que tener cuidado de cómo uno se acerca porque si no eres digno la puedes pasar muy mal-

         -Entonces pelearemos juntos contra los piratas- Dijo Augusto entrando al cuarto con pose de héroe. Se acercó a su hijo, se arrodilló frente a él y lo abrazó. – Perdóname Carlitos, yo te amo más que a nada. No hagas caso de lo que dije-

         -Te quiero papi-

         -Los dejo para que hablen- Dijo Don Narciso saliendo del cuarto.

 

         La cuarentena se hacía intolerable y Carlitos se había portado bien hasta que un día recibió un mensaje en su teléfono.

        

         -Vente al campo, acá estamos todos. Vamos a jugar un partido- Dijo Joel

         -Mi mamá no me deja salir y mi abuelo está dormido-

         -Pero vienes, jugamos una partida rápida y regresas antes que se dé cuenta-

         -Dale, voy para allá-

         Carlitos tomó su bicicleta, se puso su mascarilla como le había dicho su mamá y salió por las calles de “Santa Carmen” hasta la cancha de fútbol.

         El pueblo era un típico pueblo costero con casas antiguas llenas de historia y varios restaurantes pequeños que, tiempo atrás se llenaban de turistas. A lo lejos, en la colina sobre el asentamiento, estaba un fuerte militar utilizado contra los piratas y contrabandistas. Desde allí se veía todo el mar, los manglares y la extensión de Santa Carmen.

         Por primera vez Carlitos salía en 5 meses y se sorprendió al ver las calles con tan poca gente y quienes estaban allí tenían guantes, mascarillas; algunos lentes de plástico y los médicos usaban trajes blancos completos para protegerse. No entendía nada del virus, pero sabía que era algo serio.

 

         Cuando llegó ya los niños estaban pasándose la pelota unos a otros calentando para el partido: -Ajá, llegó Messi-

         -No, no, tú fuiste Messi la otra vez- Dijo Joel- Ahora yo soy Messi y tú eres Cristiano.

         -Bueno, está bien-

         -Yo soy Lucho Suárez- Dijo Tico

         -Y yo Salomón Rondón-

 

         Asignados los papeles comenzó el juego que en sus mentes era la final de Champions entre Barcelona y Real Madrid. No importaba la realidad, sólo el juego era importante.

         En casa, Don Narciso se despertó inquieto de su siesta de la tarde. -¿Carlitos?- Y ante el silencio fue a su cuarto. Lo volvió a llamar y al no tener respuesta revisó con su mirada la habitación y notó que faltaban sus zapatos de fútbol. Así supo dónde ir.

         El anciano tenía miedo, a sus 75 años el virus podía ser mortal pero para un niño como Carlitos también podía serlo. Se colocó su mascarilla y salió caminando rumbo a la cancha que estaba a unos 10 minutos a pie.

         Cuando estaba cerca empezó a llover y su camisa de algodón empezó a pegarse de la piel mientras las gotas frías impactaban sobre su cuerpo.

        

         -¡¡Carlitos!!- Gritó Don Narciso en medio de la lluvia-

         -Abuelo- Se acercó el niño que había dejado de jugar por la tormenta.

         -Vamos a casa mijo, que te vas a resfriar. Y ustedes también niños. Estuvo muy mal lo que hicieron, no deben salir por allí con el virus andando- Y se alejó con la mano en el hombro de Carlitos.

         -Es todo, castigado por un año seguramente- Dijo Tico.

         -Cállate Tico. Seguro le pegan y listo- Respondió Richard.

         -Vamos. Se hace tarde y nos van a pillar- Montaron sus bicicletas y tomaron rumbo a sus casas.

 

         En el camino bajo la lluvia Carlitos no alzaba la mirada ni su abuelo hablaba. No recordaba un silencio tan largo entre ellos. Un abismo invisible que el niño no sabía si podría repararse.

        

         -Abuelo- Y la respuesta fue silencio -Abuelito- Volvió a insistir mientras seguían andando.

         -Carlos- Primera vez que no lo llamaba Carlitos o mijo, y su voz era de un tono más grave que preocupó al niño. –No sé qué me molesta más. Que te arriesgaras a salir o que te burlaras de mí-

         -Abuelito, yo no me burlé de ti-

         -¿No?, ¿qué ibas a hacer?, ¿regresar y pretender que no notara que saliste?-

         -Bueno, si-

         -¿Eso no es pensar que soy un poco tonto Carlos?-

         -Perdona abuelito- Dijo el niño con voz apenas audible

         -Nuestras acciones siempre tienen consecuencias, siempre. Y hoy te arriesgaste a ti, me arriesgaste a mí y a todos. El virus es muy contagioso y no sabes quién lo tiene.-

         -Pero vas a estar bien abuelo-

         -No me preocupo por mí sino por ti mijo- Y su tono cambió- Eres lo más preciado que tengo y no quiero perderte-

         Carlos alzó la mirada y vio los ojos de su abuelo con lágrimas a punto de salir y lo abrazó.

         -Yo estaré bien abuelito. Palabra de pirata-

         -Carlitos, cuando crecemos tenemos que actuar por nosotros y por quienes nos rodean. Obrar con bien para que nuestra familia esté bien y sin perturbaciones. Quiero que aprendas es para tu vida para que seas tan feliz como lo he sido yo-

         -Así lo haré-

         -Tienes que ser fuerte cuando haya problemas y valiente cuando tengas miedo-

         -¿Por qué lo dices abuelito?-

         -Porque siempre habrán aventuras mijo y a veces, las cosas se ponen difíciles. Por ejemplo ahora, mira- y señaló hacia la entrada de la casa donde Aurora los esperaba con su rostro enrojecido por la ira.

         -Papá, Carlitos ¿Qué están haciendo bajo la lluvia?-

         -Hija, tuve que salir un momento y…-

         -No. Mamá, me fui a jugar fútbol sin avisar y él me fue a buscar. No te molestes con él, fui yo-

         Don Narciso miró con orgullo a su nieto. Mientras su hija le preguntaba: -¿Es así papá?-

         -Sí, fui a buscarlo y empezó a llover-

         -Luego hablaremos Carlitos. Vamos, entren a ponerse algo caliente. Papá, con tu asma no debes estar haciendo esto-

         -No podía dejarlo-

         -Lo sé, gracias papá. Te amo- Y lo envolvió en una manta mientras entraban a la casa.

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         Renán se había hecho una corta pero fructífera carrera en el contrabando. A sus 29 años había robado, pirateado y llevado mercancías desde la frontera a distintas partes del país. Su eje central era la costa y la gasolina se había vuelto una gallina de huevos de oro que pagaba con dólares a quien tuviera los contactos y las rutas para traer el combustible desde el mar hasta “Santa Carmen” y de allí, distribuirlo a distintos lugares.

         Había estado en las calles desde los 16 años cuando escapó de su casa con nada más que su ropa y  cicatrices pero la cárcel lo recibió a los 18 por robo. Estando preso conoció a su socio “Rata”, un hombre cetrino, de mirada torva; con rasgos finos, su porte contrastaba con la brutalidad latente que muchas veces dejaba a relucir. Renán siempre recordaba su bienvenida a la cárcel cuando ocho presos se le fueron encima con golpes y patadas hasta que el sujeto delgado intervino y cuchillo en mano los alejó.

 

         -¿Estás bien?-

         -Si, gracias- Dijo el joven pelirojo limpiándose la sangre de la boca mientras notaba que el sujeto lo miraba.

         -Acá o eres lobo o eres oveja y afuera o muerdes o te muerden. Tú decides- Esa fue la primera lección en ese sitio que, de la mano de la Rata, se convirtió en una universidad criminal.

 

         Renán y Rata salieron casi al mismo tiempo y habían marcado una red de contrabando de gasolina. El último encargo se había complicado porque su competencia estaba brindando mejores precios y sobornado a los militares que antes estaban de su parte. Esa noche, entre los manglares, en el barco, el hombre cetrino estaba inquieto.

 

         -Esto me huele mal Renán-

         -Tranquilo que todo está calculado. El barco de Chicho va a entrar por el caño. Le damos los barriles, él nos dá los 30 mil dólares en efectivo y listo.-

         -Tú sabes que los de Nereo están activos para jodernos-

         -¿Y nosotros somos mancos?-

         -Claro que no, pero igual. Pila y mosca que allá viene-

 

         A lo lejos distinguieron la figura de un barco de tamaño mediano, igual al de ellos. Uno de esos navíos con doble fondo para esconder la mercancía o lo que fuera necesario esconder. Desde la proa, una luz parpadeó dos veces.

        

-Son ellos- Dijo Renán y cuando el barco se puso al lado del otro saludó: -Epa Chicho, ¿cómo ta’ la vaina mi hermano?-

-El pirata Renán jajaja, todo fino manito- Se abrazaron y rieron: -¿Qué me tienes por acá?

-Lo que me pediste, la mejor gasolina importada y precio especial para ti-

-¿En serio? ¿Me la rebajas a 20 mil?-

-Epa, mosca una vaina- Exclamó la Rata colocando su mano en la pistola que llevaba al cinto.

-Calma Rata, es una broma- Dijo Chicho riendo: -Coño Renán, ven acá, quiero comentarte algo en privado- Y miró al hombre cetrino con la mano aún en la pistola.

-Cuéntame-

-El negocio está creciendo mi pana; hay mucha plata y necesitamos más gente. ¿Por qué no te vienes con nosotros?-

-Uhm, ¿y Rata?-

-Mira, te voy a decir algo, ese tipo está loco. Es mala gente, uno hace esto por trabajo, pero él tiene mucha historia mala-

-¿Y nosotros no?-

-No como la de él-

-¿De qué hablas?-

-¿Nunca te dijo por qué lo metieron preso?-

-Claro que si, tráfico de drogas-

-¿No te dijo algo de unas niñas?- Inquirió Chicho.

-No-

-Investígalo, piénsalo y avísame. Hay dinero y rumba, pero es tu decisión: Ser leal o ser rico. Es más, para que confíes en mí te doy de una vez la plata. Tú eres legal y no es la primera vez que negociamos. Acá hay 30 mil como acordamos- Y entregó el maletín al hombre pelirojo.

-Chicho, gracias por tu confianza pero te voy a hablar claro, este carajo podrá ser lo que sea pero me ayudó cuando nadie más lo hizo y me salvó en la cárcel cuando…-

 

De pronto, un disparo sonó a lo lejos y uno de los hombres de Chicho dio la alerta

 

-Jefe la costera nos cayó-

-Coño-

-Te dije que era una trampa Renán- Rata sacó su pistola y fulminó a Chicho con un disparo en la cabeza y también al vigía mientras el piloto de la nave inició maniobras para irse

 

Renán disparó hacia el bote de la guardia, casi perdió el equilibrio pero pudo brincar a su barco -¿Tú eres loco Rata?- preguntó mientras disparaban hacia los oficiales y el barco de Chicho.

        

         -Loco nada, ese mierda nos traicionó-

         -Sácanos de aquí, luego hablamos-

 

         El barco de Renán empezó a maniobrar y habían logrando avanzar unos metros dentro de los manglares cuando una ráfaga de disparos dañó el motor.

 

         -Mira carajito, estamos jodidos. Toma el dinero y vamos a saltar. Nos tocará meternos en el manglar hasta que dejen de buscarnos- Dijo Rata

         -Será-

 

         Los socios saltaron al agua y nadaron varios metros para internarse entre las raíces de los mangles mientras el barco los buscaba con un reflector. Luego de dos rondas decidieron salir a tierra.

        

         -Vamos a quedarnos cerca de la costa a ver si encontramos un barco para escapar- Dijo Renán.

 

         La noche avanzaba mientras ellos caminaban entre los mangles llenos de humedad, salitre y hedor pero el sonido de una rama crujiente los hizo volver a tomar las pistolas.

         Hicieron señas de silencio y avanzaron hasta una luz pequeña que había aparecido entre los árboles que fueron revelando las figuras de Carlitos y sus amigos.

 

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         La fiebre de Don Narciso empezó al día siguiente de ir a la cancha a buscar a su nieto.

         Aurora y Augusto tenían dos días tratando de contener el malestar del abuelo con pastillas, té y baños fríos pero la fiebre no cedía y comenzó a tener problemas para respirar por lo que optaron por llevarlo al hospital.

        

         -Tenemos que hacerlo Aurora. Está muy mal y parece que es el virus. Yo me encargo de buscar el dinero y lo que falta-

         -Aún nos quedan ahorros cariño-

         -Pocos pero vamos a resolver-

Carlitos tenía que esperar afuera de la habitación de su abuelo viendo desde el pasillo como lo cuidaban, asustado por perder a esa persona que tanto amaba y admiraba. Pudo ver a sus padres llevárselo en el carro, y fue cuando, sentado en el pórtico de la casa, por primera vez se sintió completamente solo, pero, sobre todo, culpable y comenzó a llorar con los bracitos cruzados sobre sus piernas.

        

         -Carlitos- Escuchó el llamado y se incorporó para limpiarse los ojos. Era Joel.

         -¿Cómo te sientes?-

         -Es mi culpa Joel. Mi abuelito está enfermo por ir a buscarme-

         -Todo va a estar bien Carlitos-

         -Mamá y papá casi no tienen dinero. No van a poder pagar para que el abuelo se cure.-

         -Sería bueno que tuviéramos un mapa con un tesoro como los de los cuentos de tu abuelo-

         De repente, la mirada de Carlitos se iluminó: -Eso es, vamos por el tesoro del “Tuerto Rojo”-

         -¿De quién?-

         -Mira, era un pirata muy malo que atacaba el pueblo pero un día no pudo escapar con su tesoro en un cofre. Nunca lo encontraron pero mi abuelito y yo sabemos dónde encontrarlo.-

         Joel no lo pensó, amaba la aventura: -Vamos-

         Los niños avisaron por teléfono a Richard y a Tico, luego, tomaron de la casa de Carlitos, linternas, algunas cuerdas, dos cantimploras con agua y sus sacos de dormir. Se encontrarían en la plaza central de Santa Carmen para rodar en bicicleta hasta la iglesia en ruinas.

        

Mientras avanzaban con sus bicicletas Carlitos preguntó a Tico: -¿Cómo hiciste que te dieran permiso?-

         -Nada, dije que estaría en tu casa jugando Nintendo. Si llaman nadie contestará pero igual estaremos lejos.-

         -¿Y tú Richard?- Indagó Joel

         -Bueno, mi mamá sigue trabajando en el hospital y mi papá se tomó unas cervezas y se durmió, así que no tuve que decir nada-

         -Nos van a dar unos correazos cuando volvamos-

         -Si, pero mi abuelito estará bien- Afirmó Carlitos.

 

         Rodaron por el pueblo mientras Carlos les contaba toda la historia que su abuelo refirió y en sus cabecitas se veían como piratas ya listos para encontrar esa fortuna escondida. El camino del pueblo se iba abriendo hacia la selva que lo rodeaba donde los árboles de platano y matorrales eran cada vez más altos. La tarde caía cuando la duda surgió

 

         -¿Cuánto falta?- preguntó Tico

         -No lo sé- Respondió Carlitos y todos frenaron.

         Joel lo miró -¿No lo sabes?-

         -No, ¿y tú?-

         -Pero fue tu abuelo el que estuvo allí-

         -Bueno, sí, pero tú eres mayor, pensé que habrías ido antes-

         -Carlos, te llevo tres meses-

         -Bueno- Intervino Richard- ¿Qué tan difícil puede ser encontrar una iglesia en ruinas?, es vieja, en ruinas.

         -Está anocheciendo, deberíamos volver-

         -No- Afirmó Carlitos

         -No nos vamos a ir- agregó Joel

         -No me puedes obligar a quedarme- Dijo Tico

         -Nadie te obliga gallina- Y Richard empezó a imitar el sonido de un pollo y fue cuando el niño regordete se le lanzó encima y rodaron por los matorrales forcejeando mientras Joel intentaba separarlas hasta que Carlitos los llamó.

         -Miren amigos- Desde el borde del camino el niño alzó su brazo y estaba la cruz de la antigua iglesia –Allí está-

         -Guau…- Exclamaron Joel, Richard y Tico.

 

         Los niños dejaron sus bicicletas escondidas entre los matorrales y se adentraron en el bosque caminando rumbo a la iglesia. Cuando llegaron se dieron cuenta que todo lo que quedaba del sacro lugar era un claro rodeado de muros, no muy altos, carcomidos por el salitre, llenos de hongos y en sus paredes, algunas inscripciones.

        

         -Miren esta muchachos- Avisó Tico –En el año del señor de 1845 falleció en esta santa sede el excelentísimo gobernador Don Alonso Andrea De Almoguera quien defendió esta plaza de villanos y piratas. Su vida terminó a manos del llamado “Tuerto Rojo” y su alma reposa en este santo lugar- “Reposa en este santo lugar” repitió el niño…¡¡ES UNA TUMBA!!, ¡ES UNA TUMBA¡-

         -Ya cálmate gordito- le dijo Richard tomándolo por los hombros- No pasa nada. Ahora ¿ves por qué me meto contigo?-

         -No te burles, los muertos salen-

         Los niños rieron excepto Carlitos: -¿Se dan cuenta de lo que significa?, que todo lo que dijo mi abuelo es cierto y el tesoro debe estar cerca. Hay que caminar 50 pasos hacia la costa-

         -¿Y si sabes hacia dónde está?- Preguntó Joel

         -No-

         -Hacia allá- Señaló Joel.

         -¿Cómo sabes eso?- repuso Richard.

         Joel se acercó a su amigo, el más delgado del clan, lo tomó de un hombro y con su mano le apuntó hacia la copa de un árbol lejano: -¿ves?, los mangles sólo están en la costa. Si no te durmieras en el colegio lo sabrías-

         -Cállate, la maestra Bejarano me da sueño. Habla muy bajito y no le entiendo-

         -Confiesa que te quedas jugando hasta tarde- Rieron los amigos mientras Richard bajaba la mirada. Más de una vez sus trasnochos eran por cuidar a su padre en una borrachera pero nadie lo sabía.

        

         La noche cayó y la luz de las linternas se hizo presente mientras los muchachos contaban sus pasos hasta llegar a 50. Este conteo los llevó nuevamente a un claro en medio del bosque de mangles.

 

         -No entiendo, estamos en la costa pero no veo las cuevas-

         -Deberían estar por acá- Dijo Joel.

         -Vamos a mirar bien-Agregó Tico mientras se movió y pisó una rama que crujió bajo sus pies.

         -No se ve nada- Agregó Richard.

         -¡¡¿Qué hacen ustedes aquí?!!- Preguntó una voz a sus espaldas y los niños se asustaron al ver el rostro amarillento de un hombre entre las sombras y el de otro con barba y cabellos rojos.

         -¡¡Es el Tuerto Rojo!!- gritó Richard

         -SHH Cállense -ordenó la Rata- Se callan o hasta acá llegan- Y mostró la pistola.

         -Calma Rata- Dijo Renán -¿Quiénes son?, ¿Qué buscan? Y ¿quién es el Tuerto Rojo?-

 

         Los niños guardaron silencio hasta que Rata cargó la pistola y Richard habló nervioso

 

         -El Tuerto Rojo fue un capitán Pirata-

         Renán se reía por dentro a pesar de la tensión –Ajá y ¿qué buscan cuatro niños con un capitán pirata?-

         -Nada señor- dijo Carlitos.

         -¿Nada?- El hombre pelirrojo se acercó al niño y le dijo:-¿Te das cuenta que es muy peligroso estar a estas horas por el bosque solos? ¿Y que es aún más peligroso mentir a dos desconocidos armados?-

         -No mentimos señor. Somos piratas- Dijo Carlitos en una afirmación que sacó una risa de los contrabandistas.

         -Bueno chico, tal parece que hay piratas más fuertes así que se vienen con nosotros- Dijo la Rata apuntándolos

         -Espere señor tenemos que ir a la cueva- Dejó colar Tico

         -Cállate Tico- le dijo Joel.

 

         La Rata se acercó al niño regordete y pistola en mano le preguntó: -¿Para qué?-

         Asustado por el rostro del sujeto y la pistola en su mano Tico sólo alcanzó a decir –Un tesoro-

         -No fue tan difícil verdad. Si se mueven, los quiebro- Dijo la Rata mientras se alejaba para hablar con Renán.

         -Esto nos cae perfecto, más dinero-

         -Estás loco, míralos, son sólo unos niños. Seguro es pura fantasía y ya tenemos bastantes problemas reales para agregar otro.-

         -¿Cómo sabes que no irán corriendo decir que nos vieron?- Y Renán supo que su compañero tenía razón. Se acercó a los niños y les dijo:

         -Se vienen con nosotros por un rato nada más, luego podrán irse a sus casas. Quiero que nos lleven a esa cueva, sin trucos raros o se las verán conmigo.- Y les  ató por la cintura una misma cuerda para evitar que alguno escapara.

         -¿Dónde está la cueva?- Pregunto la Rata.

         -Ese es el problema señor, no lo sabemos- Respondió Carlos con miedo en su voz.

         -Realmente es un problema niño. Quiero que encuentren esa cueva ya o tendremos un problema- El sonido del martillo de la pistola puso en alerta a los niños que empezaron a revisar el terreno.

         Renán se acercó a la Rata –Eso no estuvo bien, son niños.-

         -¿Y? ¿Te estás ablandando socio? Pila una vaina que así empiezan las mariposas- Y se alejó con gestos amanerados mientras el pelirojo lo veía con creciente desconfianza.

 

         Carlos revisaba el terreno cuando de repente el suelo cedió bajo sus pies y haló a sus tres compañeros quienes lograron frenar antes de precipitarse por la resbaladilla que se había revelado.

         -¡AUXILIO!- Gritaba Carlos

         Renán se lanzó para ver qué había pasado y lo encontró dentro de una especia de tobogán de piedra.

         -Niño, cálmate, estás bien. Ya te vamos a sacar-

         -¿Sacar?-Dijo la Rata- Tenemos que bajar socio, los guardias no se han ido, ¿recuerdas? ¿o es que quieres volver a la cárcel?-

          -No, ni de vaina- Bajó la mirada y dijo:- Vamos a bajar todos a la cueva a ver que encontramos. Voy primero- Tomó la última cuerda que quedaba de la que habían llevado los niños, la ató firme a un árbol y bajó por la trampilla hasta ponerse en el nivel de Carlos: -Epa niño, todo va a estar bien, toma la cuerda y agárrate fuerte. Lo mismo ustedes. Sujétense fuerte y vamos bajando-

 

         La trampilla tenía como dos metros más de profundidad y llevaba a una cueva oscura, húmeda con el goteo constante desde su techo. Los 4 niños y los dos hombres avanzaron por la estancia guiados por Renán mientras que la Rata, en la retaguardia contemplaba sus opciones.

         Cuando habían caminado 5 minutos el pie de Renán se topó con algo metálico en el piso. Cuando lo iluminó con la linterna vio que era una espada pirata.

 

         -¿Vieron?, se los dije, mi abuelo no mentía- Dijo Carlitos

         -¿Qué más te dijo tu abuelo niño?- indagó Renán

         -Que nunca fue hallado el tesoro del “Tuerto Rojo” ni al propio tuerto-

         -¿Por qué le decían así?-

         -Porque era tuerto-

         -Si, eso lo entendí, pero lo de rojo-

         -Ah porque tenía la barba roja y se ponía mechas de pólvora en las batallas-

         -Oye Renán, casi suena como tú- Dijo la Rata y soltó una carcajada.

         -¡Miren allá!- apuntó Joel mientras todos iluminaban con sus linternas.

        

Apoyado abrazando una piedra estaba lo que quedaba de un esqueleto coronado con un sombrero y en su rostro los retazos de un parche con una enseña pirata.

 

         -El “Tuerto Rojo”- exclamaron los niños con asombro.

         -Vaya, así que si era verdad- Dijo la Rata- Sólo falta el tesoro

 

         En ese momento empezó un aguacero torrencial. El sonido de los truenos se filtraba hasta la caverna que, a medida que pasaban los minutos empezó a llenarse de agua.

 

-Por favor señor, quiero irme a casa- Dijo Tico asustado

         -Cállate gordito, te irás cuando lo digamos y sólo si nosotros queremos- Tenemos un tesoro que encontrar.

         -¡Déjalo Rata!, se irán pronto-

         - Te estás ablandando socio y eso no me sirve- Renán captó la advertencia en la voz de su compañero y apartó a los niños hacia un lado.

         -No les va a pasar nada a estos niños Rata-

         -Yo no quiero que les pase nada tampoco, sólo que encuentren el tesoro y los dejamos ir. Claro, luego que me ayuden con otras cosas- y deslizó su lengua entre sus labios.

 

         El recuerdo de un trauma lejano llegó a la memoria de Renán quien sin pensarlo disparó a Rata que cayó sobre una piedra con una bala en su hombro y pudo reaccionar para devolver el fuego hacia el pelirojo que sintió el impacto en su abdomen y quedó a merced de un tiro de gracia.

         Rata se preparaba para disparar pero Carlitos y sus amigos se abalanzaron sobre él. Presionaron su herida y lo golpearon hasta que se levantó y los apartó con el brazo donde tenía la pistola que tenía lista para descargar cuando recibió una bala en la frente y cayó muerto.

         Los niños miraron y Renán dejó caer la pistola de su mano para luego apoyarse en la pared de piedra cerca del esqueleto del Tuerto Rojo.

 

         -Señor, ¿está bien?-

         -Si niño, voy a estar bien. Gracias por la ayuda-

         -Mi abuelo me enseñó: Se fuerte ante los problemas y sé valiente cuando tengas miedo-

         -Es un buen consejo, ojalá hubiese tenido un abuelo como el tuyo-

         -Es muy bueno, pero está enfermo. Por eso buscamos el tesoro, para pagar la clínica-

         Luego de un instante de silencio, Renán extendió el maletín que le dio Chicho.

         -Niño, este es un auténtico tesoro pirata y es tuyo para tu abuelo-

 

         En ese momento sonó un trueno y el torrente aumentó la inundación de la cueva.

        

         -Niños, perdonen lo malo. Váyanse que esto se va a llenar de agua- Dijo Renán antes de quejarse por el dolor de la herida.

         -¿Y usted?- preguntó Joel

         -Voy a estar bien. Vayan ustedes, suban por la cuerda y salgan de aquí-

         -Enviaremos ayuda-

         -No lo hagan. No creo que esté aquí niño. Esta caverna es larga y seguro tiene una salida por la que me iré. Cuídense-

 

         Los niños salieron a tiempo de la cueva justo para ver como el barro la seguía llenando y corrieron.

        

Bajo tierra, Renán se acercó al esqueleto del Tuerto Rojo y se sentó:

        

         -Bueno, parece que nos veremos pronto Tuerto- Y se quedó mirando la postura del cuerpo: -¿Nos querías decir algo verdad?-

         Se inclinó hacia donde estaba apoyado el viejo pirata y notó que había la entrada a un pozo subterráneo, cuando lo iluminó con la linterna un viejo cofre oxidado se veía bajo el agua.

         Renán se apoyó en la pared y sonrió mientras sus ojos se cerraron en paz.

         Los niños avanzaron hasta la iglesia y de allí hasta sus bicicletas con las que tomaron rumbo al pueblo. Al llegar encontraron a todos en la calle con sus tapabocas, paraguas y linternas.

         Carlitos vio a su papá entre las personas y, a pesar del virus, el abrazo fue inevitable

 

         -Papá-

         -Hijo, ¿dónde estaban? Estábamos preocupados por ustedes-

-Fuimos a buscar ayuda papá, para ayudar al abuelo y mira- el niño mostró el maletín pero Augusto se dio cuenta que no era prudente abrirlo en público.

Joel abrazó a su mamá

-Mamá, perdóname. Te amo mucho-

-Hijo, yo también te amo, no te vayas más nunca así-

Richard encontró a su papá  que lo alzó en brazos y lo besó dando gracias por estar bien mientras que Tico tuvo que soportar el regaño por haber mentido.

-Papá- Interrumpió Carlitos- Papá hay alguien que necesita ayuda. Está atrapado en una cueva cerca de la iglesia.

-Sí, señor es cierto- Los niños se unieron en un coro pidiendo apoyo y los padres decidieron ir hasta el lugar que les indicaron. La lluvia cesó y  al llegar al claro donde apareció la trampa, no había rastros de ella. Ni un borde, palanca o agujero que permitiera entrar. La entrada a la cueva se había perdido.

Don Narciso se recuperó y volvió a la casa donde fue recibido por los 4 hackers que ahora se llamaban “Los Piratas” y que lo visitaban todas las tardes para hablar con él. Al segundo día, estaba sentado en su silla del pórtico y los niños se sentaron frente a su silla. Carlitos tomó la palabra:

 

-Abuelito, ahora somos nosotros los que te tenemos un cuento- Y lo abrazó antes de comenzar la historia del club de los Piratas y el tesoro del “Tuerto Rojo”.

 

         A mi abuelo Jesús María, a los abuelos y a quienes no olvidan creer en los sueños


Comentarios

  1. Leer esta historia me hizo recordar los cuentos de mi abuelo, sin duda, fueron los mejores. Gracias, Rafa. Me encanto este relato.

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    1. Gracias Kat, por tu apoyo siempre y por leer. Me alegra que te haya gustado.

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